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Lunes, 23 de Octubre del 2017
Domingo, 28 Mayo 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte

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CLR/Bartolomé Marcos.

Ganó el candidato caracartón y vacío; o de cómo los tontos son legión innúmera en este desgraciado país, y basta…

Andaba yo contento a las 10 de la noche del domingo, 21 de Mayo, porque el Real Madrid ya era campeón de Liga, en otra espléndida exhibición de juego del equipo de Zidane, cuando los medios daban la noticia de que Pedro I el Contumaz, el del NO es NO, estaba de vuelta y además en honor y loor de ingenuas, bobaliconas y progres multitudes. Bien sabido es que en la multitud prima el número, pero no suele brillar la inteligencia. La masa se mueve en función de estímulos irracionales y borreguiles. Me lo temía, por aquello de la Ley de Murphy, que dice que si es posible que algo empeore, ten por seguro que empeorará. La política española es un ejemplo excelente de ello. Las mayorías absolutas volverán el día en que un avispado líder sea capaz de aglutinar a todos los tontos de este país: los tontos del P.P., los tontos del PSOE, los tontos de Unidos-Podemos, los tontos de Ciudadanos, los tontos del culo, los tontos útiles, los tontos integrales y de solemnidad (cuanta más solemnidad más tontos). Y, por supuesto, los tontos independentistas, los independentistas tontos y hasta los tontos como yo (aunque a mí es más fácil desintegrarme que integrarme…casi me basto yo solo). Por cierto que Pedro Sánchez tiene muchas papeletas para –sin dejar de ser tonto- convertirse en ese líder.

 

Casi todo me da igual ya. Ahora sólo quiero que el Madrid le gane a la Juventus en la final de la Champions de Cardiff y que los dolores de espalda y brazo que aún me aquejan, no me impidan conciliar el sueño por las noches. Lo demás, ya les digo: casi que me da todo igual. Renuncio. Tiro la toballa y me zampo la almóndiga de un rápido bocado, cual si fuera el zapo ingrato de cada ingrata mañana. Tan feas se están poniendo las cosas en España…

 

Así que en esta primavera ciezana avanzada de tardes inusualmente frescas (cosa que se agradece), me he seguido dedicando, qué le vamos a hacer, al “turismo sanitario” aldeano, es decir, escapadas a la clínica San Bartolomé de la calle Mesones para que Gloria, Paco, Ginés o Ricardo, me hicieran las preceptivas curas en el costurón de casi quince centímetros que luzco ahora y para siempre en cara fronto-lateral de mi brazo derecho, desde poco más arriba del pliegue codal hasta el arranque del hombro. Vistoso y casi espectacular, aunque horrible. Cicatriz de guerra para mostrar a los nietos. El otro día me lo inmortalizó en una foto de las suyas Fernando Galindo, a quien me encontré por el Ribereño, esa última gran obra del pueblo para el pueblo y con el pueblo paseador que lo usa y lo disfruta.

 

Suelo hacer las salidas hacia las seis de la tarde, y eso ha implicado un cambio sustancial en mis costumbres que me ha llevado a encontrarme con otra ciudad, con otra luz, con otra Cieza perdida en la noche de los tiempos de mi infancia, cuando nos llamaba a salir el frescor y el olor a tierra mojada de la calle que regaban las mujeres con calderos, rociando el agua con las manos, y el grito ininteligible pero inconfundible de Yuste el chambilero del sempiterno clavel rojo en la cabeza, que pasaba vendiendo chambis y otras refrescantes delicatesen sin control de sanidad que nunca mataron a nadie porque el nivel autoinmune de la población estaba, de manera natural, por las nubes y la calle vacunaba contra todo. A partir de esa hora un sol intenso pero nada desagradable, baña de oro (¡qué más quisiéramos!) la ciudad. Después de la cura, aprovechamos mi mujer y yo para completar la salida dirigiendo nuestros pasos al Muro por la calle Angostos, la calle del Cid, Casa de la Encomienda y finalmente Mirador-Balcón del Muro, desde donde el romántico y apacible espacio urbano, se torna explosión de verde huerta y milagro renovado de río abajo y sol arriba en el azul eterno de la Cieza inmortal (con permiso del terremoto atalayero que finalmente la sepultará), que yo no recordaba porque no la frecuentaba. Me había olvidado de que la ciudad podía lucir así de hermosa. La vuelta la hacemos por la calle San Sebastián, saludando por el camino a tres o cuatro conocidos con los que llegamos a pararnos porque el cabestrillo donde descansa mi brazo derecho resulta demasiado aparatoso y reclama explicación, parada y fonda. Así vemos a Aurora Montoya, compañera en la Sierpe y el Laúd, siempre tan mujer, tan gentil y agradable, al profesor y pintor Rafael Torres Buitrago y su esposa, o al hombre-institución Antoñico Marín Oliver con sus historias, para recalar finalmente en la zona noble de la calle, la zona de los museos, con el Siyasa y Casa Efe Serrano, nuestros particulares El Prado y Reina Sofía, coincidiendo además con que ese día han sacado el arte a la calle, y la calle, agradecida, luce de gala y fiesta, con la gente como adorno principal.

 

Total, otro feliz descubrimiento sin necesidad de darle más vueltas a la manivela diabólica y aburrida de la política – usted disculpe, señor Sánchez, pero yo así lo veo- y a la espera de que nuestro imperial Real Madrid nos dé en breve una segunda alegría. Zizou, te quiero.

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