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Miércoles, 28 de Octubre del 2020
Sábado, 19 Septiembre 2020

El Viaje (final) a Ninguna Parte. Juan, el Toleja, el peluquero que siempre quiso ser torero

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Portada del libro de Juan Toleja Portada del libro de Juan Toleja

CLR/Bartolomé Marcos.

De un tiempo a esta parte, el panorama editorial en Cieza anda más que movidillo, en una cuasi permanente eclosión de nuevos títulos y autores -edad dorada de la Atenas del Segura en lo que a las letras se refiere- y eso a pesar del bicho desgraciado que nos asola y con el que nos ha tocado vivir…y a muchos, desgraciadamente, morir… puto y asqueroso bicho.

Y me refiero a autores del terruño, autóctonos, indígenas, de aquí mismo, de la tribu de ciezanos y ciezanas que dejan constancia de que tienen voz propia, estilo personal, a veces muy estimable, y muchas cosas interesantes que decir. Y que además deciden eso, decirlas por escrito, legando a la posteridad sus ideas y vivencias, para que queden fijadas para siempre con la permanencia que parece otorgar el formato -si se quiere antiguo- pero venerable, prestigioso y prestigiado, del libro. Sin duda, el que mejor aguanta el paso del tiempo y la batalla permanente contra la nada y el olvido. Es el caso del autor que nos ocupa hoy, Juan Rodríguez Juliá, Juan el Toleja, un ciezano de irrepetibles perfiles, conspicuo y característico, genio y figura, inclasificable, persona y personaje en sí mismo, que se ha decidido a escribir su primer libro, poniendo en nuestra mano una primera entrega de sus Memorias bajo el título de “Juan el Toleja, un ciezano irrepetible”, un librito breve, modesto y sin pretensiones, pero con la fuerza y la intensidad de una novela corta, que se lee de un tirón, ilustrado con numerosas fotografías de su autor y principal protagonista y de su familia, el otro gran capital que el Toleja ha sabido forjar con paciencia, con trabajo, con tesón…a fuego lento.

 

Bien puede decirse, con justeza, que Juan el Toleja tiene el don, la gracia de la escritura, eso que no está al alcance del común de los mortales (ya decía Fray Luis de León que “escribir es negocio de particular juicio”) y que probablemente ni él sabía que tenía ese don, quizá ni se lo crea todavía, aunque era evidente desde siempre que sí que tenía la capacidad apabullante y a veces hasta desmesurada, explosiva, del comunicador nato, desenvuelto, simpático, parlanchín. Con esa voz suya tan gutural, destemplada y rota de fumador empedernido.

 

He leído dos veces ya el texto de esta novelita autobiográfica, inscribible como epítome en la línea de la mejor novela picaresca española, pues que en esa tradición literaria cabría encajarla, escrita, como corresponde, en rigurosa primera persona, con el yo por delante, ya que de experiencias y vivencias personales e intransferibles trata. Básicamente está hecha, como digo, de vivencias, pensamientos, divertido anecdotario y recuerdos diversos del protagonista (algunos bordeando lo escatológico, por cierto, como en el pasaje en el que cuantifica y glosa el concierto de pedos que llegaba a tirarse en una sola noche en el Cuartel de Artillería de Murcia, donde hizo el Servicio Militar) que siempre tuvo, él, el Toleja, un leitmotiv fundamental y casi obsesivo en su vida: ser torero…sin haberlo conseguido, si bien logró tener a la Sarita (sí, la Montiel) en su regazo. Frustración esencial para él la de no haberlo sido, torero, aunque algunas plazas, incluida la Deseada de Cieza, supieron de sus arranques como espontáneo, y aunque ha acabado sobrellevando bien esa pequeña contrariedad existencial, sublimándola con su peluquería primero en la casa familiar de la calle Segisa, y después, con más distinción, nivel y clase, en el Paseo de Cieza, siempre al lado de su “cocodrila”, su esposa, y madre de sus cuatro hijos, dos chicas y dos chicos, todos peluqueros, y todos gente de muy buen ver, mejor hacer y acreditada bonhomía.

 

Para mí hay una palabra que resume mis sensaciones ante el texto de este libro, de estilo sencillo y desprovisto casi totalmente de ornamento, directo y coloquial. La palabra es autenticidad, y es que Juan, el Toleja, desde la primera persona propia de la autobiografía y de la mejor novela picaresca, se presenta a sí mismo como lo que probablemente siempre ha sido y querido ser: un simpático chulo de pueblo, buena gente, noble, orgulloso de sí mismo y de sus atributos, “el mejor”, reitera él mismo (porque no tiene abuela…) en repetidas ocasiones, que, en un tiempo azaroso y difícil, supo encontrar su camino en la vida, y la horma de su zapato en “La Cocodrila”. Quizá le falte al texto algo de depuración y mayor elaboración formal, pero en realidad -rectifico- sí, puede que le falte pero es que no le hace falta, porque el relato tiene espontaneidad y jugosidad, frescura, versatilidad, continuidad, lógica interna y facilidad narrativa, cualidades que hacen que se lea bien, relajadamente y sin descanso, porque no cansa, de un tirón. Bien distribuido el relato en cómodos capítulos que llevan sus propios titulillos incorporados alusivos a la temática tratada. Es, en resumen, una novelita corta que te deja con ganas de más.

 

Este Sean Penn del inclemente secarral ciezano (¿se han fijado? el parecido con el actor norteamericano es más que evidente…) dejó dicho de sí mismo: “mi vida transcurre entre dos mundos: el que yo deseaba y el real”, constatación clarísima del retorno a la cordura de quien antes quiso ser torero por encima de todo, pero al que (“en los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño, amigo Sancho”) los años lo descabalgaron del sueño imposible y lo abocaron a una realidad de “ensueño” más prosaico y viable, aunque el gusanillo sigue dentro, dale que te pego, hurgando el alma…que hay que joderse, y en alguna ocasión le oímos decir con vibrante y enérgica rotundidad: “yo no he toreado…pero soy torero”. Juan el Toleja, genio y figura.

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