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Domingo, 08 de Diciembre del 2019
Sábado, 16 Febrero 2019

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Leyendo a mis lectores

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

No es la primera vez que lo digo, ni será la última: me gusta leer a mis lectores, y aprovechar sus lecturas escritas de mis propios textos para continuar escribiendo.

Esta semana vuelve a ocurrirme, en un proceso muy interesante – creo- de fecunda y feliz retroalimentación. En relación con el artículo sobre el paseo de los perros…que nunca hacen nada (sic), no se preocupe usted…si no hace “ná”…pero que son animalicos y que como tales se pueden descontrolar en un momento determinado, o pueden incordiar al pacífico paseante y hasta pueden llegar a morderte, que la cosa no tiene ninguna gracia, pero que ninguna. Pues en relación con ese último artículo, miren lo que me hacía llegar un lector vía guasaps: “Joder, Bartolomé, cien cacas ya es un número respetable en tan corto trecho. De todos modos, aunque no me he molestado en contarlas, la margen derecha (del paseo ribereño) no le queda a la zaga a la izquierda (de la que se hablaba en el artículo). A mí no me joden las boñigas de los tusos, pues si aconteciera que algún desocupado científico quisiera poner a trabajar su preciada mente en estos excrementos, a buen seguro que le sacaría alguna aplicación práctica fertilizante, como ocurre con el guano de las aves voladoras. Tampoco me importa de vez en cuando pisar alguna de ellas, pues siempre habrá algún acontecimiento agradable en mi vida que pudiera ser avalado por la obra y gracia de la mierda. No me atrevería a decir, como algún cretino es probable que lo afirme algún día, que hasta pueden dar algún toque artístico a esos polvorientos caminos por donde dejamos volar libremente la imaginación caminantes como nosotros. No. Lo que me preocupa realmente de este asunto animalesco es la catalogación que habría que dar al responsable y, por extensión, dueño de esos canes. Porque el menda que carezca del menor pudor como para que su can deposite estas lindezas en la rue y no se digne luego él mismo en recogerlas y depositarlas en el lugar adecuado para ello, es probable que sea el mismo que tira la lata de coca cola en mitad del Paseo, adorna las aceras con los clínex impregnados con otro tipo de excrementos humanos y, en definitiva, no respeta lo que tantos milenios de evolución ha costado a la humanidad, humanizar al ser humano. Aquí sí que me gustaría que el investigador de marras pudiera poner a trabajar su valiosa colección neuronal para descubrir qué clase de espécimen humano como este convive entre nosotros; el mismo al que, seguramente, le apasiona la misma marca de cerveza que a ti y a mí, que incluso puede que se tenga por seguidor de nuestro mismo equipo de fútbol; o hasta es posible que tenga el mismo oficio y sea, aparentemente, gente tan normal como tú y un servidor. Y esto lo considero verdaderamente importante, pues con ello se podrá determinar si este comportamiento tiene un componente intrínseco a su naturaleza, genético, o, en caso negativo, averiguar qué ha podido fallar en el proceso de domesticación humana que tanto tiempo lleva ya en nuestra civilización. Y no te voy a decir más, pues mira que hasta sus propios canes deben haber sido domesticados con más eficiencia que algunos de sus propietarios; ellos nunca depositarían sus cacas…en la vivienda de sus dueños.

 

Qué clase de espécimen humano como este convive entre nosotros, dices…querido lector, y no es ningún misterio. Cuando las hordas de suevos, vándalos y alanos asolaron la península ibérica de Norte a Sur, permaneció y se aclimató por estas latitudes sureñas una rama particularmente agreste, incivilizada y dañina, la de los ciezanos, integrada por individuos nobles, laboriosos y sencillos…pero, eso sí, muy marranos. No hay que darle más vueltas, porque esa, querido lector, es la sencilla explicación que postularía el gran filósofo medieval Guillermo de Ockham con su famosa «navaja de Ockham». El fraile afirmaba que la hipótesis más verdadera suele ser la más simple. Por ello, sostenía que, si un fenómeno se explica por sus causas lógicas y aparentes, no hay necesidad de recurrir a otras teorías de imposible verificación. Cualquier voluntarioso y bienintencionado concejal de Servicios empeñado en conseguir que los ciezanos ensucien menos, en contra de su natural, incivilizada y montaraz condición, verá su empeño condenado al fracaso. Los ciezanos somos así de marranos. Y, con las mierdas en flor por doquier, ahora llega la floración…Tierra, trágame…

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