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Lunes, 28 de Setiembre del 2020
Viernes, 24 Julio 2020

Al fin, Europa

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Recuerdo cuando España entró en la entonces Comunidad Europea, allá por 1986. Parecía la panacea a todos los males seculares que nuestro país había soportado desde siempre, la vía que nos iba a llevar a la modernidad, al desarrollo definitivo, a colocarnos entre los países más avanzados e influyentes del mundo.

Luego no fue para tanto. O sí. Porque los sucesivos gobiernos que nos han gobernado y las sucesivas oposiciones que se les han opuesto nunca han hecho mucho por explicar lo que ha significado en realidad nuestra pertenencia al club europeo, y las más de las veces han echado la culpa a los dictados de la Unión de las barrabasadas cometidas por ellos mismos, o de la adaptación dolorosa a unas normas que son las comunes de la UE y que han sido votadas por lo gobiernos de todas ellas, pero que en el caso de España nuestros mandamases poco o nada habían hecho para una adaptación sin traumas y paulatina.

 

Gracias a nuestra pertenencia a la Unión Europea nuestro país ha dado el que probablemente ha sido el mayor salto hacia adelante de nuestra historia. Después de un periodo inicial en el que nuestras estructuras económicas, acostumbradas al aislamiento y la protección estatal, tuvieron que luchar a muerte contra la competencia de nuestros nuevos socios, nuestro tejido económico se adaptó a las nuevas circunstancias. Pero además comenzaron a llegar fondos en cantidades, aunque no lo creáis, inmensas para permitir la construcción de infraestructuras y la subsistencia, por ejemplo, de buena parte de nuestra agricultura. Podemos decir sin exagerar que sin pertenecer a la Unión Europea no tendríamos ni las autopistas, ni las escuelas ni los hospitales de los que disfrutamos hoy en día.

 

Claro que, como casi siempre, nuestra clase política minimizaba las aportaciones de la Unión y maximizaba su propio mérito en el desarrollo de las infraestructuras del país. Por ello muchos españoles no conocíamos realmente el alcance de las ayudas de la UE en este desarrollo: aunque siempre fuera obligatorio que en las nuevas construcciones apareciera el logotipo de los fondos de desarrollo europeo, este se colocaba en pequeñito, junto al otro más grande del gobierno patrio. Aunque dos tercios del presupuesto de la obra vinieran de Europa.

 

Méritos aparte, el caso es que España se acostumbró a vivir en buena medida gracias a las ayudas que venían de Europa, aunque estas cada vez fueran menores, dado que nuestro nivel de desarrollo estaba alcanzando ya la media de nuestros socios. Además nuevos países que se encontraban en peores condiciones que el nuestro engrosaban la nómina de socios de la Unión, haciendo que cada vez más fondos estructurales dejasen de venir a España y se destinasen a estimular el desarrollo de los nuevos miembros. Pero España necesitaba cada vez menos estos recursos, ya que su economía no paraba de crecer a toda velocidad... ...

 

Hasta que nos dimos el batacazo. La burbuja del ladrillo estalló y las medidas tomadas por el gobierno socialista de entonces agravaron aún más la crisis. Cuando el PP subió al poder en 2011 sus promesas electorales se quedaron en agua de borrajas y el nuevo gobierno se encontró ante una situación que resultaba muy difícil solucionar. A nivel interno se decidió por devaluar el país entero (bueno, entero no, a los grandes capitales se les rebajaron incluso los impuestos) y por instaurar unos recortes sociales como no se habían visto en los últimos tiempos. Y todo ello porque a nivel externo la Unión Europea, capitaneada por una enquistada Alemania, exigió una tremenda disciplina fiscal para otorgar al gobierno un rescate de más de 60.000 millones de euros destinado a salvar a la banca casi arruinada por su actividad especulativa durante el boom inmobiliario. Un rescate que, naturalmente, debía ser devuelto y que todavía hoy estamos pagando.

 

La Unión Europea quedó en muy mal lugar en España. Se nos exigía disciplina, contención en el gasto, apretarnos el cinturón, pero quien pagaba el pato era el pueblo español, que ni había participado ni se había beneficiado de la actividad especulativa (más bien lo contrario). Pagábamos, como de costumbre, justos por pecadores. Y buena parte de la culpa se achacaba a una UE donde Alemania (no solo ella) daba como única respuesta a la crisis la disciplina fiscal, vigilada por la troika y los hombres de negro.

 

La credibilidad de la Unión Europea quedó muy tocada. Los políticos del momento intentaron tapar sus vergüenzas acusándola de falta de sensibilidad y de atender únicamente a la lógica de los mercados, y no a las necesidades de los ciudadanos. Entre los unos y los otros consiguieron que el sueño europeo pareciese acabar con un mal despertar.

 

Y he aquí que pasan los años y llega lo que nadie pensó nunca que podía ocurrir: una pandemia de película, sí, pero real, que destroza las economías de mucho socios europeos que aún no se habían recuperado del todo de los zarpazos de la última crisis. Y la situación se vuelve crítica en dos meses, hasta el punto de que la elección entre la salud y la vida de los ciudadanos y la economía se plantea de la manera más cruda. Y por fin, entonces, aparece Europa.

 

Aparece la que debería ser la auténtica Europa, la verdadera Unión Europea, la que debe velar en primer lugar por sus ciudadanos y sus estados. Y se anuncia un plan de rescate en el que se incluyen ayudas a fondo perdido para no repetir los errores de la crisis anterior. Y aunque algunos países (los más ricos y los menos solidarios, aunque alguno de ellos se va a encontrar en un corto espacio de tiempo peor que, por ejemplo, España) se opongan a estas ayudas, los dos grandes de la Unión, Alemania y Francia, se dan cuenta de que en esta ocasión no se debe tomar las pésimas decisiones que se tomaron en la anterior crisis. Porque esta vez esta en juego la mismísima existencia de la Unión Europea. Y tras una negociación maratoniana y aunque con algunos recortes, se aprueba un paquete de ayudas sin parangón en la historia de la institución, un auténtico Plan Marshall del siglo XXI que permitirá evitar el hundimiento de muchos de los socios europeos.

 

Por fin la UE se coloca en su lugar: un auténtico gobierno europeo que vele por los intereses generales de todos sus socios, y no solo de algunos. Y este hecho da auténtico valor al espíritu con el que se fundó en su momento esta Unión: la creación de una Europa unida, fuerte, democrática y libre, de la que sus ciudadanos puedan estar orgullosos.

 

Al fin, Europa.

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