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Viernes, 05 de Junio del 2020
Viernes, 13 Diciembre 2019

El Viaje a Ninguna Parte. SORPRESA

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CLR/Bartolomé Marcos.

Cuando ya parecía que el fotógrafo incansable, explorador, senderista y andariego, Fernando Galindo, podía haber agotado su imaginario repertorio (siempre vinculado con la realidad circundante, por otra parte), aparece aquí y ahora el fotógrafo inagotable, de resortes y recursos insospechados que te hacen exclamar como si fuera verdad inconcusa y apabullante: ¡joder con el tío este! Porque siempre nos sorprende precisamente cuando creíamos agotada nuestra capacidad de asombro.

Cuando llegamos a ese punto, allá que está él. Su cabeza no descansa, es un bullir permanente que lo empuja a nuevas empresas, a calenturientas iniciativas, que no responden en muchos casos a sesudos proyectos repensados, sino a pequeñas y geniales ocurrencias.

 

Y es que la impresión ante el trabajo que se recoge en esta publicación atípica, especie de variopinto catálogo de faces humanas, es la que indica el título: sorpresa…y desmesura, o sorpresa por la desmesura misma, plásticamente bien encauzada y contenida, eso sí. Y no tanto por la temática, porque Fernando Galindo ya había incursionado por los ámbitos del retrato de las personas en publicaciones como la muy lograda de sus 50 ciezanos, hace ya una década, en 2009, sino por el planteamiento artístico y la plasmación tipográfica. En aquella publicación cada persona o cada personaje retratado estaba absolutamente individualizado y aparecía retratado en un contexto que explicitaba en buena medida el papel o la función social que significaba a la persona retratada, que le era atribuible. En línea con eso el tamaño de la fotografía era más grande y venía acompañada de un texto referido a cada una. Aquí, no, aquí el contexto ha desaparecido y la imagen se ha hecho más pequeña, recayendo el protagonismo en la imagen colectiva, en el conjunto, que por eso mismo está igualado por un contexto visual homogéneo y único: el sobrio fondo negro escogido para contornear y realzar el motivo central, el factor humano, de cada una de las fotografías, casi 800 (la del número es otra de las razones para la sorpresa, aunque, conociendo al autor, esa del número es sorpresa relativa porque sabemos de la desmesura de su pasión por fotografiarlo todo) en las que el espectador tendrá que afanarse para descubrir identidades, la mayor parte ciezanas, pero no sólo. Claro que el fondo negro escogido al tiempo que iguala democráticamente al conjunto de retratados, individualiza, focaliza y dirige la mirada hacia la propia persona en sí misma, sin más ornamentos o aditamentos distractivos.

 

Estos casi 800 retratos (que se dice pronto), de un fotógrafo que está siempre a pie de obra, en la calle como marco espacial más general, o en eventos sociales de todo tipo, establecen un contacto comunicativo con quien los miraba cuando los captó, y ese contacto comunicativo se traslada a quien remira la foto captada por el fotógrafo, que -repito- ha escogido el fondo negro para que nada distrajera al espectador de lo que más le importaba subrayar al fotógrafo, el cruce de miradas con el retratado, el cara a cara. Además, el autor ha prescindido de modernas tecnologías y otras parafernalias al uso, y la inmensa mayoría de las fotos las ha captado con su teléfono móvil, un buen aparato en honor a la verdad, en un aquí te pillo y aquí te atrapo para siempre.

 

Sabíamos que Fernando Galindo Tormo era sujeto, agente y a la vez paciente, en sí mismo y en su entorno, de tormentosa y atormentada pasión interminable: la de la imagen, el color, las líneas, los volúmenes, la afinidad y el contraste, la media dorada, la perspectiva, la profundidad de campo, o la regla de los tercios y el triángulo de Euclides, en bizarro e inabarcable totum revolutum. Legión de personas sin jerarquías, en abigarrado popurrí, en el que yo mismo me incluyo, porque, conociendo a Fernando, era casi imposible no estar ahí, no salir, y no he podido, ni sabido, ni querido, escaparme. Sea lo que Dios quiera, porque este hombre, perseverante y terne, indudablemente, arrebata y arrastra.

 

Esta es una muestra más, que no será la última porque la cabeza, la mirada y las piernas siguen maquinando locuras, de la vocación plástica insobornable de un enajenado del color y de la forma y un obseso del encuadre, que nos acercó su fascinación por el espectáculo multicolor de los campos ciezanos en floración, después la dinámica de la composición, el embriagador y absorbente cromatismo junto al capricho de las formas en sus Reflejos del Mediterráneo; el color, los amarillos, marrones y ocres del otoño en Cuenca, el verde intenso y el inmaculado blanco del Pirineo, la belleza explosiva, vital y caleidoscópica del Carnaval de Venecia o la interiorización subliminal y casi inconsciente, pero honda e íntimamente sentida, de sus retratos. Todos estamos allí, pero en realidad no necesita a nadie: el artista sigue levantando, él solo, foto a foto, su propio monumento.

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