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Domingo, 20 de Setiembre del 2020
Viernes, 04 Septiembre 2020

El Viaje a Ninguna Parte. Llegar a viejo (I)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

La vieja alcahueta Celestina, sabia y putañera, le dice a Melibea, en la obra a la que su inmortal personaje acabó dando cuerpo, título, trascendencia y sentido: “que, a la mi fe, la vejez no es sino mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de rencillas, congoja continua, llaga incurable, mancilla de lo pasado, pena de lo presente, cuidado triste de lo por venir, vecina de la muerte, choza sin rama que se llueve por cada parte, cayado de mimbre que con poca carga se doblega.

Y Melibea: ¿Por qué dices, madre, tanto mal de lo que todo el mundo con tanta eficacia gozar y ver desea? Celestina le responde: desean harto mal para sí, desean harto trabajo…¿quién te podría contar, señora, sus daños, sus inconvenientes, sus fatigas, sus cuidados, sus enfermedades, su frío, su calor, su descontentamiento, su rencilla, su pesadumbre, aquel arrugar de cara, aquel mudar de cabellos su primera y fresca color, aquel poco oír, aquel debilitado ver, puestos los ojos a la sombra, aquel hundimiento de boca, aquel caer de dientes, aquel carecer de fuerza, aquel flaco andar, aquel espacioso comer? Pues ¡ay, ay, señora!, si lo dicho viene acompañado de pobreza, allí verás callar todos los otros trabajos, cuando sobra la gana y falta la provisión, que jamás sentí peor ahíto que de hambre”.

 

Hoy hablamos, Cipión, sobre esa etapa de la vida hacia la que todos caminamos desde que nacemos…

 

La vejez, tan denostada hoy día en la sociedad (parece que a los responsables de las cuentas públicas no les hace ninguna gracia que una cada vez más numerosa población jubilada tire de los recursos del Estado sin dar un palo al agua…aunque hay que decir a este respecto que la pillería, y la racanería, de nuestros burócratas estatales, han hecho que los ancianos sigan contribuyendo con un respetable 20% de su pensión al sostenimiento de las arcas públicas), la vejez, como decía, ha tenido en otros momentos de la Historia su cuota de esplendor. Curiosamente, el período de gloria para los ancianos floreció durante las culturas primitivas, mientras que el Renacimiento, el Humanismo, la Ilustración y el Siglo de la Razón, en cambio, cavaron su sepultura.

 

A lo largo de la Historia, la religión hebrea y más tarde la cristiana, han puesto en numerosas ocasiones en valor el tesoro de ser viejo. En las sociedades antiguas llegar a edades avanzadas era un privilegio, una hazaña que no se entendía que pudiera lograrse sin la ayuda de los dioses; la longevidad se veía como una recompensa divina dispensada a los justos. (…)

 

La vejez representaba la sabiduría, el archivo histórico de la comunidad. Sin embargo, en esta Edad Antigua no todo era miel sobre hojuelas. Para los antiguos griegos adoradores de la belleza, la vejez, con su deterioro inevitable, no podía sino significar una ofensa al espíritu (…) George Minois, historiador francés de nuestros días, resume este sentir así: "Vejez maldita y patética de las tragedias, vejez ridícula y repulsiva de las comedias; vejez contradictoria y ambigua de los filósofos". No obstante, aunque Grecia no contara con ellos para las decisiones importantes, creaba instituciones de caridad para el cuidado de los ancianos necesitados. La antítesis a esta visión de la vejez la ofrecía Esparta. El severo régimen espartano estaba conducido por la Gerusía, un tipo de senado formado por veintiocho miembros de más de sesenta años a los que se tenía por los más sabios, los que atesoraban más experiencia en la vida, por lo que eran ellos los que decidían sobre la aprobación o no de las leyes.

 

El periodo de la desaparición lenta del Imperio Romano fue bautizado como la "Edad Oscura" o "Alta Edad Media", la que va del siglo V al X, una época caracterizada por la brutalidad y el predominio de la fuerza. El destino de los débiles y los viejos en esta época de la ley del más fuerte era la muerte. La Iglesia, en cambio, acogería a numerosos viejos en hospitales y monasterios (serían los precursores de los asilos y de nuestras modernas residencias para ancianos), aunque muchos de ellos morían en las calles en la más absoluta miseria.

 

Las pulgas portadoras de la bacteria Yersinia pestis, causantes de la pandemia que se desató en 1348 y que provocó la muerte de un tercio de la población europea, fueron curiosamente benevolentes con los viejos. La peste negra mató preferentemente a niños y jóvenes (sus razones tendría la Madre Naturaleza, sabia -y cruel- donde las haya, para este enigmático proceder). Más tarde, en el siglo XV, sucedió algo parecido con la viruela (al igual que durante la gripe española de 1917), lo que se tradujo en un fuerte incremento de los ancianos entre 1350 y 1450, circunstancia que llevó a que la maltrecha estructura familiar dependiera ahora de los viejos supervivientes, convertidos en patriarcas (algo similar ocurrió, querido Berganza, en nuestra reciente crisis financiera de 2008, siendo los abuelos la tabla de salvación de muchas familias).

 

La semana que viene -a la que esperamos llegar una semana más viejos, pero vivos, porque nuestra perruna condición nos pone en gran medida a salvo del virus (alguna ventaja había de tener esta vida de perros que soportamos)- concluiremos tu reflexión, Cipión amigo. Ya vamos teniendo edad, la crisis se alarga en el tiempo, apurando hasta el extremo el negocio de unos pocos, y bien sabido es que “el joven se puede morir, pero el viejo no puede vivir”, así que resignación. Parece que no queda otra… Confiemos en llegar para poder contarlo, pero creo que queda poco tiempo y que nuestro mundo se está haciendo el harakiri. No obstante, ante el desastre inevitable, a modo de autojustificación, puede recurrirse al pensamiento que el conocido actor Robin Williams dejara escrito en el libro de cabecera de sus últimos días, antes de suicidarse, pues que a un suicidio-genocidio, inducido, estamos asistiendo: “Sólo quiero ayudar a la gente a que tenga menos miedo”… La semana que viene -una semana más viejos- seguimos hablando de la vejez, Cipión.

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