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Lunes, 14 de Octubre del 2019
Viernes, 26 Junio 2015

El Viaje (final) a Ninguna Parte. Inesperado encuentro

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Hace unas semanas me encontré inesperadamente con “La vieja” de Federico de Arce Martínez y con el propio Federico, que irrumpió en mi vida –él, Federico, a “la vieja” no la conocía de nada, o eso creía- como una aparición fantasmagórica de gran fuerza y vitalidad venida desde un pasado de hace más de 30 años.

Son fantasmas que pueblan nuestra memoria, aunque más parezco un fantasma yo que él, pues que Federico, a sus 47 años, insospechado e insospechable profesor de literatura (que por otra parte es ésa especie muy sospechosa) convertido en mí mismo con diecisiete años menos, se presentaba ante mí como un espléndido chicarrón del Norte, aunque él sea del Sur, buen mozo, profesor de película americana para adolescentes, que además se adornaba, sin petulancia ni engreimiento, con la vitola preciosa e impagable de la creación, para mí siempre palabra mayor y definitiva...y perdónenme la parrafada.

 

Federico fue alumno mío, de Literatura Española, en los primeros años de la década de los 80 en el IES “Diego Tortosa” y volvía a mi vida de la mano de Francisco José Santos Martínez, amigo de Federico y que nunca fue alumno mío pero sí colega durante muchos años en el citado centro docente. Quería que presentara yo en la Biblioteca Pública Municipal un libro suyo, titulado “La Vieja”, publicado por Descrito Ediciones de Toledo, la ciudad en la que ejerce como profesor. Yo la desconocía, pero Federico de Arce tiene ya una dilatada trayectoria literaria, como novelista y como poeta y forma parte de esa Cieza eterna que yo les aseguro que existe, desparramada por el mundo. Ambos aspectos –novelista y poeta- se muestran cumplidamente en “La Vieja” donde la capacidad de fabulación a partir de recuerdos y vivencias reales se combina con la capacidad de evocación y sugerencia en una prosa redonda, admirable e incluso sorprendente y surrealista a veces, donde cuentan tanto el son como el sentido.

 

Me dijo Federico, ya desde la primera toma de contacto, que “La Vieja” era Franco. No debía resultar muy evidente cuando él se apresuró a hacerme esa aclaración antes incluso de haber leído yo el libro. “¡Ah! – me dijo- la vieja es Franco”. “La Vieja” es el título de la obra y el título de la segunda parte, lo que refleja la relevancia que el autor quiere conferirle al personaje - símbolo que, en presencia o en ausencia, enseñorea el mundo y la vida que bullen en la novela, vidas en realidad del propio pueblo de Cieza, nunca citado como tal, seres humanos muchas veces femeninos, casi siempre sufrientes, que constituyen el paisaje humano de esta novela que refleja “la rutina anodina de unas vidas pequeñas bajo la atenta mirada de un orfebre de la palabra”, como ha resumido muy bien mi amigo Pedro Luis Almela, que también ha leído el libro, o, siguiendo con su análisis, “retratos de la memoria en un original monólogo” o “esencia de la memoria de unas gentes que pasarán al olvido, no sin antes confesar, más con pena que con gloria, que han vivido”, o autobiografía emocional de una determinada etapa en la vida de su autor, que añado yo mismo. Libro ocasionalmente duro y transido de emoción sobre la época de los años setenta y la transición a la democracia en España. Franco, “La Vieja”, nos hizo así.

 

“La Vieja” no es un relato lineal, hecho de peripecia y acción, con el desarrollo cronológico normal, sino un monólogo interior hecho de búsqueda e introspección en el que los diferentes capítulos, de extensión, concepción, tono literario y punto de vista muy diversos, tienen su propia autonomía y van encajando como piezas de un universo literario y humano en permanente construcción. Federico me comentó que, como profesor de Literatura, aplicaba en clase algunos de los métodos que había aprendido conmigo, que le seguían funcionando muy bien. Ni que decir tiene que uno tiene su corazoncito y que el inesperado encuentro con Federico le dio aliento al alma de profesor que – aunque oficialmente jubilada- aún me habita. No me resisto a terminar este breve comentario sobre el libro de Federico de Arce que tuve el gusto de presentar en la Biblioteca Pública Municipal de Cieza sin dejar que sean sus propios textos – en los que pugna por brotar la poesía- los que digan la última palabra. Como debe ser.

 

“Quiso cantar una canción, pero no se acordaba de ninguna. Lloró. En el suelo había un charco y dos peces. Se agachó con cuidado de que no se le cayera la niña y cogió los dos peces y se los metió en los bolsillos. Amanecía. Salió el sol como había salido la luna. Para nadie. ¿De qué sirve la luz si no arde la noche? Echó a correr, golpeando las puertas como un loco y llamando a los porteros automáticos, pero nadie contestaba”.

 

“Se apoyó en un buzón y el buzón bostezó con cansancio y amenazó con engullirlo”.

 

“Metió las manos en los bolsillos. Fue a sacar los peces que había llorado para enseñárselos a la mujer, pero no estaban. Sacó las manos y se las llevó a los ojos. No tenía ojos. Veía a la mujer porque la mujer lo veía a él. Volvió a meterse las manos en los bolsillos. No estaban los peces. Se encogió de hombros”.

 

Ha sido un placer, Federico.

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