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Sabado, 16 de Diciembre del 2017
Sábado, 19 Agosto 2017

El Viaje (final) a Ninguna Parte. “Me aburro”

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Del sugerente y poético tedio existencial al prosaico aburrimiento del hombre (joven) contemporáneo.

Quienes comparten conmigo la condición venerable de haber sobrepasado los sesenta y cinco (¡ay, señor!) asistirán con estupor –aunque ya sin sorpresa- a la experiencia de tropezarse frecuentemente con chicos y chicas jóvenes que se aburren y que buscan, incluso con exasperación y hasta con desespero, escapar del aburrimiento por las vías más diversas, a veces hasta con riesgo para sus vidas o su salud.

 

Es el caso de quienes buscan esa huida a través de experiencias límite como la práctica de los deportes de riesgo, o de simples estupideces llenas de un riesgo aún mayor, como el balconing, el puenting, el botellón, o el pantalling…,perniciosísima costumbre contemporánea esta última de estar las veinticuatro horas del día abducidos por tentadoras y multicolores pantallitas luminosas. Nada ni nadie los entretiene, nada ni nadie los divierte, y, para ellos, como antes para los existencialistas, (que acababan muchas veces inmersos –o eso creían ellos- en la paralizante angustia vital que tantos rebeldes sin causa alumbró), el mundo y la vida no tienen ningún sentido. Claro que los existencialistas se esforzaban en buscar ese sentido, mientras que los aburridistas que tienen por maestro retórico, guía y modelo al zafio Homer Simpson, sólo buscan juguetes tecnológicos (la tele antes, Internet, el móvil o la tablet ahora, vamos, el pantalling total que decía antes) que los mantengan entretenidos. La angustia vital de los existencialistas era un desasosiego interior (l´ennuie) que no te dejaba vivir tranquilo y que te llevaba al hastío, al aburrimiento, a una búsqueda atormentada e incesante de respuestas trascendentales a las grandes preguntas del ser humano ante la vida: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿cuál es la razón de ser de nuestra existencia sobre la Tierra?. Preguntas que los existencialistas agnósticos intentábamos respondernos triturando nuestros corazones y nuestras neuronas en la vigorosa y turbulenta batidora de insomnes inquietudes juveniles, para obtener muy escasas respuestas, casi siempre ninguna, lo que solía llevarte a la nausée (la náusea, el “nosé qué me pasa, doctor”).

 

Pero no nos aburríamos y seguimos sin aburrirnos, porque, hasta estando solos, sabemos acompañarnos amenamente a nosotros mismos, porque nuestros juguetes se llamaban libro y, algo más tarde, cine. Ahora ya no, ahora nos entretenemos contando nuestras neuronas por si se nos ha caído alguna por el ingrato y azaroso camino de la vida. Pero antes, ¡joodeer antes!: el tiempo libre, mucha calle, un balón y un patinete, la guerra a pedradas en los descampados, o la caza de pajaricos con tiratacos, los tebeos del Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, el Guerrero del Antifaz, Tintín o los de Hazañas bélicas en los que curiosamente nunca ganaban los alemanes, y novelas del oeste de Clark Carrados, Keith Luger o Marcial Lafuente Estefanía. Después llegarían Salgari, Julio Verne, Roahl Dahl y María Luisa Linares. El cine en sesiones dobles durante la semana o numeradas los domingos en el Capitol (que siempre fue, sobre todo, un cine), o el Galindo (que siempre fue, sobre todo, un teatro). Y en los años mozos, unas cañas en los Supis, en el Sotanillo o en la Peña. Después llegaría la disco Sapporo y las Galas veraniegas en la terraza del Gran Vía (enfrente del actual bar del mismo nombre). Con la Universidad, los que tuvimos la suerte de poder ir, hicimos más extensa la relación de autores, nos “intelectualizamos” y frecuentamos a algunos de aquellos existencialistas inquietantes, particularmente Jean Paul Sartre, para acabar en el nihilismo de Cioran y Fernando Savater, que nos enseñaron, fíjense qué paradoja, que aunque nada tenga sentido, hay que vivir como si todo lo tuviera y por eso seguramente él acabó en UPyD. No, definitivamente no existía el desquiciante “me aburro”, ni existe ahora para quienes, bien superada la sesentena, sabemos que no hay tiempo bastante como para desperdiciarlo aburriéndose o, lo que es peor aún, aburriciándose.

 

Una de las circunstancias que más ha contribuido a esa necesidad angustiosa, no ya de estar entretenido, sino de que nos entretengan ha sido la extensión de los horarios televisivos hasta abarcar las 24 horas del día, en un sobredimensionamiento descomunal del horror vacui, horror a enfrentarse con una realidad que no sabríamos llenar si no nos la dan resuelta desde fuera, sometida (que esa es otra) a intereses espurios las más de las veces inconfesables. Miedo a la desconexión y al vacío que en los últimos tiempos se acentúa de manera más intensa (en mentes progresivamente lobotomizadas) cuando se pierde la conexión con el flujo de Internet, generando una sensación de vacío, de soledad, de orfandad, de sinsentido de la existencia, de aburrimiento en definitiva.

 

Pobres...no saben vivir sin que alguien los entretenga y han llegado a estar – y a ser- tan aburridos, que no pueden ni entretenerse a sí mismos. ¡Qué pena!

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