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Domingo, 19 de Noviembre del 2017
Viernes, 05 Mayo 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Faltó el “canto un duro” (I)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

La vida en general sobre la Tierra es azarosa, incierta e insegura, además de preciosa y ( eso sobre todo…) injusta.

In hoc lacrimarum valle, lo único incontrovertible es el acaecimiento seguro de la desgracia. Faltó el canto un duro el sábado, 22 de Abril, sobre las cinco de la tarde, para que mi persona sobrepasara, grácil y airosa, el último peldaño del escalón del parking Gran Vía. Me faltó eso, apenas el canto un duro, pero me faltó y no pudo ser. Y es que si tú no vas a la aventura, la aventura viene a ti…sin épica grandeza, eso sí. Llena de prosaísmo, banalidad y…dolor. Inmisericorde. Pura, puta y desventurada aventura. Yo se lo cuento todo, por pura catarsis y para que funcione de espantajo, pero, visto lo visto, no parece que el negocio me esté resultando muy rentable. Recuerden si no lo que me sucedió el año pasado por estas fechas, con mi terrible ACV (1) ya felizmente relegado a un mal recuerdo, o lean atentamente el relato pormenorizado del nefasto día de marras, el sábado, 22 de Abril, víspera del Día del Libro, cuando nada hacía presagiar que habría de ocurrir lo que finalmente ocurrió, vaya si ocurrió.

 

Y fue esto o fue más o menos así: en la mañana de ese día estaba contento, me sentía vivo y bien, había cubierto satisfactoriamente la presentación de un libro de mi antiguo alumno, Federico de Arce, en la Feria del Libro de Cieza. En un momento determinado, ya acabada la presentación, la esposa de Federico, Fuensanta, que tiene mucho de damita inteligente y sensible y debe tener algo también de intuitiva brujilla norteña, me había hecho la observación, al acabar el acto, de que llevaba sueltas las cordoneras del zapato del pie derecho, que llevara cuidado no me fuera a caer. Al día siguiente, como les digo, me sentía muy bien, relajado y con fuerzas y completé un recorrido de más de tres horas y casi catorce kilómetros, por senderos y caminos de la Atalaya, más largo de lo habitual, quizá porque mi cuerpo intuía que se le avecinaba un prolongado periodo de inactividad, al tiempo que mentalmente rumiaba el planteamiento y contenidos de la mesa redonda sobre Literatura en Cieza, que, querida Rosa Campos, querido Ángel Almela, querida María Parra, querido Antonio Ortega, queridos todos y todas, siempre será, en Cieza como en todas partes y en todas partes como en Cieza, llorar.

 

Volví a casa sobre las 12 del mediodía. Me duché y me cambié de ropa. Decidí con mi mujer cambiar rutinas y afrontar el sabatino compromiso con San Carrefur a mediodía en lugar de por la tarde. Malhadada decisión: si las rutinas, sobre todo a cierta edad, funcionan, ¿por qué o para qué cambiarlas? Pues no, haríamos la compra por la mañana, comeríamos en Murcia y a primera hora de la tarde vuelta a Cieza. Así lo hicimos y todo anduvo bien salvo en que al volver a Cieza no tenía, como suele ocurrir, sitio donde parar o aparcar el coche para que bajara mi mujer y descargar la compra (por cierto que desde el Ayuntamiento no han considerado como pliego de descargo para la sanción que me impusieron el pasado domingo de Pasión el artículo publicado por mí en el que explicaba las circunstancias de la infracción, y esta semana la fría maquinaria administrativa – en diligencia digna de mejor causa- me notificaba la infame denuncia: 40 euros por parar mi coche para descargar mi compra frente a la puerta de mi propia casa). Así que dejé a mi mujer en casa, olvidé la compra en el maletero (junto a los muchos paraguas que saben ustedes que suelo llevar allí) y me fui a encerrar el coche en el parking. Apenas salí recordé la compra y apenas salí recibí una llamada telefónica de mi mujer que me decía que volviera y que no se me ocurriera volver cargado con la compra desde la cochera, como ya había hecho otras veces. Las intuiciones de las mujeres, Fuensanta, Merche, que nos conocen, y que aun conociéndonos nos quieren, y de las que desgraciadamente los hombres hacemos muy poco caso.

 

Aparqué el coche en el segundo sótano y cargué todos los productos perecederos en dos grandes bolsas. Subí las dos plantas del parking por unas escaleras de trecho corto que se hacen penosas subiéndote sólo a ti mismo y que se vuelven imposibles, con altísimo riesgo de accidente, si vas cargado, si además tienes 65 años, si encima ni siquiera te coges al pasamanos, si esa mañana te has hecho una ruta de 14 kilómetros y si, finalmente, después de haber sobrepasado tantas veces el tropezón, por el canto un duro, en el último escalón, compruebas mientras caes sin remedio, que esta vez no vas a tener tanta suerte. Suena Wagner y su Cabalgata de las walkyrias mientras intentas agarrarte al aire sabiendo que el estropicio es ya irremediable. En el rellano de acceso a las escaleras del parking permaneces tronchado, deshecho, roto, durante 10 minutos eternos, convertido en un guiñapo humano, en un pelele, en un muñeco de alambre o trapo. Sabes que esta vez, por el canto un duro, la has liado parda.

 

Mi hijo Antonio nos trasladó a Merche y a mí hasta la puerta de urgencias del hospital La Vega de Murcia. ¿A que no saben ustedes quién nos esperaba allí para resolver todos mis problemas? Sí, uno de mis dos ángeles de la guarda: Daniel Lucas Aroca. Pero ese será tema ya para la semana que viene…Son las batallitas del abuelo Bartolo, que no quiere irse aún de ninguna de las maneras…

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