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Domingo, 19 de Mayo del 2019
Sábado, 29 Diciembre 2018

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Cuento de Navidad

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

El de Navidad es un cuento precioso y emocionante del novelista Charles Dickens, que casi todo el mundo conoce y sobre el que de vez en cuando aún se hacen nuevas versiones cinematográficas bastante exitosas que obtienen el favor del público.

Y es que todo lo que suena, sabe o huele a Navidad sigue teniendo un atractivo muy especial, un gancho que no tiene ni tendrá nunca, por mucho que se empeñen, el Solsticio de Invierno, cuando se sustituye el clásico Feliz Navidad, tan habitual por estas fechas en prácticamente todo el mundo, por el posmoderno, petulante y pedantesco Feliz Solsticio de Invierno, ¡qué ridiculez!, ¿verdad?

 

Y es que a mí (que de natural tiendo a llevar la contraria y pedirle peras al olmo, y a quien su madre-es decir, la mía- le auguró considerables problemas en la vida por eso mismo, porque me estaba convirtiendo en el signo de la contradicción –decía ella- con una afición por las adversativas que habría de traerme muchas adversidades), a mí- decía- la Navidad me gusta más desde que se meten con ella y la ponen a caldo y a parir los tristísimos progres de turno, sí, esos mismos que hablan del Solsticio de Invierno frente a la Navidad, o Papá Noel frente a los Reyes Magos, el arbolito frente al Belén de siempre, o, por poner algún ejemplo más, la España plurinacional frente al Una, Grande y Libre y su enigmática y misteriosa unidad de destino en lo universal, que casi nadie sabía qué es lo que significaba, pero que inflamaba el espíritu nacional, eso que ahora tienen tan inflamado ya, y tan soliviantado, otros de aquí al lado mismo.

 

Sí, definitivamente, soy el signo de la contradicción (¿les he contado a ustedes que hubo un tiempo, en mi lejana adolescencia, en que llegué a creerme el Anticristo? Pues sí, eso también…) y reitero que la Navidad me gusta más desde que tantos se meten con ella, de manera que he sustituido una expresión muy de mi gusto hace unos años como era la de “el tósigo navideño”, utilizada para referirme a la estomagante, vomitiva y omnipresente Navidad, con lucecitas y adornos multicolores por doquier, que copaba todos los escaparates desde primeros de Noviembre hasta bien pasado el mes de Enero de cada año, a volver a enternecerme con las referencias clásicas al tiempo feliz y hasta “entrañable” (¡vade retro!) de la Navidad de siempre en nuestra tradición mediterránea, hecha de Belén, pastorcillos, Reyes Magos y hasta Anís del Mono o de la Castellana en todas las sobremesas y para todos los públicos de cualesquiera fueran sus edades.

 

El cuento de la Navidad, una Navidad de cuento, o la Navidad que no deja de ser un cuento, una mentira duradera y bien urdida en la que todavía quedan cálidos rescoldos de ese tiempo en el que tu mundo (o el mío) se abrigaba en brazos de tus padres y tus dudas se disipaban en su expresión de amor y de delicadeza, con su frío, sus músicas estridentes, alegres y ruidosas de guitarra, zambomba, pandereta y castañeta, su misa del Gallo, sus cenas y comidas en familia y su mensaje de concordia, paz y esperanza para el mundo, un mensaje todavía irrealizado después de más de dos mil años, y probablemente irrealizable por utópico, pero siempre deseable, reconfortante y hermoso. En las luces de la Navidad titila el eco de nuestro ser más íntimo, de cuando éramos niños, de nuestros más hondos sentimientos, de la infancia que fue y que se nos fue, de nuestra vida entera. Por eso, aunque acabe contándoles hoy no ya un cuento de Navidad, sino que la Navidad sea un cuento, y que es, en sentido estricto, mentira, sería una maravillosa mentira, una mentira mágica, que sólo puede contribuir, como los falaces sermones en los que ni él mismo creía, del atormentado párroco Don Manuel, en la espléndida novelita corta “San Manuel Bueno, Martir”, de Miguel de Unamuno, a la felicidad de la buena gente, demasiado inocente como para castigarla con la crueldad de vivir una vida sin esperanza. Por eso, ¡Viva la Navidad que nos hace buenos y felices siquiera sea por unos pocos días, viva el cuento sublime, emocionante y profundo de la Navidad de siempre!

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