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Domingo, 20 de Setiembre del 2020
Sábado, 29 Agosto 2020

El Viaje a Ninguna Parte. “La tormenta perfecta”

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Me dice un contertulio guasapero y amigo desde siempre, Pedro Luis Almela, que, en estos tiempos tan grises (de acumulación de nubarrones y presagio de tormenta) hay dos verdades que poco a poco se van abriendo paso en su cabeza.

La primera disgustará a media España y alegrará a la otra media (aunque debería entristecernos a todos) y es que el fracaso del gobierno actual en cuanto al control de la pandemia es ya clamoroso. La otra verdad debería molestarnos a todos y es el fracaso evidente de España como nación única o como nación de naciones...o como se diga o quiera decir esa chorrada. A los mayores, a los ancianos (sigue diciendo Pedro Luis), yo les repito el grito de Worchester: no entres dócilmente en esa buena noche; la vejez debería delirar y arder cuando se acaba el día ¡Rabia, rabia, contra la luz que se esconde! Lucha contra la oscuridad.

 

Por otra parte, un coyuntural amigo y compañero de infortunio en el colegio de huérfanos de ferroviarios de León, un tal Telesforo Tajuelo Herrero, natural de Villarrobledo, actualmente residente en territorio francófono canadiense - ¡qué envidia! – me dice que, por un concurso de circunstancias, lleva unos seis meses leyendo libros (novelas sobre todo) sobre la India. La acción ocurre generalmente en Bombay o en New Delhi. No me angustia demasiado -dice el bueno de Telesforo- leer sobre la extrema miseria de esta gente, sino que lo más impresionante para él es leer sobre gente que llega al país más pobre del mundo (o casi), pasan un par de años metiéndose heroína hasta por el culo, se enamoran del país, de la ciudad y de sus habitantes y se quedan a vivir allí. Algunos incluso prosperan, y TODOS, digo bien, TODOS, acaban apasionándose por la filosofía (yo no tengo más remedio que pensar que en realidad no les queda otra…)

 

La Ley de Murphy establecía que todo lo que es susceptible de empeorar, empeorará. Y no hay tu tía. No tiene excepciones. Peor aún: si combinamos la Ley de Murphy con el principio de Peter, según el cual las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, a tal punto que llegan a un puesto de trabajo en el que no pueden formular ni siquiera los objetivos de un trabajo, y alcanzan su máximo nivel de incompetencia. Es decir que todos somos potencialmente incompetentes, y con el tiempo, todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones, siendo realizado el trabajo por aquellos empleados que no han alcanzado todavía su nivel de incompetencia (que todo se andará). En esas estamos actualmente en España: entre la Ley de Murphy y el principio de Peter. Todos sabemos lo mal que van las cosas, y lo peor que van a ir, y quiénes son los que han alcanzado hace tiempo su nivel de manifiesta incompetencia.

 

Otro referente importante, definidor del tiempo en el que a duras penas sobrevivimos, es el derivado del principio de indeterminación o de incertidumbre, que le valió a Heisenberg el premio Nóbel de Física en 1932. El principio de incertidumbre define el grado de desconocimiento acerca de una condición futura, es decir sobre la ocurrencia de un evento en el que no se conoce la probabilidad de que ocurra o se produzca determinada situación, que eso es lo que nos está pasando en España actualmente en relación con el desenvolvimiento de la pandemia y su futura evolución. No sabemos cuándo va a acabar esta pandemia, cuál va a ser la duración y la intensidad de la crisis que viene ni qué efectos puede tener sobre nuestras vidas.La incidencia y concurrencia conjunta en el caso español de la Ley de Murphy, el principio de Peter y el principio de incertidumbre de Heisenberg, configuran un escenario de aterradora “tormenta perfecta”, que ya ha empezado a descargar sobre nosotros.

 

Para terminar, el colmo. Saben ustedes que dejé de fumar en 2009, con todo el dolor de mi corazón por la traición que le infligía a mi gran amigo del alma, el tabaco, al que llegué a definir - escrito está- como alimento esencial para soportar la vida. No me costó demasiado. Ahorré dinero que invertí en pagar la playa familiar de aquel verano y quedó además para unas cuantas cervezas. Y me consta, o al menos tengo esa fuerte intuición, que a estas alturas yo ya no estaría entre los vivos (que a lo peor tampoco lo estoy y no paso de ser sino un tambaleante zombi que sale a pasear cada mañana, y poco más) si hubiera mantenido mi compulsivo, delirante y enloquecido nivel de quemador de pitillos (hasta 90 diarios llegaba a fumarme). Pero se me ocurre sugerir, ya puestos, que ¿por qué no prohíben respirar? Quita el hipo. Y (mensaje a los ridículos y comodones progres de ahora: ¿dónde quedó aquello de PROHIBIDO PROHIBIR?…¿No se acuerdan? Ya no lo digo por mí, que me fumé todo lo fumable y más. Hace unos años oí hablar de la dictadura sanitaria. En ella estamos, mientras a la vuelta de la esquina, un nuevo curso escolar, sobre el que se cierne más que nunca el principio de incertidumbre (que la mayor parte de los docentes despeja con la certidumbre de que va a a haber contagios seguro), cuando acabar con el problema o minimizarlo hasta niveles asumibles suponía sólo algo tan sencillo como habilitar más espacios y tener más profesores. Tiempo han tenido. Lo que hacía falta era dinero, pero al final parece que hay dinero para todo menos para educación. La Ley de Murphy y los diferentes escalones de incompetencia definidos por el principio de Peter configuran un horizonte inmediato de incertidumbre y caos, una tormenta perfecta que puede hacer inviable la supervivencia de España como nación.

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