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Sabado, 21 de Abril del 2018
Sábado, 10 Febrero 2018

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Arreglar el mundo (I)

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Luís García Caballero acompañado de su esposa Luís García Caballero acompañado de su esposa

CLR/Bartolomé Marcos.

“Yo, el Maestro Ciruela, que me digo seguidor de Jesús de Nazaret, digo que en los Evangelios de la iglesia católica encuentro la solución a los problemas que a los seres humanos se nos presentan”...esta es la buena nueva que –como si volviera otra vez, tan pronto, la Navidad- nos vuelve a traer Luis García Caballero, el Maestro Ciruela (la primera vez ya nos la trajo el MAESTRO, con mayúscula y sin apellidos, hace más de 2.000 años).

La Navidad no hace tanto que ha pasado, y este es un ciezano, personaje también para la Navidad, que es tiempo de mensajes y él nos trae más de uno en su libro, que acaba de publicar bajo el modesto título de “Escrito del Maestro Ciruela”, al que yo me imagino perfectamente como un veterano San José bendito, de beatífica sonrisa y gran humanidad, junto a su querida esposa, allá en el “portalico” de Belén. Un San José que ha abandonado su tradicional actitud estática y que ha pasado a la acción.

 

Sí, el Maestro Ciruela, que fue siempre en realidad Maestro de (buenas) obras, albañil de profesión, quiere arreglar el mundo, que es expresión que pretendo convertir en leitmotiv y quintaesencia a la hora de referirme a su sorprendente y bienintencionado librito, uno más de otro ciezano en esta inesperada edad de oro de las letras autóctonas que vive nuestra ciudad, edad de oro (o dorada cuando menos), en la que nos hallamos inmersos, y que sin duda constituye un factor más de anclaje para la esperanza en nuestro futuro como pueblo, porque, con buen criterio, nuestro “Maestro Ciruela” quiere empezar la transformación del mundo por Cieza, su pueblo y el nuestro, para el que esboza algunos ilusionantes y atractivos proyectos que los gobernantes de la aldea harían bien en no menospreciar a la ligera. De la relectura de este libro se obtiene su hondura. Lean y relean.

 

Luis García Caballero ofrece al exterior una estampa de gran apacibilidad…parece, la verdad, un hombre tranquilo, sencillo y bueno, y ahora es, también, un hombre comprometido. Además tiene edad suficiente -76 años- como para contar, sin servidumbres, complejos ni remilgos, la verdad, la suya, evidentemente, porque los seres humanos, ateniente a la verdad, no tenemos sino la de cada uno y porque escribir un libro es dar un paso al frente, es decir, plantear lo que uno siente y piensa y siempre te lo pueden echar en cara, porque donde dije (de boquilla) digo, ahora digo Diego, pero tú no, Maestro Ciruela, tú lo has dejado escrito, y lo escrito, escrito está y escrito queda. Para los restos… Cristo, como Sócrates, no dejó nada escrito. Otros le escribieron lo que supuestamente dijo, pero lo simplemente dicho o hablado está en el origen de la Babel humana y la diáspora de razas e individuos. Y tú lo has puesto, sí, en roman paladino, en estilo directo, conversacional y sencillo, desde el respeto, pero negro sobre blanco (hay que socializar y redistribuir la riqueza, los políticos tienen que demostrar su valía y capacidad para los cargos que ostentan…), con la fijeza y vocación de permanencia que tiene la escritura.

 

El maestro Ciruela quiere arreglar el mundo… hay que decirle que tiene mucho trabajo por delante…y quiere hacerlo siguiendo las pautas y estela de Jesús de Nazaret, que- incluso desde su fracaso esencial como transmisor enamorado de un mensaje desde hace más de dos mil años incumplido- no es mal modelo. Y lo quiere hacer como un nuevo apóstol. Luis García Caballero explica su proyecto de cambio desde un librico, un pequeño opúsculo que ha surgido de su magín, con el que renueva la buena nueva con no poco de sensatez y de sentido común, propio de quien ha vivido ya mucho y de quien lo ha hecho sin demasiadas filosofías, en contacto y comunicación viva y directa con los sencillos, con los pobres de espíritu. Un librico en el que explica su proyecto, porque, según el Maestro Ciruela, es importante contar con un plan, con un proyecto para llevar a cabo la empresa…también ha hablado con hombres de empresa…pero sin comprometer billetes…y sin comprometer billetes todo el mundo dice que sí a todo el mundo, incluso al Maestro Ciruela, que es un señor mayor serio y formal, en cuya cara se adivina la bondad, pero que, cuando haya que arrascarse el bolsillo, quizá será otra historia y los que te dicen que sí con la cabeza, Maestro Ciruela, quizá dirán que no con la cartera.

 

La base de la revolución cirueliana, que por momentos se parece a las propuestas de los antiguos arbitristas, es algo tan elemental y sin embargo utópico como que todos los seres humanos, por el hecho de serlo, tengan garantizado un trabajo que les permita ganar el mínimo vital para su subsistencia, que Luis García Caballero llega a cuantificar en su libro en 1.358 euros al mes (bastante lejos, muy por encima, de la cuantía actual del salario mínimo en España). ¡Toma ya, Mariano Rajoy! Lo que plantea el Maestro Ciruela no es sino un sistema justo de redistribución de la riqueza (la madre del cordero…) a partir del desposeimiento de lo que cada uno ha acumulado para que todos y cada uno tengan no ya el salario mínimo, sino el mínimo vital garantizado. Da en el clavo el Maestro Ciruela pues el gran mal de nuestra sociedad y nuestro tiempo es el de la desigual distribución de la riqueza.

 

Claro que –dice el bueno de Don Luis- “en este mundo la estancia es muy corta, y lo que se tiene, por medio del trabajo, es para disfrutarlo en este mundo”. Luis, en esto comulgo plenamente contigo. Dejó dicho Charles Chaplin, el genial Charlot, que : «La vida es una obra de teatro que no permite ensayos; por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida... antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos».

 

Arreglar el mundo. Ya que hubiera muchos maestros Ciruela que se empeñaran en hacerlo pues esa es empresa tamaña para la que toda concurrencia es poca.

 

Pues lo observo y me río. En eso consiste el trabajo de escritor. No me considero ni un rebelde ni un resistente. Escribir es lo máximo que puedo hacer. Yo creo en la definición de la literatura que dio Stendhal. Para mí, la literatura tiene que seguir siendo un espejo. La novela es un espejo que refleja el mundo. Me gusta esa imagen. Primero, porque me permite observarme a mí mismo, lo que me da una excusa perfecta para seguir comportándome como un narcisista. Y segundo, porque me permite tender ese espejo a mis contemporáneos para mostrarles lo que sucede a su alrededor.

 

Lo curioso es que, cuando se observa la sociología de los votantes de Mélenchon, no hay demasiados obreros ni representantes de las clases humildes. Se trata más bien de clases medias que participan plenamente en el consumismo del que habla. Tal vez votan por él para sentirse menos culpables…

 

Yo respondo perfectamente a esa definición… [risas]. De hecho, es un reproche que me han lanzado muchas veces: aprovecharme del mismo sistema que denuncio. Nunca se me ha dado demasiada importancia, porque se me considera un cómplice de ese sistema. En el fondo, yo creo que es un reproche que se podría hacer a toda persona que viva en un país occidental. Estamos todos embarcados en el sistema. Algunos se sienten más culpables y otros, menos. Dentro del primer grupo, hay quien recicla frenéticamente, hay quien colabora con organizaciones humanitarias, hay quien vota a Podemos…

 

Hoy presenciamos de nuevo cómo ciertos países se vuelven nacionalistas y proteccionistas, asistimos a una crisis sin fin que provoca un paro estratosférico, somos testigos de todas esas historias de racismo y de religión… Donald Trump y el brexitnos recuerdan que la historia siempre se repite. Y cuando uno sabe lo que viene después, no le apetece demasiado que se repita.

 

Tampoco creo que sea obligatorio para todo el mundo, pero en mi caso sí fue muy importante. Fue eso que decía Kafka: un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que existe dentro de cada uno de nosotros. Odio ese término que tanto usan los escritores, la «necesidad» de contar una historia, pero en el fondo resulta acertado. En un momento dado, me dije que debía dejar de intentar gustar a una serie de lectores imaginarios y escribir el libro que necesitaba escribir. Me dije: «Deja de esquivar el libro que te constituye». Entendí que terminaría saliendo, un día u otro…

 

Frederic Beigbeder.

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