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Sabado, 26 de Setiembre del 2020
Sábado, 18 Abril 2020

El Viaje a Ninguna Parte. El Zorí (Historias de la cuarentena)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Me cuenta esta semana Cipión (ya saben, mi habitual contertulio) la historia de un curioso personaje, quizá tan real como la fantástica vida que suponemos discurre en derredor de cada una de nuestras madrigueras, acobardados como estamos como conejos…o como gallinas bien cebadas en nuestros gallineros.

El Zorí, así se hacía llamar en su entorno laboral; era la contracción natural e inevitable de Zahorí, término deformado por un dialecto peculiar como el murciano que persigue siempre la economía de recursos lingüísticos al hablar, y repleto de cultismos heredados del Siglo de Oro, algo que, si viviera, hasta el mismísimo "Príncipe de los Ingenios" aplaudiría con fervor. Empero, el Zorí se había tomado a pecho aquello de que la letra mata, por lo que había encontrado vivificante fijar su atención solo en las ilustraciones de los impresos. Aficionado a la lectura rápida, fácil e impresionista, cuando nuestro joven protagonista, tras no pocos esfuerzos, consiguió una plaza de barrendero en su ciudad, se sumergió en una alocada barahúnda de ideas pseudocientíficas y esotéricas, de las que pululan por un tubo en la Red, lo que propició que, al igual que le sucediera al "Caballero de la Triste Figura", se le ablandara el cerebro, ocasionando no pocos quebraderos de cabeza a los responsables del Servicio de Aguas al que pertenecía. Se le metió en la mollera la descabellada convicción de que la Madre Naturaleza regía los destinos humanos y que poco o nada se podía hacer frente a sus designios. Había leído en algún sitio que una serie de invisibles efluvios procedentes del centro de la Tierra emergían en ciertas regiones de su superficie y que su exposición era perniciosa para la salud. El nombre se lo colocaron los compis porque, como buen geomante, iba siempre provisto de una vara de avellano en forma de "Y", radioestesiando cada rincón de las vetustas dependencias municipales (…) A los pocos meses de iniciada su empresa, el Zorí había convertido las estancias del antiguo cuartel de barrenderos en un gigantesco óleo neoplasticista, a lo Piet Mondrian. Repletos como habían quedado de trazos amarillos los suelos, paredes y techos, al cuartel pasó a conocérsele con el pintoresco nombre de "Servicio Telúrico de Aguas" (…) En los puntos de intersección de estas líneas fue colocando herramientas de bronce y duraluminio propias del servicio, como cuellos de cisne para hidrantes, reducciones, racores, palas, etc., a fin de, según imaginaba él, transformar las patógenas radiaciones en energía positiva. Pero hete aquí que, con tal de que su empresa no quedase inconclusa, nuestro valiente servidor público abrazó también una suerte de «mesmerismo», esotérica terapia basada en un supuesto magnetismo animal con la que pretendía calmar las dolencias reumáticas y de otra índole que aquejaban a sus abnegados compañeros fruto del enfangamiento de pura mierda a que se veían sometidos cada dos por tres cuando había algún atranque en la red de alcantarillado y lo tenían que subsanar. Incluso había arrastrado esta arcana manía a su vida privada, pues se había hecho construir su propia casa como la relataba la cantiga del pobre Manuel: «De barro, de barro y caña»; en algún recóndito lugar de la Red había leído de boca de un tal doctor Hoffman que el adobe era impermeable a esas peligrosas emisiones. Pero no acabaron ahí sus pesquisas. Cierto día se entretuvo en ojear pacientemente los informes de las intervenciones que había atendido el parque de bomberos, que lindaba con el Servicio de Aguas, durante las últimas décadas. De la estadística extrajo la asombrosa conclusión de que el tipo de emergencia que se paría en aquel entorno seguía la enigmática Ley de Zipf (te ruego, amable Berganza, que, a pesar del parecido fonético, no confundas a su autor con uno de los famosos gemelos creados por nuestro genial historietista español Pepe Escobar). Descubrió, pues, que los incendios, que eran la primera causa de los siniestros, se sucedían con una cadencia justo el doble de la segunda, los salvamentos; estos, a su vez, suponían el triple que la tercera, las asistencias técnicas; y estas el cuádruple de las tareas de prevención. El Zorí armó tal zipizape con esta especulación estadística que por todos estos fenómenos paranormales el Servicio Telúrico de Aguas fue tenido por lugar de peregrinación de espiritistas y destino preferente de los visionarios y nigromantes que había diseminados por las restantes dependencias del ayuntamiento, los cuales se disputaban con saña una plaza en tan significativo puesto de trabajo. La superioridad empezó a tomar cartas en el asunto cuando al Zorí le dio por incomunicar el consistorio del resto del mundo cuando estaba de guardia en espera por si había alguna avería en el alcantarillado o se precisaba de una limpieza viaria de emergencia; en esos casos apagaba el WiFi que alimentaba todo el sistema informático de las dependencias municipales, ponía en modo avión los móviles e incluso desconectaba las conexiones por cable de internet, porque decía que emitían radiaciones ionizantes. Su jefe, el Niágara, azacán desde la más tierna edad, hombre escéptico en extremo y conocedor de la mente protohumana merced al máster en primatología que culminó en la prestigiosa "Fundación Madagascariense El Tití", le espetó un día: —Pero vamos a ver, Zorí, ¿qué mosca te ha picado con todas estas capulladas que has montado? ¿Es que te has propuesto ser inmune a todo, tontolaba? Joder, estás apollardado vivo.

 

Fue entonces cuando los munícipes decidieron enviarlo al "Sanatorio del Buen Retiro", un prestigioso lazareto especializado en curas mentales.

 

Pero de eso hacía ya dos años; había sido de nuevo reinsertado al área operativa barrenderil, no sin antes recibir de los loqueros numerosas descargas en su corteza cerebral. Pero todo había resultado en vano, "El Bicho" este de marras que azotaba al mundo había aparecido en el momento más inoportuno, dando al traste con su elaborado y caro tratamiento reparador cerebral. Expuesto al virus callejero y más solo que la una, teniéndolo su confinada comunidad por personal laboral esencial, salía con su carrito cada mañana a barrer las desiertas calles de la silenciada ciudad, donde se limitaba a recoger algún par de guantes de látex tirados por aquí o alguna mascarilla desechada por el uso por allá, creciendo en él la sospecha de que aquella pandemia, que había descubierto con horror que se repetía cada cien años, era el castigo que la Madre Naturaleza había reservado al soberbio ser humano, el mismo que había ocasionado el efecto invernadero y que amenazaba con destruir el planeta.

 

Un abrazo y paciente confinamiento, querido Berganza. Cipión, el cabalístico.

 

Paciencia, sí, querido Cipión. A un alto precio, sin duda, pero acabaremos derrotando al cochino (sic) virus…

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