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Lunes, 17 de Junio del 2019
Domingo, 31 Marzo 2019

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. FLORACIÓN 2019

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Para quienes compartíamos infancia desgraciada por haber perdido al padre allá por 1957, todavía inmersos en una España en blanco y negro, de cerrado y sacristía, sin culpa ni redención cautivos en graníticos y cuarteleros internados, el mes de las flores era el mes de Mayo, más concretamente, orientado todo él en torno al día 24 de ese mes, festividad de María Auxiliadora, virgen guapa y poderosa, con su niño Jesús sentado en el acogedor trono de sus brazos, a la altura de donde debía estar su teta izquierda, imagen de la que me tocó por puro azar en un sorteo una reproducción a buen tamaño (la única vez que me sonrió la suerte en un sorteo, y fue para que me tocara una virgen, que yo no la toqué a ella, ¡lo juro!, y que, si por mí fuera, habría seguido siendo siempre inmaculada y siempre virgen, ¡lo juro!).

Pero, lo que iba diciendo: me tocó una virgen, que estuvo muchos años en la alcoba de mi santa madre y que aún estará por ahí en cualquier sitio, en sitio cualquiera, vaya usted a saber dónde, porque, por alguna razón ñoñamente supersticiosa, nadie se atrevió nunca en mi casa, ni yo mismo, a tirarla a la basura. La cuestión es que el mes de Mayo era el mes de las flores y el de la Virgen María, y las monjicas y los curicas se afanaban en que el amor a la virgen germinara en los púberes corazones de los inocentes huerfanitos, que, un día sí y otro también de todos los que integraban el mes de Mayo, entonábamos el consabido “con flooores aaa Maríiia, que madre nuestra es”, mientras la madre que a mí más me importaba, viuda y sin un real, a setecientos kilómetros de distancia, intentaba salir adelante penosamente, cosiendo ajeno, con dos hijos a su cargo, una aguja, un dedal y una indestructible y férrea máquina de coser Singer. ¡Tooomaa ya, Pablo Iglesias!

 

Pero mucho antes de todo eso, in illo tempore, el genovés Cristóbal Colón descubrió América en 1492; y después, el ciezano Fernando Galindo Tormo descubrió La Floración en Cieza en 1991, convirtiendo ese periodo de tiempo a caballo entre Febrero y Marzo, en el auténtico mes de las flores, Floreal, por estas latitudes ciezanescas, cuando el paisaje se ve inundado por esa explosión de colores, blancos y lilas sobre todo, sobrevenidos por el anuncio anticipado de la primavera con la eclosión colorista de la flor en almendros, melocotoneros, ciruelos y albaricoqueros, orgía de color que es una gozada para los sentidos, vaya que sí. En los últimos años, los dos o tres últimos particularmente, la administración local, el Ayuntamiento, parece haberse tomado en serio las posibilidades de este fenómeno más o menos natural, recurrente cada año, y ha decidido explotar y potenciar sus repercusiones económicas, especialmente en el sector turístico. Se prepara así cada año un ambicioso programa de actividades lúdicas, deportivas, musicales, culturales, gastronómico-culturales y culturales-gastronómicas, que sin duda han cambiado el aspecto de la ciudad, sobre todo en los fines de semana y festivos que coinciden con ese segmento temporal del calendario, lo que determina la llegada a Cieza, generalmente en visitas de unas pocas horas de duración, de miles de turistas en autobuses y coches particulares, y una efervescencia y bullicio en las calles, al hilo de esas actividades, realmente muy notable, dado el gancho y la capacidad de convocatoria que vienen registrando esos programas de actividades de manera creciente cada año.

 

La Floración 2019 en Cieza ya ha terminado, ya es historia. Es hora pues de hacer balance y de reconocer que, en su día, hace veintiocho años, fue un feliz y sorprendente descubrimiento, que los reiterados llamamientos a aprovechar todas las potencialidades del invento han empezado a ser atendidos y que los buenos resultados en materia de turismo, afluencia de visitantes, conocimiento de la ciudad y su entorno, o beneficios para la hostelería local, se perciben como realidades muy positivas a estas alturas. Pero también hay que decir que no es oro todo lo que reluce, ni son sólo flores las que engalanan nuestros campos, nuestra ciudad y alrededores, ni todo son aromas que inunden agradablemente nuestras pituitarias, porque sigue habiendo un lado oscuro y negativo en el que ocupa un lugar destacado la mala señalización tanto en la ciudad como en los campos, porque ¿cómo sabe llegar hasta el único hotel de Cieza, en la calle que debiera llamarse “Sansestabién”, un visitante foráneo? No hay ni una sola indicación. Ni la gente de Cieza sabe llegar a los lugares donde el fenómeno de la Floración resulta más vistoso o espectacular. No digamos nada de los forasteros… A la mala señalización hay que añadir, en el capítulo de deficiencias, el mal estado de los caminos y carreteras del municipio, los antiestéticos cercados de las fincas, muchos de ellos también en mal estado, los invernaderos que ocultan el fenómeno de la floración a la vista, cuando debería buscarse todo lo contrario; los plásticos, botellas, basura y mierdas de perro, jalonando, adornando y aromatizando determinadas zonas, muy concurridas, de paseo, tanto en la ciudad como en el entorno, paseo ribereño y otros alrededores, donde la limpieza, en un pueblo de natural tan marrano como Cieza, sigue siendo asignatura pendiente a la que aún hay que destinar más recursos económicos y de personal. Asfaltado de carreteras locales, comarcales y caminos rurales, cartelería informativa, e incluso (o nos lo creemos, o no…) construcción de un nuevo puente sobre el Segura a la altura de la Torre para completar la comunicación entre las dos márgenes del río, de manera que pueda facilitarse la visita a todos los parajes del municipio. Si nos lo creemos, ya se sabe lo que hay que hacer: apalancar ideas, esfuerzos, billetes y presupuesto para que la Floración acabe granando y dé provechoso fruto que repercuta en riqueza para todos en nuestra tierra.

 

Si eso llegara estoy dispuesto a volver a cantarle a María Auxiliadora, ante el icono que me tocó en un sorteo en el colegio en este aún frío mes de Floreal que ha sido el tiempo de la Floración, con mi desafinada voz de tenor cascado, aguardentosa y cavernosamente nicotínica (aún quedan restos de cuando fumaba como un cosaco), aquel destemplado e ingenuamente infantil y candoroso “Con flooores aaa Marííía, que maaadreee nuestra es”.

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