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Lunes, 21 de Mayo del 2018
Sábado, 03 Marzo 2018

8 de marzo: si ellas quieren, nos vamos a enterar

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

El día 8 de marzo hay una cita con la Historia. Y además, a nivel mundial. Se trata de la huelga de mujeres convocada por multitud de colectivos y asociaciones con un objetivo claro: hacer visible a la humanidad entera el valor y la importancia de la labor que las mujeres realizan en todos los ámbitos de nuestra vida.

Hay expertos que afirman que en las primeras sociedades humanas, antes incluso de que empezara la Historia, el matriarcado y el poder femenino eran predominantes. Puede que fuese así. Pero desde que tenemos consciencia de nuestro pasado, desde que la escritura nos permitió legar nuestro presente al futuro, la situación es por completo la contraria: el patriarcado, más o menos duro, más o menos opresivo para con la mujer, más o menos machista, ha sido la estructura de organización social hasta hoy en día. La situación del sector femenino de la población puede haber sido más o menos negativa en esta o aquella civilización, pero siempre ha estado la mujer supeditada al hombre, siempre ha sido considerada como inferior, siempre se le han negado a las mujeres muchos de los derechos que, curiosamente, se consideraban inalienables para los seres humanos; es decir, que incluso se ha considerado a la mujer como un objeto, una pertenencia, más que como una persona.

 

Pero en el siglo XX las cosas cambian. No es que antes no hubiera habido mujeres excepcionales o teorías que afirmasen la igualdad de ambos sexos pero como es bien conocido, para que una mujer destaque, o más bien pueda destacar, debe recorrer un camino tan lleno de obstáculos y ser tan, tan excepcional que ni el más machista de los hombres pueda refutar sus méritos.

 

Pues eso: las cosas empiezan a cambiar en el pasado siglo. Las mujeres empiezan a darse cuenta, a ser conscientes, de que lo que parecía natural e incluso ley de vida, su sujeción y sumisión al hombre, quizás no sea tan natural ni la vida imponga realmente leyes así. Y empiezan a movilizarse, a hacerse oír, a pedir igualdad. Y muchos hombres las apoyan, porque entienden que las mujeres no sólo son tan válidas como ellos o más, sino también que son exactamente lo mismo que ellos: seres humanos con sus derechos y deberes inherentes a esta condición.

 

Y todo parece que va a arreglarse. Pero no. No es que las cosas empeoren para la mitad de la especie humana, la femenina. De hecho hay mejoras evidentes. Pero incluso en países pretendidamente desarrollados y civilizados en los que las leyes afirman que todos los seres humanos somos iguales, la igualdad no existe. La mujer, que ha conseguido por fin abrir la puerta del mercado de trabajo, ve con pasmo cómo sus compañeros varones, haciendo el mismo trabajo e incluso desempeñándolo con menor pericia, ganan bastante más que ellas. No sólo eso: la mujer que trabaja fuera de casa se encuentra con el hecho de que sigue siendo ella y sólo ella la que se encarga de las labores domésticas y de la educación de sus hijos, desentendiéndose las más de las veces sus parejas de unas tareas que siguen todavía considerándose, lamentablemente, “cosa de mujeres”. Por no hablar de la dificultad a la que se enfrentan las mujeres, aun siendo mayoría en muchos sectores laborales, para alcanzar cargos directivos en esos sectores. A lo que podríamos añadir algo todavía mucho peor: la violencia sexista hacia el sector femenino de la población, las violaciones, los abusos, los asesinatos, el miedo y la desprotección que muchas mujeres deben afrontar por el mero hecho de serlo.

 

Y como ya no se debe ni se puede (en realidad nunca se debió ni se pudo) aguantar este estado de cosas, las mujeres han optado por plantarse. Aunque sólo sea por un día, pero que se note en ese día la absoluta dependencia que la humanidad en su conjunto tiene de la labor que su mitad femenina desempeña sin que le sea reconocida, o incluso negándosele cualquier reconocimiento, y sin la cual nuestra civilización simple y llanamente no existiría. Por ello animo a todas las mujeres a implicarse dentro de sus posibilidades en esta huelga, y a los hombres a que valoren de una vez lo que es tan obvio y colaboren en pie de igualdad con las mujeres en todo aquello que constituye nuestra vida diaria, y que hasta ahora les habíamos impuesto abusando de nuestro poder. Y pido también a los hombres respeto hacia las mujeres, el mismo respeto que podemos tener hacia un compañero, un amigo o un hermano porque, por si no lo sabéis, las mujeres son seres humanos, personas igual que nosotros, nuestros iguales. Y por si lo habéis olvidado, fue una mujer quien os llevó nueve meses en su vientre, quien durante meses e incluso años no durmió en condiciones porque estaba cuidando de ti, quien se encargó de educarte, de llevarte al médico cuando estabas enfermo, de jugar contigo en los pocos, poquísimos momentos libres de los que disponía, de hacerte todos los días la comida, tenerte limpia la ropa, adecentar la leonera a la que llamabas tu habitación. Y una mujer es tu compañera en esta vida, la que trajo al mundo a tus hijos y los crió y educó, la que te cuida y se preocupa de que estés bien. Y nunca, nunca agradeceremos lo bastante lo que las mujeres hacen por nosotros; más bien al contrario, seguimos negándoles sus derechos, menospreciamos sus méritos y capacidad y cargándolas con todas las tareas de nuestros hogares, las amedrentamos con nuestra falta de respeto, las acosamos...

 

En resumen, señoras: el día 8 de marzo, hágannos ustedes saber a los varones lo que pasaría si ustedes decidieran plantarse. Que nos enteremos de lo que vale un peine.

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