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Viernes, 28 de Febrero del 2020
Sábado, 01 Febrero 2020

Ábalos, el ubicuo

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

La verdad es que en nuestro país los políticos tienen una mala imagen terrible. Pero no creo que nadie dude de quiénes son los culpables de ello: los propios políticos.

El gobierno actual ha llegado al poder de forma agónica. Un mal cálculo electoral por parte de Pedro Sánchez propició unas elecciones de resultados peores para los grupos de centro e izquierda que los cosechados en las pasados y tan cercanos comicios. Ello ha obligado al PSOE y a su socio principal, Podemos, a pactar a diestro y siniestro, incluyendo en sus pactos a los independentistas de ERC. No penséis, sin embargo, que hay algo de ilegítimo en ello. Quienes sostienen al gobierno están legitimados por los votos que les han otorgado la mayoría de los españoles, pese a lo que digan algunos exdirigentes políticos y otros líderes, ayunos todos ellos del más elemental sentido democrático.

 

La cuestión es que el gobierno de izquierdas se presenta a sí mismo como un gobierno renovador, que deja a un lado los viejos vicios de gobiernos anteriores y pretende dar a España, y en especial a los españoles más desfavorecidos, un horizonte de futuro. Y para ello hay que empezar con rapidez a actuar. Y también a hacer gestos.

 

Porque los gestos son muy importantes. Tan importantes que en muchas ocasiones es el gesto, y no el hecho, el que marca la diferencia para el ciudadano que es también, y en definitiva, elector. Máxime cuando la oposición de derecha y extrema derecha ha decidido que, desde el principio, el ambiente político sea bronco, irrespirable si es posible, para impedir el desarrollo de políticas que afecten a los sectores que representan, aunque estos sectores sean minoritarios pero poderosos.

 

Y si hablamos de gestos, el gobierno actual está metiendo la pata. Cualquier analista político diría que en estas primeras semanas de legislatura el gobierno se ha marcado algunos tantos importantes, como la subida de las pensiones, del sueldo de los funcionarios o el acuerdo con los agentes sociales para la subida del salario mínimo. En especial este último, que ha roto en gran medida la ofensiva total de la oposición hasta el punto de obligar al principal partido de esta, el PP, a anunciar su apoyo al mismo.

 

Pero todo esto se olvida rápido cuando se mete la pata con ahínco en cuanto a los gestos se refiere. Y la última metedura ha sido sonada. Lo curioso del caso es que ha sido en una cuestión que puede parecer menor, de política internacional, que apenas interesa a la mayoría de la gente común. Pero los despropósitos cometidos por algunos miembros del gobierno, en especial por el ministro Ábalos, han sido tan evidentes que han terminado llamando la atención del respetable, servido de munición a la oposición y casi ocultado lo que de bueno pueda haber hecho el gobierno en estas primeras semanas de recorrido.

 

¿Qué ha pasado? Pues que Juan Guaidó, presidente de Venezuela proclamado por la oposición al régimen de Maduro y reconocido por multitud de países, incluida España, visitaba nuestro país mientras que la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, hacía escala en España en un vuelo privado. Y se lio. En primer lugar, el recibimiento dispensado a Guaidó por el gobierno de la nación fue poco efusivo, frío incluso, al contrario que el que le brindaron los partidos de la oposición, más propio de un héroe que de un político. En segundo porque el ministro José Luis Ábalos no tuvo mejor idea que visitar a Delcy Rodríguez en su escala aeroportuaria, cosa que no debería haber hecho porque el régimen bolivariano de Maduro está sujeto a diversas sanciones firmadas también por el gobierno español; entre ellas la prohibición de que sus líderes puedan hacer escala en los aeropuertos de los países consignatarios.

 

Y allá que fue Ábalos. Pero ¡ay!, alguien lo vio y al segundo siguiente la noticia se hacía pública. Y Ábalos comenzaba un rosario de explicaciones que cambiaban cada pocos minutos, a veces incluso contradictorias entre sí: que si no he estado, que si sí pero no la vi, que si charlamos un rato, que si firmamos un tratado, que si fue la banda de música… Tantas y tan variopintas explicaciones obligaban al gobierno a cerrar filas en torno a su ministro pillado in fraganti y cazado en contradicciones y mentiras. Y eso no es bueno para el gobierno, porque es difícil que una oposición entrenada y bien fajada desaproveche la ocasión para meterle el dedo en el ojo, afirmando que trata con dictadores, y para hacer ver a la ciudadanía que este gobierno no es de fiar.

 

¿Por qué ha hecho esto el gobierno? Pues la razón más creíble es por la presión de su socio de gobierno, del gobierno bolivariano o de ambos a la vez. Cuestiones de gobiernos de coalición o de suministro de petróleo. Pero de cualquier forma no puede obviarse que Maduro ha derivado hacia una dictadura y que en Venezuela se lucha no solo por la libertad, sino también por el control de las inmensas reservas petrolíferas del país. Por lo que a nosotros respecta, el gobierno de Sánchez se ha liado con el asunto y ha ofrecido una imagen muy poco positiva de su quehacer, que puede resultar muy perjudicial para sus aspiraciones de ser un gobierno durable y eficiente. En sus manos está cambiar el escenario de la política nacional, tanto en el hacer como en el aparentar.

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