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Jueves, 22 de Agosto del 2019
Sábado, 06 Abril 2019

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. El holandés errante eligió España para quedarse

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Hoy tengo el gusto de cederle la palabra a uno de mis más queridos y fieles lectores, que suele guasapearme sus impresiones sobre lo que escribo cada semana. En esta ocasión esas impresiones van referidas a uno de mis últimos artículos en el que hablaba de que el nuestro, España, es un país estupendo.

Dice así su extenso guasaps: “Tengo un amigo holandés, Albert, al que le fascina España; tanto es así que allí emplea parte de su peculio en una profesora que le da clases de español; y no es que lo precise para labor profesional alguna, es tan sólo por darse el gusto de hablar y entender nuestra lengua y conocer mejor nuestro país. Lo conocí en un camping, cuando mis hijos trajeron a la caravana a dos albinos que habían conocido allí y no sé cómo se las apañaron para jugar entre ellos al bingo. Me dijo que intentaba también aprender nuestra lengua por medio de las canciones, pero que tuvo la desdicha de elegir para este fin a Camarón de la Isla. Mi amigo se quedaba en babia cuando el notable cantaor exclamaba el ¡Ayyyyyyayyyy-yaaaaaaa!, propio del cante jondo. Le regalé la colección completa de las canciones de Serrat, que además de vocalizar perfectamente el español, es el que mejor ha sabido reflejar en sus letras las costumbres y las vidas de los ciudadanos de este país. Un diciembre de hace ya una década invité a mi amigo holandés a pasar unos días en nuestra ciudad. Partió de su pueblo (vive en la zona Norte) con diez grados bajo cero y cuando llegó a casa, dos días después, teníamos a mediodía una temperatura de dieciocho positivos. No se lo podía creer; me dijo que le encantaba nuestra tierra. Luego vino también en verano. El buen clima, la diversidad ecológica de estos lares, la frondosidad de la huerta, los monumentos, su historia, la luminosidad, y la amabilidad de sus gentes, le impresionaron gratamente. Siempre me hacía llamar la atención sobre las “palmas”, como él las llama (palmeras) y las montañas. Le agradan sobremanera las costumbres de nuestras gentes de aquí, como esa tan sureña de estar hasta altas horas de la noche estival tomando el fresco en la calle. Me dijo que en Holanda hubo un tiempo en que también se hacía, pero que desapareció ese hábito hace muchos años. En otra ocasión vino con sus padres y su familia. Paseando por la ruta de las norias que hay en Abarán, que aún funcionan tras más de mil años de desempeñar su laboriosa y constante labor, nos topamos con un huerto sin valla alguna que lo protegiese repleto de mandarinos de sabrosos frutos. Le dije a su padre que cogiera alguna mandarina, a lo que me preguntó, sorprendido: “¿No crrrihminal?” Me eché a reír y le dije que se sirviera de unos cuantos frutos, que seguro que al dueño no le importaría. Le correspondimos después visitando su tierra, y entonces descubrí por qué le fascinaban tanto nuestros lares. Holanda, salvo la zona sur, es una inmensa llanura verde sin un solo árbol en kilómetros a la redonda y ni una sola montaña. Hay un proverbio que afirma que el mundo fue creado por Dios, salvo Holanda, que la hicieron los holandeses. Y eso es debido a que tuvieron que ganarle terreno al mar y desecar amplias zonas para tener un espacio donde vivir. Es curioso, pero el destino de Holanda estuvo unido durante mucho tiempo al de España, cuando éramos un imperio. Y a pesar de que allí les dimos p´al pelo cuando se rebelaron, mi amigo dice que el holandés sueña con jubilarse y venirse a vivir a España (…)Y no digamos de la tragedia de nuestros jóvenes mejor formados, que se los quedan los germanos, los britanos y los franceses sin costarles un euro su formación, y exprimiéndolos como un limón para sus intereses. Este país de cuchufleta está viviendo en estos funestos tiempos sus horas más bajas. Tenemos el ejemplo de aquellos dirigentes que, aduciendo características diferenciales de tipo genético, cultural, geográfico o de prosapia, o sea de las que no tienen ni por el forro, se proponen destruir el país valiéndose de la pasta de Papá Estado y trincando de paso todo lo que pueden y más (…) Imagine a un dirigente que abogue por que los recursos naturales que le regala la naturaleza a su comunidad (pongamos por caso el caprichoso viento o el radiante sol) se lo apropien para ellos solos. Y no sólo eso: como es un don que presenta casi siempre un superávit, antes que buscarle una rentabilidad, que el susodicho decidiera dejarlos desperdiciar aunque se los paguen a precio de oro otros contribuyentes que los necesitan como el comer. Este curioso comportamiento entraría de lleno en el terreno de la sandez humana, haciendo buena la “Ley de oro” de Carlo María Cipolla: “Una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra o a un grupo de personas, sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso cosechando un perjuicio”. Aunque no es preciso que nos vayamos en busca de pensadores extranjeros que expliquen estas conductas: aquí tenemos el cervantino refrán de “arrojar la soga tras el caldero” y el de que “hay quien se quiebra dos ojos porque su enemigo se quiebre uno”. Por supuesto, ni que decir tiene que cuando la naturaleza se vuelve generosa en exceso y la lía parda, entonces surge de improviso la solidaridad estatal y pagamos todos el pato con nuestros impuestos, quedando como unos verdaderos incautos. Nosotros ejercemos también acciones parcialmente estúpidas en nuestra vida diaria. Ya que estamos hablando de políticos y elecciones, piense cómo se calificaría el hecho de votar a una formación política que no nos beneficia en nada, pero que lo hacemos con el fin de dar un voto de castigo al que sí nos convence (…) “Ahora triunfa la pereza sobre la diligencia, la ociosidad sobre el trabajo, el vicio sobre la virtud, la arrogancia sobre la valentía”…Resulta sorprendente que esta frase, que también refleja la sociedad de nuestros días, la dijera ya Cervantes en su tiempo. Mi amigo el holandés me dijo, a propósito de la derogación del Plan Hidrológico Nacional, aprobado anteriormente con la mayoría absoluta del gobierno de esos momentos, que el gobierno era tonto, que no entendía cómo no repartía los recursos entre todos los españoles. Donde él vive existen importantes yacimientos de gas natural; me dijo que no por eso los del norte son más ricos o resultan más beneficiados que los del sur. Mucho ha llovido desde entonces (en los lares de siempre, claro) pero poco han cambiado nuestros valores morales. Aún así, a pesar de los miserables e infames que medran aquí, no cambio este país por ninguno del mundo.

 

Yo tampoco, apreciadísimo lector. Y estoy convencido de que la voluntad, el trabajo y el afán de los españoles de bien, que son mayoría, acabarán dándole a ese gran invento que es España oportunidades de supervivencia y días de gloria frente a la conjura de los necios, los oportunistas y los mediocres.

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