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Sabado, 20 de Julio del 2019
Viernes, 23 Noviembre 2018

Bajadas de impuestos: no te las creas

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Se acercan las elecciones. Sean del tipo que sean, y parece ser que serán de todos los tipos y ámbitos. Es seguro que en poco tiempo votaremos.

Y claro, casi todos los partidos empiezan a buscar qué pueden ofrecer a los votantes para que les otorguen su sufragio. Las ofertas serán muchas y diversas; las promesas aún más. Y como lo que más nos duele o nos suele doler a todos es el bolsillo, a él irán dirigidas las principales saetas electorales.

 

Hasta aquí, todos de acuerdo. La cuestión es la siguiente: ¿hasta qué punto son creíbles los ofrecimientos que nos hacen los partidos políticos cuando nos sumergimos en el ambiente propio de las grandes citas electorales?

 

Pues la verdad es que, en mi opinión, lo son muy poco. Nuestras arcas a nivel regional y nacional tienen un pequeño pero fundamental defecto: el dinero sale más rápido de lo que entra. Y ello tiene como consecuencia una inquietante realidad: el déficit público no hace sino subir y subir, lo que hipoteca el futuro de nuestra economía en particular y de nuestro país, y de nosotros, en general.

 

Reducir o eliminar el déficit es misión complicada. En esencia hay que ajustar ingresos y gastos. Vamos, lo que hacemos nosotros en nuestra casa todos los días. Pero hay varias formas de conseguirlo. La primera, la más querida por la derecha política, recortar gastos. Y para ello hay que recortar servicios, prestaciones y sueldos públicos. Esta variante es muy del gusto de las grandes fortunas, porque suele ir acompañada de bajadas de impuestos que les benefician fundamentalmente a ellas. Se trata además de un círculo vicioso, ya que cuanto más se bajan los impuestos más recortes deben hacerse, lo que tiene como final el desmantelamiento del estado del bienestar y la privatización, en beneficio de unos pocos, de los servicios básicos, cuyo costo además sube para quienes deban (y puedan) pagarlos.

 

En el otro polo tenemos la solución contraria: subir los impuestos para igualar ingresos y gastos, aumentando incluso a cambio las prestaciones sociales. Es el remedio preferido por la izquierda política y temido también por las grandes fortunas, ya que se pueden ver obligadas a pagar más que lo poquísimo que pagan en la actualidad. De cualquier forma hay que tener cuidado con esta receta, ya que los gastos suelen aumentar más rápidamente que los ingresos y quien gestione el estado puede encontrase con un déficit incontrolable, con las funestas consecuencias que ello conlleva.

 

Entre medias queda un amplio campo de actuación. Por ejemplo, la persecución decidida del fraude fiscal y de la economía sumergida. Según los expertos sólo en fraude fiscal escapan a la tributación anualmente más de 40.000 millones de euros, mientras que la economía sumergida supone según algunos estudios un 22,2% del Producto Interior Bruto, aunque personalmente tengo la impresión de que este porcentaje se queda bastante corto. Para que os hagáis una idea, queridas lectoras y lectores: con lo que se deja de recaudar (y menos incluso) se enjugaría por completo el déficit presupuestario anual español. Lo que yo me pregunto muchas veces es por qué en España hay tan poco rigor y se dedican tan pocos medios a descubrir y castigar estos comportamientos tan poco cívicos y tan dañinos para la economía del país. ¿Lo sabéis vosotros?

 

Hay más opciones. Una de ellas es la racionalización del gasto público. En demasiadas ocasiones nos encontramos con que la administración pública realiza gastos inútiles o paga más por bienes y servicios que podrían resultar mucho más baratos y eficientes. En demasiadas ocasiones también se permite que las empresas que consiguen contratos públicos dupliquen, tripliquen y hasta cuadrupliquen el precio de ese contrato sin que pase absolutamente nada. Bueno, algo si pasa: que el estado, o sea todos nosotros, tenemos que apechugar y pagar la diferencia para beneficio y enriquecimiento de unos pocos. Algo que sería impensable en una transacción entre particulares y empresas, donde deben respetarse las condiciones de los contratos, pero que parece que si interviene el estado como una de las partes se puede hacer lo que le venga en gana a las empresas contratantes. Y sospecho que todo ello está muy relacionado con la corrupción, que se está demostrando como uno de los grandes sumideros de dinero público y alimentadores del déficit y los recortes.

 

Pero hay una cuestión muy importante: si queremos como mínimo mantener lo que tenemos, bajar los impuestos es imposible. A pesar de la pretendida recuperación económica los ingresos del estado aumentan muy despacio, ya que los ricos pagan menos impuestos que nunca y los pobres cobran sueldos más bajos que nunca, de los que pocos impuestos se pueden sacar. Si un partido político te ofrece bajarte los impuestos, no te fíes: hasta que no haya conseguido igualar realmente ingresos y gastos, hasta que, como dice el humorista, no estén las gallinas que entren por las que salgan, cualquier bajada de impuestos sólo tendrá un final ineludible: más déficit, más recortes, peores condiciones de vida para ti y los tuyos, a no ser que seas un millonario, en cuyo caso sí saldrás beneficiado.

 

Y es que, como dice un viejo refrán castellano, no se hacen tortillas sin romper huevos. Si quieres buenos servicios públicos y buena protección social, hay que pagarlos. Entre todos y proporcionalmente a lo que cada uno y una tengan. Que no te engañen con la promesa de bajarte los impuestos: si se hace, no serás tú el mayor beneficiado. Ya sabes quién lo será.

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