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Viernes, 22 de Junio del 2018
Sábado, 03 Febrero 2018

Contra la deslocalización, la solución es sencilla: no comprarles más

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Le llaman deslocalización, pero la explicación es más prosaica: me llevo de aquí la fábrica para ponerla en un país donde los trabajadores cobren una miseria y aumentar así mis beneficios. Algo que lleva ya casi cuarenta años sucediendo y que no parece que remita.

Las grandes empresas, como las multinacionales, tienen un único objetivo: ganar dinero, y cuanto más mejor. Casi nunca planifican su actuación a medio o largo plazo, sólo los interesa el beneficio inmediato. Que no te engañen con su publicidad ñoña en la que intentan convencerte de que su única preocupación eres tú, porque de ti sólo les interesa tu dinero. Única y exclusivamente. Lo malo es que estas empresas suelen pensar, y no me entra en la cabeza por qué, que tienes mucho dinero o que tu dinero es infinito. Aunque estés en el paro en el que ellas te han dejado o cobrando un sueldo ínfimo que ellas te pagan por largas y agotadoras jornadas de trabajo de muchas más horas que las que estipula tu contrato.

 

La cuestión es la siguiente: la mayoría de las grandes empresas se llevan sus fábricas a países donde los trabajadores cobran salarios muy bajos y no tienen derechos laborales. Cierran así sus fábricas en los países desarrollados y echan a la calle a miles, a millones de obreros que cobraban sueldos bastante decentes, consumidores hasta ese momento de los propios productos de estas multinacionales. Productos que las más de las veces no están ni por asomo al alcance de los trabajadores de esos países en los que se instalan las fábricas, pero que además dejan de ser asequibles para los que han perdido su empleo en el emplazamiento original de las industrias, que se han quedado en paro o tienen ahora trabajos mucho peor pagado que el anterior.

 

Las empresas que trasladan sus industrias piensan: nosotros nos llevamos nuestras fábricas, pero quedan muchas otras con trabajadores bien pagados que seguirán comprando nuestros productos. El problema es que eso mismo es lo que piensan también todas las demás y el efecto que producen entre todas es un empobrecimiento de los países que antes eran sus principales clientes y que ahora no tienen ya capacidad para consumir al mismo nivel que lo hacían antes. En consecuencia las empresas se encuentran con que su pretendido aumento de beneficio se ve contrarrestado por un descenso en las ventas que les obliga o a bajar precios o a trasladar sus fábricas a países donde los trabajadores cobren aún menos. Y así hasta que el círculo explote en un mundo en el que haya grandes multinacionales que han hundido ellas mismas sus propios mercados pensando que el dinero y las riquezas son infinitas y que hagan lo que hagan no sólo no habrá consecuencias, sino que saldrán ganando.

 

Y no contentos con eso, se llega a rizar el rizo mediante la acumulación de la riqueza en pocas manos. Pero claro, si unos cuantos poseen casi toda la riqueza, los demás nos tenemos que aguantar con las migajas. Y esas migajas no dan para consumir, sino para malvivir, por lo que quienes son tan ricos ya no pueden vender sus productos y servicios. Y la cosa empeora notablemente. Y es que hasta los ricos necesitan quien les compre sus productos. Y para mayor alegría, resulta que la riqueza no es infinita, por mucho que los poderosos estén convencidos de ello, por lo que la parte del pastel que corresponde a los pobres será cada día más pequeña. Negro panorama. Pero tenemos la solución. Y es muy sencilla. Si una empresa, como ha sucedido hace pocos días en España, amenaza con llevarse la producción de uno de sus productos a otro país si los trabajadores no se bajan el sueldo y renuncian a sus derechos laborales, los consumidores debemos tomar buena nota del nombre y de los productos que fabrica esa empresa. Y si cumple su amenaza, lo que demos hacer es muy simple: no comprar esos productos. Y es que hay que tener en cuenta que la mayor parte de estas empresas fabrica productos que compran las clases medias, las más perjudicadas por las deslocalización. Por lo que si las clases medias nos organizamos, es muy posible que podamos tener una influencia real en el mercado y condicionar las decisiones de las grandes empresas que creen que pueden actuar como les plazca y que las consecuencias de sus actos, que sin duda serán negativas, las deberán pagar los demás. Premiemos a las empresas, que las hay, con conciencia social y ecológica y que decidan quedarse comprando sus productos. Castiguemos con nuestra indiferencia y con nuestra ausencia de compras a las que hacen lo contrario. Para que sufran las consecuencias de sus acciones y lo piensen dos veces antes de tomar este tipo de medidas.

 

Lo cual, con toda seguridad, sería al final bueno para todos. Incluso, fíjense ustedes, hasta para las grandes empresas multinacionales.

PromoCLR

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