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Martes, 18 de Diciembre del 2018
Sábado, 27 Octubre 2018

Cosas del fútbol

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Esto que escribo hoy, amiga lectora o amigo lector, casi seguro que no te va a gustar. Porque casi seguro que a ti te gusta el fútbol, que eres aficionado/a y seguidor de algún equipo. Incluso fanático e hincha, de los que apoyan “a muerte y hasta la muerte” a sus colores.

El caso es que a mí no me hace mucha gracia el fútbol. Más bien poca. De hecho es muy raro que vea un partido, ni siquiera de la selección. La verdad, prefiero el baloncesto. Pero ello no es óbice para que me dé cuenta de algunas cosas buenas y malas que tiene el deporte rey.

 

Deporte. Esa es la cuestión. El fútbol ya no es sólo un deporte. Se ha convertido en una de las principales actividades económicas del mundo, que mueve cientos de miles de millones de euros y es el centro de la atención, cuando no de la vida, de muchísimos millones de personas. Tenemos fútbol en directo, en diferido, para jugar o ver con amigos y familiares, para enseñar a los niños a practicar deporte, para comprar y vender derechos de emisión o merchandising, para discutir y charlar o incluso pelear. Hay mucha, muchísima gente, que ha hecho del fútbol su religión.

 

Pero el fútbol es aún más. De hecho muchos sociólogos y politólogos afirman que el fútbol ha sustituido a las guerras y conflictos cruentos. Así, en vez de enfrentarse en los campos de batalla dos países, dos regiones, dos ciudades o incluso dos barrios, los contendientes dirimen sus diferencias en un estadio donde el público grita enfervorizado apoyando a su equipo e… insultando al contrario. En mi modesta opinión tienen los expertos mucha, pero que mucha razón. Y para muestra un botón: fíjate, querido lector o lectora, en el vocabulario que se emplea en este deporte: ataque, contraataque, defensa, dominio, flancos, oleadas, conceptos todos ellos provenientes de la terminología bélica y que forman parte, junto a muchos más, del lenguaje futbolístico. Es algo bueno, sustituir la sangre por los goles, los bombardeos por los tiros (otro término bélico) a puerta o las reglas de combate por el fair play o el VAR. Aunque últimamente la violencia, pero de otro tipo, está asociándose en demasiadas ocasiones al fútbol, que se ve infiltrado por grupos extremistas que lo aprovechan como pretexto para sus actividades violentas.

 

Pero hay algunos aspectos del fútbol que no son tan positivos. El apoyo oficial a este deporte ha sido siempre evidente. Y cuando el poder apoya algo es por alguna causa, no lo dudes. De hecho la importancia que ha adquirido el fútbol desde hace ya bastantes décadas es tal que en muchas ocasiones eclipsa otros temas que deberían tener mayor consideración. Así se olvidan o se relegan por ejemplo el sufrimiento o el deterioro de las condiciones de vida y la pérdida de derechos en muchos países, cuyos habitantes se ven tan absorbidos (esa es la realidad) con el fútbol que no tienen energías ni tiempo para protestar o cambiar lo que de malo se intenta esconder tras el fútbol.

 

El fútbol actual crea nuevos dioses que son ejemplo y admiración para el común de los mortales futboleros y que se embolsan cantidades astronómicas mientras que enriquecen a las grandes corporaciones vendiendo su imagen para publicidad. Estos chicos (lamentablemente el fútbol femenino está todavía muy lejos de la importancia del masculino) son adorados, glorificados, deificados como auténticos héroes mitológicos (la palabra mítico se emplea a todas horas cuando se habla de fútbol); pero no olvidemos que siguen siendo chicos, muchos de ellos provenientes de las capas más bajas de la sociedad y con una muy escasa formación. De hecho el encumbramiento de los jugadores de fútbol y la excesiva importancia que se les da empujan desgraciadamente en otro sentido: el de convencer a muchos niños y adolescentes de que ellos pueden lograr lo mismo sin estudiar ni prepararse, sustituyendo la cultura del esfuerzo por la del pelotazo; nunca mejor dicho.

 

Eso sí: en el fútbol y en los futbolistas de élite hay algo que me irrita especialmente: son (o se creen) dioses intocables a los que no se puede ni llevar la contraria ni pedir cuentas. Habitual es el enfado público de un futbolista o de un entrenador cuando se les pregunta por los malos resultados de su equipo. La mayor parte de las veces son incapaces de asumir su propia responsabilidad y buscan escusas pintorescas o manidas, como las campañas orquestadas de los enemigos o de la prensa. Y siguen con lo mismo, rindiendo muy por debajo de lo que en teoría valen y haciendo caso omiso de las críticas. Y lo peor es que muchos de los seguidores les defienden como si fueran de la familia, explicando y perdonando todos los errores y pifias que cometen.

 

Y esto me enfada porque si a ti o a mí, personas normales con un trabajo normal y un empleo nunca bien remunerado se nos ocurre no rendir en nuestro trabajo, lo mínimo que nos caerá será la bronca de nuestro jefe y las críticas de nuestros clientes o usuarios, cuando no el despido. Pero a estos chicos no les pasa esto, no: palmadita en la espalda, a muerte con ellos y la culpa es de los medios de comunicación que organizan conjuraciones judeomasónicas para que los pobrecitos astros del balón no den pie con bola. Ni siquiera se les reduce su sueldo por los malos resultados.

 

Yo creo que con lo que ganan muchos de ellos no tienen en absoluto derecho a fallar, a no cumplir su cometido. Porque si al trabajador normal y corriente se le niega normalmente ese derecho, ¿por qué a ellos se les garantiza y se les perdona? Quizás sea porque son parte de este entramado, de esta tela de araña mundial que es el fútbol a la que la humanidad entera está pegada, consciente o inconscientemente.

 

En fin, creo que este fin de semana hay un partido de esos que llaman derbi o histórico. Seguro que el mundo se para para verlo. Os deseo que sea un buen partido y que gane el mejor.

 

Yo estaré viendo una película.

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