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Miércoles, 15 de Julio del 2020
Sábado, 29 Febrero 2020

El campo está harto

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Imagina, querida lectora o lector. Tienes un negocio, arriesgas tu dinero, produces un bien, y cuando vas a venderlo lo tienes que hacer no directamente al consumidor, sino a un intermediario que te paga una miseria por tu producto, menos incluso que lo que a ti te ha costado producirlo.

Y no puedes vendérselo a otro que te ofrezca mejor precio, porque los intermediarios están de acuerdo en lo que te van a pagar y la cosa no tiene arreglo. Peor aún, cuando ves tus productos en los mercados resulta que los consumidores pagan por ellos cinco, diez o incluso veinte veces más que lo que te pagaron a ti.

 

Es más: para intentar mejorar tu situación inviertes el dinero que no tienes en mejorar y abaratar tu producción para aumentar en lo posible tu escaso margen de beneficio. Pero resulta que los intermediarios acaban comiéndose también este margen y a ti, al final, no te queda nada.

 

Pues esa es la situación que viven en la actualidad nuestros agricultores y ganaderos. No es exageración decir que hoy, en 2020, están cobrando lo mismo que en 1990 por sus productos. Un kilo de carne o de melocotones no ha variado su precio para quien los produce desde hace décadas. Sin embargo los precios en general sí, y mucho. Por un lado los que pagamos los consumidores por esos productos han subido de forma constante. Por otro lo que cuestan abonos, fitosanitarios, piensos o maquinaria son mucho más altos. Y si al productor le siguen pagando lo mismo, imaginad cuál será su situación.

 

Muchos de los que leéis esto sabéis muy bien de lo que hablo. Siempre mirando al cielo, siempre temiendo que el precio del agua suba, siempre con miedo y muchas veces sufriendo las heladas a destiempo. Sin saber qué es mejor, si una buena cosecha con su inmediato desplome de los precios o una mala, con precios al alza pero tan poco producto que no supone apenas diferencia. Y después de un año de trabajo tener que soportar que tu esfuerzo apenas reporte beneficio. Eso sí, algunos lo obtienen, pero no precisamente los que realizan el trabajo principal.

 

Es cierto que el transporte, el almacenaje y la distribución de productos agrícolas requiere de inversiones, y en ocasiones bastante fuertes. No se puede negar. Pero dudo mucho que estas actividades sean tan onerosas como para multiplicar los precios de la manera que los intermediarios y comercializadores lo hacen. La única explicación posible y lógica es la obtención, en un mercado de libre competencia, del máximo beneficio, y ello se hace a costa de exprimir literalmente a los productores y a los consumidores.

 

También hay otra explicación: el cubrir las pérdidas de la competencia feroz entre grandes comercializadores. Para atraer clientes las grandes superficies o cadenas de supermercados lanzan ofertas increíbles de productos agrícolas y ganaderos. Pero no están dispuestas a vender con pérdidas, o al menos con grandes pérdidas, así que trasladan la disminución de los precios a los productores, paganos de las guerras de precios. Y de paso los hunden en la miseria.

 

Pero aún hay más. Aunque somos socios de la Unión Europea y eso debería significar algo, se están importando masivamente productos extracomunitarios de peor calidad y sin controles sanitarios que los que producimos aquí. Buena parte de ellos, curiosamente, son producidos por grandes empresas españolas (muchas de ellas murcianas) que trasladan su actividad a países no comunitarios donde los controles y legislación sanitarios son muy inferiores, al igual que los sueldos y los derechos de los trabajadores. Al ser empresas comunitarias se les permite después importar sus producciones de precios bajísimos, hundiendo así los precios en España.

 

Y para terminar el rosario de problemas y males que aquejan a nuestros agricultores y ganaderos, está el problema de su desunión. En otros países europeos los productores agrarios se agrupan en grandes cooperativas que no solo gestionan sus producciones, sino que además tienen en común maquinaria y almacenes y compran unidos todo lo que les hace falta para producir, obteniendo mejores precios. Y sobre todo, tienen mucha más fuerza a la hora de negociar con los grandes intermediarios y comercializadores los precios de venta. Lo malo es que en España el cooperativismo agrario está muy poco extendido, lo que aprovechan aquellos para imponer sus precios a los pequeños y medianos agricultores. Cosa que no ocurre con los grandes empresarios agrícolas, cuya mayor dimensión les permite reducir costes de producción y obtener mejores precios de venta.

 

¿Se puede cambiar esta situación? En parte sí, pero atentos, los gobiernos poco van a hacer, y por un motivo muy simple: la economía capitalista significa que los protagonistas de la economía juegan libremente, sin ataduras o trabas, y esto se aplica a la agricultura como a cualquier otro sector. La intervención del estado sería muy mal vista por las grandes empresas de distribución, y no solo de productos agrícolas, por lo que los gobiernos hablan mucho pero hacen poco en este sentido. Bastante más pueden hacer los propios agricultores, sobre todo agrupándose en cooperativas y en organizaciones agrarias que puedan hablar de tú a tú a quienes les, literalmente, explotan. Y lo mismo ocurre con los consumidores, que podemos seleccionar lo que compramos a través de la información de las etiquetas de los productos.

 

Y así deberíamos hacerlo, por el bien de nuestros agricultores, de nuestros ganaderos y de nosotros mismos, los consumidores.

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