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Domingo, 16 de Junio del 2024
Saturday, 07 August 2021

¡Otro libro! ¡Más floración! ¡Más Fernando Galindo!

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CLR/Bartolomé Marcos.

Sí, todo eso es verdad, es otro libro, pero no es un libro más. Bien considerado, un libro que merezca la pena, nunca es un libro más.

Es, también, más floración, pero no es la misma floración, y, desde luego, es más Fernando Galindo, pero es que este hombre está en todas partes, te sale por todas las esquinas y aparece en todos los recovecos, encrucijadas y recodos cual si tuviera el don de la ubicuidad, que físicamente sabes que no lo puede tener, pero que tú crees que sí, que Fernando Galindo es una excepción y lo tiene. Y sobre todo es que tiene un repertorio de ideas casi inagotable para estirar la pasión que siente por la imagen hasta hacerla pasión interminable, ancha y larga, urbi et orbi, aldeana quizá, pero universal, también...

 

No importa, porque Fernando es, ante todo, una buena persona, amable y accesible, con un juguete absorbente que a nadie puede incomodar demasiado: la inquietud por la imagen que no le deja ni un minuto de respiro a su cabeza para dar respuesta al veneno que la desasosiega e inficiona. Tranquilos, es enfermedad crónica que te acompaña, o que lo acompaña a él, mejor dicho, permanentemente, y que no tiene cura, pero que no mata, tósigo suave y dulce que nunca alcanza dosis o niveles de letalidad, sino, en su caso, de felicidad honda y gozosa. Eso sí, hay que llevar cierto cuidado, porque puede ser altamente contagiosa y de hecho a Fernando Galindo la han salido decenas de imitadores-seguidores, de Cieza y de fuera de Cieza, con desigual inspiración y acierto. Ha hecho escuela, eso sin duda.

 

Este que nos presenta ahora es libro de fotografías sobre la vida, la naturaleza, en retirada, sobre el momento en que el campo empieza a recogerse en sus cuarteles de invierno, apaga la bombilla y duerme. Es la floración, sí, pero no con la fuerza primaveral, sino de colores algo menos explosivos, aunque siempre intensos y cargados de sugerente dramatismo epigonal, es la floración del otoño en los campos de frutales, de los que la primavera y el verano han exprimido ya su fruto y que se preparan, a través de ese estado de vida soterrada y latente, para una nueva resurrección en la próxima primavera, que aunque no lo parezca, estará, como quien dice, a la vuelta de la esquina. La vida y la muerte, el orto y el ocaso se suceden sin descanso, sin solución de continuidad. El campo languidece melancólico y en apariencia tristón, se prepara para ahorrar energía y afrontar los meses más duros del año, en una latencia de vida que da lugar a otra explosión de colores, diferente y más sorprendente aún, si cabe, que la primaveral. El lila y el blanco primaverales son sustituidos ahora por el amarillo, el naranja y el marrón, paleta de colores característica del otoño y también, lógicamente, de esta floración precursora de la muerte transitoria de los campos en los meses finales del otoño y primeros del invierno, dos fenómenos igualmente naturales, el color de la primavera, el color del otoño, la explosión de la vida, el ocaso, la agonía y la muerte, en los que el fotógrafo inagotable que es Fernando Galindo, subsumido en su pasión, nos vuelve a sorprender, y no es que él busque provocar la sorpresa en el potencial coespectador (el primero de todos es él mismo) que pueda asomarse a estas fotografías.

 

En el siglo XVII Isaac Newton estableció un principio hasta hoy generalmente aceptado: “LA LUZ ES COLOR”. Así que es la luz del otoño la que crea los colores del otoño. La paleta de color de otoño está compuesta por colores cálidos tensos e intensos. Tienen protagonismo los tonos ocre, amarillos, verdes y amarronados. El color de las hojas otoñales sirve como una especie de mensajero; lanza al aire un adiós melancólico a los largos días de verano, y actúa como recordatorio del sombrío y frío invierno que acecha a la vuelta de la esquina. La vida y la muerte. La muerte…y otra vez la vida…La Naturaleza que nos vuelve a recordar que nuestra esencia es el tránsito, el movimiento incesante.

 

Es que él mismo, Fernando, sale a la calle de buena mañana cada día, y…ustedes no se lo creerán, pero yo lo he visto en acción a esas horas de la mañana, y juraría que él es el primer sorprendido por lo que ven, y sobre todo, por lo que saben ver, por lo que alcanzan a ver, y por lo que miran y recrean sus ojos. El fotógrafo inagotable, incansable voyeur de la vida en derredor para devolverla mejorada, nos vuelve a sorprender con este libro (y es algo que parecía imposible), pero es,- e insisto en ello- porque él mismo ha sido cogido por sorpresa, porque, no nos engañemos, Fernando Galindo no deja de ser sino un ingenuo inocente que no acaba de creerse lo que ven sus ojos cada mañana, aunque para usted, y quizá para el común de los mortales, no sea sino la repetida línea del horizonte -la misma cada mañana- de esta modestísima encrucijada geográfica, en este claustrofóbico show de Truman (sic) en el que estamos todos aherrojados. Pero no para sus ojos. Para sus ojos en cada milésima de segundo hay un cambio que le gustaría atrapar. En una de nuestras más recientes comunicaciones por guasaps, tras remitirme una hermosa fotografía de la Manga del Mar Menor realizada desde el hotel en el que pasaba unos días de vacaciones, lejos de las infernales temperaturas que nos trajeron los primeros días de un mes de Julio abrasador y pandémico,¡¡¡aún!!!, en el que a duras penas sobrevivimos, me permití ponerle un comentario: “Fernando, allá donde vas, estés donde estés, sabes sacarle perspectiva y partido a tu mirada”.

 

No descanses…aunque, bien pensado, sería tonto e inútil pedirte que lo hicieras…

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