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Miércoles, 15 de Julio del 2020
Sábado, 07 Marzo 2020

El Viaje a Ninguna Parte. Sursum Corda

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

La del “sursum Corda” es una expresión latina que se decía al principio de la misa, cuando la misa se oficiaba en latín, esto es, hasta aproximadamente principios del año 1965, año en el que el papa Pablo VI adaptó la liturgia católica a las directrices del Concilio Vaticano II.

La expresión- que la inmensa mayoría de los fieles no entendía, como las del resto de la misa, que solían dar lugar después a desternillantes, casi siempre inocentes pero heréticas transcripciones fonéticas-, era una frase imperativo-exhortativa traducida después en español como “levantemos el corazón”, a lo que los fieles asistentes debían responder “lo tenemos levantado hacia el señor” (en latín “habemus ad dominum”). El desconocimiento del significado por parte de los fieles, el tono mandón con el que se decía, y la solemnidad del contexto, contribuyeron a que la referida expresión adquiriera la significación connotativa popular de “supuesto personaje anónimo de mucha importancia”, en quien se delega todo lo que uno no quiere hacer en frases como “¡que lo haga el sursum corda!, o, “no lo haré aunque lo mande el sursum corda”, que, por cierto, no mandaba nada de nada.

 

La cuestión es que mi época del sursum corda fue del año 1959 al 1966, casi 8 años de encierro sursumcordiano en los internados para huérfanos de ferroviarios de Ávila y de León, con un bonus track de regalo de auténtico lujo sadomasoquista en el internado salesiano de “María Auxiliadora” de Salamanca, concebido para los hijitos de la pudiente aristocracia ganadera charra del toro de la dehesa y del jamón de Guijuelo, donde a los catorce-quince años acabé de engancharme a la nicotina como droguita fetén, que esa era -fetén- la marca de cigarrillos que por entonces fumaba y de la que, por cierto, me regaló el primer paquete mi primo Juanito, de Madrid. Le metí fuego en mis salidas dominicales por los apacibles parques salmantinos en una España que recién celebraba los primeros 25 años franquistas de paz. Desde entonces, la vida -nacimiento, escuela, trabajo, muerte, como en la canción de los 80 del grupo “The Godfathers”- ha volado. Usted y yo, todos, en tanto que humanos, somos compañeros de viaje: compartimos origen y tendremos un mismo destino final, independientemente de que usted- si es creyente- lo espere, bien arropado de creencias, con cierto nivel de confianza, mientras que yo, descreído y escéptico, no espere nada, sin que sea necesario entrar en disquisiciones más o menos bizantinas y abstrusas sobre la naturaleza de esa nada. Nada, caput y a otra cosa, mariposa. Colegas en la road movie de la vida, montados en la “bolica” vertiginosa y loca de la Tierra, sin posibilidad de apearnos (¡qué mal suena y qué mal huele esta palabra, joder!). El que desgraciadamente sí se apeó esta semana fue el Diablo Cojuelo ciezano, el diablillo malicioso, punzante y con mucha mala baba, Antonio F. Marín, del que ya no tendremos más columnas ni libros y que el sursum corda sabrá por dónde anda en estos momentos…Descanse en paz. Pues si usted y yo compartimos naturaleza y condición humana en este viaje de las horas, de los días, de los meses y de los años, de la vida en suma (que sólo es tiempo menguante), hubo otrora un grupo humano, perdido en un remotísimo pasado, entre 1959 y 1966, sufrientes compañeros de sursum corda, con el que inexplicablemente (y es curioso e intrigante para mí mismo), me resisto a retomar la relación, y espero que mi amigo Francisco Vázquez Villa, psicólogo de profesión, socrático y vocacional, me pueda explicar, siquiera sea en el marco cálido, reconfortante y grato de unos vinillos o unas cañas, las razones escondidas, quizá los traumas inconfesables, de esa extraña renuencia mía a recuperar la relación con mis antiguos compañeros de infortunio (fue la muerte de nuestro respectivo padre la que nos hizo compañeros en los colegios de Huérfanos de Ferroviarios de Ávila y León). Porque mira que ellos lo han intentado, y desde 2002, es decir, desde hace dieciocho años, organizan encuentros anuales para recordar los viejos y penosos años del colegio. Hasta cuatro ya no están en el mundo de los vivos y dejaron de viajar a ninguna parte, aparte de dejar de reencontrarse periódicamente. Uno de ellos, el aguileño Jaime Ruiz Ataz, que se hizo ingeniero y llegó a ser en su día un buen amigo, uno de los pocos que tuve, y de los mejores, desde luego. Valentín Gallardo, de Mérida, ha sido el último en dejarnos hace escasas semanas. Lo recuerdo aún, regordetillo, noble, buena gente. Otro fue Metodio. Y muerto también reciente, el madrileño Lapetra, excelente deportista. Todos ellos carne de cañón en manos de monjas y de curas llenos de traumas, y nacidos y crecidos bajo el signo de un tren de chimenea y caldera humeantes que, periódicamente, conmigo dentro, recorría España, de abajo arriba, de arriba abajo. Y mira que sé que recuerdos de mi vida pueblan las suyas, sé también que lo que ellos recuerdan y lo que buscan recordar es parte común, con algunas diferencias, de nuestra verdad y nuestra vida, sumergida allá, en la neblinosa nube ajironada y rota de los tiempos perdidos. No añoro aquel tiempo, no deseo rescatarlo, no quiero ir en su búsqueda. Antonio Linares, Antonio Fuentes Florido, Francisco Recio, Telesforo Tajuelo Herrero…Noya…Ya ajusté cuentas conmigo mismo y voy camino de ajustarlas con la vida. Con el único con el que no acabaré de ajustarlas nunca es con el banco y sus jodidas hipotecas. El tiempo perdido, que lo recupere el sursum corda…Termino, eso sí, con unos versos señeros de lo que fue aquel tiempo de cautiverio: el himno del colegio: Ferroviario, ferroviario,/ que el camino de tu vida/ recorres en tren,/ como eterno viajero marchando,/ trayendo y llevando sin cesar/ el progreso y el bien./ Vive alegre y trabaja con brío,/ sin pensar en el drama sombrío/ del hogar, cuando falte el sostén/ de tus brazos paternos confía,/ que otro hogar cuando mueras un día / a tus hijos ofrece el Colegio,/ con paterna tutela y cariño/ con amor, enseñanzas y pan./

Colegio, santo Colegio/ de huérfanos ferroviarios; /tus muros hospitalarios,/son él mas preciado y regio/ magisterio de honradez./ Guíenos siempre tu ejemplo,/ ya que eres hogar y templo/ya que eres hogar y templo/ taller y escuela a la vez./ Donde se forman con celo/ jóvenes de recia entraña/ cuerpos fuertes para España/ y almas grandes para el cielo. Autor: Octaciano de la Vega (Poco que ver con Garcilaso de lo mismo, ¿verdad?)

 

Mientras lo releía para corregirlo he vuelto a cantarlo…y si ustedes me lo piden, estaría dispuesto a entonárselo. Un poco fúnebre, como este mismo artículo, algo turiferario y con olor a naftalina, incienso y monumento. Pero les puedo asegurar que el colegio, para lo bueno y para lo malo, imprimía carácter.

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