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Jueves, 19 de Setiembre del 2019
Viernes, 13 Noviembre 2015

El Viaje (final) a Ninguna Parte. La verdad sobre Cataluña

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CLR/Bartolomé Marcos.

Está muy lejos de mi estilo un título –tan taxativo y terminante- como el que precede a este comentario, pero es que para mí resulta clarísimo lo que está pasando desde hace tiempo en Cataluña, que por otra parte es lo que ha venido pasando en el mundo desde siempre (lo que no presupone que haya que resignarse a ello como ante una catástrofe natural), y es que la riqueza y la miseria están muy mal repartidas, y que en bastantes casos lo que en última instancia busca la política particularista es que toda la miseria sea para ti y toda la riqueza para mí. Lo demás son retóricas vacías que en el fondo nadie se cree.

Los políticos son gente (en algunos casos – ustedes perdonen- gentuza) y se mueven por estas cosas tan rastrerillas. Lo vemos un día sí y otro también en la literatura y en el cine, que son reflejo de la vida.

 

Sucede (aunque en el suceso ha habido evidente intervención humana) que ellos, los catalanes (las catalanas también) son más ricos que, por ejemplo, nosotros (las catalanas sobre todo ...uhhmm, deliciosas); lo saben, y llevan bastante tiempo queriendo abandonar al más pobre. Vamos, soltar lastre, que eso –pesado fardo, puto y pesado lastre- son Extremadura, Andalucía o Murcia para ellos. Así de simple. Detrás de la altisonante y hueca retórica independentista se esconde un puro, egoísta e insolidario afán de dinero. Han forjado su mayor prosperidad (en parte dilapidada en beneficio propio por la mafia pujolista y sus acólitos, Mas entre ellos) con el trabajo de todos los españoles y la interesada connivencia en el expolio de los dos grandes partidos nacionales, que los necesitaron ocasionalmente para gobernar y que se prestaron gustosamente a cambio de pagar generosas facturas, e incluso de gobiernos como los de la dictadura franquista, que arrojaron sordina sobre los nacionalismos catalán y vasco regalándoles fueros, prebendas y desarrollo industrial para que no molestaran demasiado. Error...inmenso error...porque la bicha, la hidra nacionalista, no se sacia fácilmente; aunque esté a punto de reventar, siempre pide más y más y más.

 

Ahora, cuando nunca fueron nada frente a Aragón o a Castilla, se lo han creído, o al menos se lo ha creído una buena parte de la sociedad catalana, que intenta aprovechar una convulsa coyuntura crítica para dedicarnos a los españoles muertosdehambre un provocador, burlesco y displicente “Adiós, España”. Quieren quedarse con todo, o al menos con mucho más, sin que nadie los controle y sin tener que contribuir al mantenimiento de los servicios públicos en el resto de España o a aliviar las desigualdades entre los diferentes territorios, regiones o comunidades autónomas del Estado. Su Agencia Tributaria, su tesoro, y los españolitos...que se vayan a tomar por culo. Imagínense ustedes a dónde mandarán estos al continente africano en su conjunto, por ponerles un ejemplo de envergadura. Su casa, sus euretes y a los demás que nos zurzan.

 

Todos los nacionalismos son iguales y todos son igual de cerriles y egoístas. El nacionalismo vasco, el catalán, el nacionalismo español o -¡toca madera! – el nacionalsocialismo, pero son tanto más perversos en proporción inversa a su magnitud inicial, que, desde su pequeñez acomplejada los lleva a la exacerbación del expansionismo, es decir, es más perverso el nacionalismo vasco (que mira que ha generado sufrimiento) que el catalán, y éste lo es más que el español, y éste más que el europeo. De manera que yo prefiero ser nacionalista del mundo mundial, es decir, cosmopolita, o sea, ciudadano del universo entero, o de nuestra madre Tierra, y atento a las necesidades del ser humano sin adjetivos ni banderolas, criaturas nacidas de polvo de estrellas y que en las estrellas tienen escrito su destino, pero no en las estrellas de las esteladas. Los nacionalismos son como los virus, minúsculos microorganismos cuya vocación, hasta la muerte, es emponzoñarlo todo.

 

Cataluña y los catalanes tenían y tienen todo lo que razonablemente se puede aspirar a tener en la vida, como país (palabra que tiene que ver con paisaje), y como seres humanos (y si no- lo repetiré- que giren la vista hacia África). Encaje y anclaje privilegiados en el contexto de un estado democrático como España, en el que en absoluto se ponen trabas a su lengua autóctona, cultura o costumbres, o a la autogestión de multitud de asuntos y que les garantiza su pertenencia a una zona del mundo aún más privilegiada como es Europa. Tienen hasta legaciones y “embajadas” repartidas por todo el mundo en las mejores y más caras zonas de las más importantes capitales. Como el resto de España, han atravesado por una coyuntura económica crítica en la que han precisado de más billetes. Pidieron y no obtuvieron lo que querían y como niños malcriados sacaron a relucir la ridícula mala follá del nacionalismo peor encarado: ¡Ah!, ¿sí? conque esas tenemos, ¿eh? Pues ya no jubamos. Ahora nos vamos. Ahí te quedas, España, adeu España. Como niños malcriados a los que les hace falta un escarmiento, un severo correctivo. Y en esa fase estamos a punto de entrar ahora, desgraciadamente. Dinero y dolor, dolor y sufrimiento. Lo tenían todo, lo tienen todo. Sólo les faltaba, o eso decían ellos, dinero, más y más dinero...porque de eso jamás se sacia la avaricia, pecado principal del nacionalismo catalán, junto a todos los pecados propios de cualquier nacionalismo.

 

El nacionalismo catalán, de la mano de un loco peligroso (esto no es nuevo en la historia, ¿les suena?), se ha situado ante un trascendental punto de no retorno. Irresponsablemente enjugascados con el juguete vacío y ridículo de una independencia imposible, sus dirigentes hacen oídos sordos a advertencias y hasta resoluciones de un Tribunal como el Constitucional y se instalan en el cinismo de decir que ellos no van a desobedecer al Constitucional sino que van a obedecer a su Parlament, en una actitud que –aunque cueste trabajo decirlo porque parece inconcebible y absurdo además de triste- está muy cerca del más puro y duro golpismo. Ahora sí le dan la razón al gobierno español. Es la hora de la ley, que debe aplicarse y ellos atenerse a las consecuencias. Esperemos que la locura no se haya contagiado aún a la mayoría de una sociedad catalana que siempre se ha mostrado como razonable y civilizada.

 

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar/ Caminante no hay camino, sino estelas en la mar...y esteladas en el Camp Nou, aunque esas no llevan a ninguna parte. Mientras, un cántabro recio e ingenioso como José Manuel Revilla advierte a navegantes con aquello de que el Ebro nace en las montañas de Cantabria, que el mundo es ancho, largo y diverso y debe acogernos a todos sin apellidos ni distingos, y que Aragón se quedó sin balconada sobre el mar un día y ahí está, calladito porque la tiene otra tierra española, Cataluña, que es mía y de los catalanes también por ser españoles. Cataluña es mía; ya está bien, que no lo está, que el Reino Unido de la Gran Bretaña se quede con Gibraltar, que a fin de cuentas no es más que un peñón apeñonado como la Chinica del Argaz, aunque más grande y lleno de monos. Podemos pasarnos sin él, pero que Cataluña sea ahora sólo para los catalanes, hurtándosela al resto de los españoles, pues como que no, hija, como que no. Eso podría generar una nueva crisis social-existencial como la de 1898 en toda España y los españoles no estamos dispuestos a que nos sigan robando lo nuestro.

 

Sólo les deseo a los nacionalistas de cualquier jaez que la noche a la que van a arribar les sea tan eterna como una estación de ferrocarril por la que ya no pasan trenes.

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