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Miércoles, 21 de Noviembre del 2018
Sábado, 27 Octubre 2018

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. “Españistán”, el tren y la ley de Murphy

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

La verdad es que se ha hecho ya (triste) realidad aquella famosa frase de Alfonso Guerra poco después de que el PSOE ganara por goleada las elecciones generales de Octubre de 1982, bajo el lema además, ilusionante (o sea generado por ilusionistas para consumo de ilusos), de “El Cambio”.

España está ya – de tan hecha unos zorros, sí, Don Alfonso- que no la reconoce ni la madre que la parió, que esa era la frase-profecía de Guerra para encomiar la trascendencia que iba a tener el referido “cambio”. Aquella frase se ha hecho realidad, para peor, claro, cumpliendo la ley de Murphy, según la cual, todo lo que es susceptible de empeorar, empeorará. A España (actual Españistán) le han salido muchos quistes (algunos de ellos, desgraciadamente, malignos, Euskadistán, Cataluñistán…) y no la reconocería ni la madre que la parió, como no me reconoció a mí la madre que me parió –Santa Antonia Carrillo Herrera, madre mía que estás en los cielos ora pro nobis, ahora que está próxima tu celebración junto con toda la cohorte celestial de santos proletarios y humildísimos- cuando, en Junio de 1965 o 1966, me bajé del tren (¡ay!, sí, el tren, eso que ahora se resiste a parar aquí y que tan capital ha sido en mi vida) en la estación del ferrocarril de Cieza para pasar una de mis primeras vacaciones de verano en mi pueblo apenas estrenada la cruel y dura adolescencia. Yo sí que había pegado, no el cambio, sino el cambiazo, de pobrecito niño impúber, huérfano, a pobrecito e inseguro púber, huérfano, asomado a la ventanilla de aquel tren de paradójico nombre, pues le decían el Rápido cuando apenas alcanzaba los cuarenta kilómetros por hora de media, tragándome durante más de dieciséis horas (que eso se tardaba en llegar de León a Cieza) la humareda de su fogosa máquina de vapor –infierno en movimiento- que tiznó de hollín, carbonilla y alquitranes mi cara plagada de “barros” y espinillas hasta dejarla irreconocible para los míos, que me habían despedido en Enero como un niño y me recibían en Junio como un atormentado adolescente, enfermo de la angustiosa enfermedad de escrúpulos y físicamente muy cambiado (para peor…otra vez la ley de Murphy). Venía del colegio de Huérfanos de Ferroviarios de León, ciudad en cuyo instituto de Enseñanza Media, Padre Isla, acababa de terminar, con matrícula de Honor en Latín (entre otras) el Bachillerato Elemental. No me reconocieron ni mi santa madre, ni mi queridísima chacha Ángeles-ángel de bondad que siempre hizo honor a su nombre-, ni la Helena, íntima amiga de mi madre que servía como chacha para todo en la casa de “la Paqueta” (bisabuela de Teodorico el Grande, secretario general actual del P.P.) ni otros miembros de mi familia y amigos que se habían acercado a la estación para recibirme. En fin, se lo perdoné, como les perdoné también –aunque me dolieron- los gestos de asombro cuando por fin acertaron a descubrirme, llegados a casa, debajo de los estropicios causados por la puta invasora recién llegada, la adolescencia, que acabó a traición con mi infancia, aunque esa pérdida había empezado a gestarse mucho antes.

 

En fin, desde entonces ha llovido mucho, incluso en esta tierra irredenta y sedienta en la que los periodos de sequía llegan a ser tan largos que pareciera que no va a llover nunca más. Ha pasado mucho tiempo, sí, pero el tren sigue marcado a fuego en mi ADN, y así lo volví a sentir el pasado miércoles, 17 de Octubre, cuando me encontré literalmente aupado (y no estoy yo para esos trotes, no, no se vayan a creer) a una especie de pedrusco o granítico pilón de 70 centímetros de altura, desde el que tuve que leer un a modo de manifiesto reivindicativo para que el nuevo tren ALVIA, habilitado por RENFE mientras esperamos el AVE-GODOT, se digne parar en nuestra estación de Cieza, a la ida hacia Madrid y a la vuelta hacia Cartagena. Afortunadamente, la Ley de Murphy hizo aquí novillos porque pude caerme y no me caí, y eso que yo, aparte de la Ley de Murphy, soy un cenizo. Más de 300 personas se dieron cita para escuchar el manifiesto y pitar después estrepitosamente (nunca mejor dicho, pues que de pitos y de pitar se trataba) mientras el soberbio convoy –magnífico, solemne, sublime…- pasaba lentamente, dejándose contemplar, saludando a los pobres lugareños allí congregados con sus papelitos de colores, reclamando penalti y quieto parao a todo pitar de sus pitos, sus corazones y sus pulmones. Algunos, con cierto punto de quizá estudiada, quizá sincera, quizá ingenua, exaltación, reclamaban más energía, más intensidad, más decisión, más fuerza en la protesta, mientras amagaban con la acción de tumbarse sobre las vías, ante la mirada de algunos Guardias Civiles, en todo momento muy atentos y serviciales. Otros apuntaban (mi buen amigo el pintor Cristóbal Pérez Berbel, grande, grande Cristóbal) que para tamañita reivindicación no merecía la pena montar aquel tinglado, y se marchó antes de que el tren llegara siquiera a la estación. Pues bien, semejante “embolao” sólo me lo trago yo por el tren, aunque fue el ciudadano ciezano José Luis Vergara el que merecidamente se apuntó el tanto.

 

Y pienso yo en quién tendrá la culpa de que el tren, que para mí significa progreso y calidad de vida, siga siendo sin embargo cenicienta en la Región de Murcia, y acabo respondiéndome a mí mismo que principales culpables sólo pueden ser los políticos de los sucesivos gobiernos regionales que han permitido que las infraestructuras ferroviarias sean todavía en Murcia tercermundistas y que han permitido que los oligopolios del transporte por carretera hayan diseminado la plaga de camiones por las grandes, las medianas y hasta las pequeñas carreteras de la región. Y, con permiso de la Ley de Murphy, termino diciéndoles que es muy probable que el tren ALVIA pare muy pronto en la estación de Cieza, y que las quedadas allí van a continuar ¡Viva el tren!

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