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Domingo, 07 de Marzo del 2021
Viernes, 11 Diciembre 2020

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Noviembre dulce…(IV)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Aunque siga encabezando como titular estos artículos, noviembre, dulce y hosco a un tiempo, sombrío, malencarado y triste, ha dejado ya paso a diciembre, junto con enero los meses más fríos del año en Cieza.

Desde hace pocos días, la iluminación extraordinaria instalada por el Ayuntamiento para las fiestas de Navidad, Año Nuevo (adiós sin dolor al Viejo), más profusa que nunca, alumbra parpadeante y multicolor el cementerio urbano y lo seguirá haciendo durante unas fiestas que se adivinan, con mucho brillo y colorín, puro artificio, pero más tristes que nunca.

 

Recuerdan ustedes seguramente que la semana pasada llegamos a la altura de la calle Empedrá. Unos metros más adelante, a mano derecha, nos detenemos, ya saben, yo mismo y ese que siempre va conmigo, para contemplar bien una placa gris oscuro, con un bajorrelieve esculpido en su parte superior, que reproduce la imagen de quien fuera meritorio médico ciezano y excelentísimo ser humano D. José Martínez Caballero, mentor y maestro por cierto de otro gran profesional de la medicina ciezano aún vivo y vigente, y que sea por muchos años, Pascual Muñoz Campos, hijo de un excelente maestro-albañil, al que apodaban “el Mengajo”, y no se me acaba de alcanzar la razón del motecito porque era un hombre alto, grande, jovial, sensato, ecuánime. En fin, cosas de este pueblo. En ambos médicos, Don José y Don Pascual, destacaría la humanidad, la inteligencia natural, el sentido común y, en lo que concierne a su competencia profesional, el ojo clínico, esa capacidad para ver más allá de las apariencias, como si tuvieran un aparato de rayos X en los ojos y atinaran en dos segundos con la raíz, con la razón y clave última de los padecimientos y dolencias de un potencial enfermo, que eso somos todos en definitiva. Después, otra panadería de tradición y tronío de las muchas que hay en Cieza, la de la Viuda de Félix, abierta ya y con actividad y pequeña cola de clientes (según reza un cartel, dadas las circunstancias actuales, en el reducido espacio interior no se admite a más de dos personas simultáneamente), cuando son sólo las ocho y cuarto de la mañana, y, enseguida, el edificio, desvencijado y de ruinosa apariencia, del antiguo colegio “Isabel la Católica”, privado, en el que muchos jóvenes ciezanos cursaron estudios de Bachillerato, por el soberbio y exigente plan de estudios de 1957, el mío, por cierto, regentado durante muchos años por el eterno aspirante a humanista local, viajero irredento, licenciado en Filosofía y peculiar personaje D. Juan Julián Garro Torres, fallecido hace pocos años, aquel que solía montar en cólera cada vez que a uno de sus más trastosos alumnos, José Luis Fernández Marín Blázquez, de profesión señorito ciezano, el Niño Mozo para casi todos los que lo conocimos, parroquiano habitual del Bar Cuatro Esquinas, que aún existe entre las calles aledañas Angostos y Hoyo, se le ocurría entrar por la puerta del colegio nada menos que ¡montado en una Vespa!, hasta el interior, en medio de enorme alboroto y general guirigay estudiantil de aquella auténtica Casa de la Troya. En frente del antiguo colegio, una casa más antigua aún, con escudos heráldicos de la Orden de Santiago jalonando sus balcones, la de los Marín Barnuevo, felizmente remodelada y reconvertida en Conservatorio de Música de Grado Medio Maestro Gómez Villa, el marchoso y prolífico compositor de muchos de los mejores temas, marchas y pasodobles que integran el patrimonio musical de la Semana Santa de Cieza.

 

Salimos de la calle Cadenas y nos adentramos en el Camino de Madrid, Avenida de Ramón y Cajal, donde, a mano izquierda, pronto nos sale al encuentro (como nos salía la vida en aquel famoso libro de nuestra primera adolescencia de José Luis Martín Vigil) el colegio privado, actualmente concertado, “Madre del Divino Pastor”, regentado por las Hermanas Capuchinas de la referida Madre del Divino Pastor que allí suponemos que pastorea a su grey; el colegio luce en su fachada y en las de su iglesia de pequeño campanario y espadaña, las huellas, aparentemente indelebles porque llevan allí bastantes años, de varias “huevadas” o lanzamiento a destajo de huevos crudos, obra de incorregibles y descerebradas bandas de gamberros. El colegio ha ido reduciendo con los años su territorio, que llegó a ser amplísimo, para construir viviendas a su alrededor, pero aún luce grande, despejado y airoso.

 

A mano derecha, el callejón de los Tiznaos, y en su chaflán más cercano al Camino de Madrid, la Asesoría Saorín, con un rótulo que rivaliza en monumentalidad con el del “Érase una vez” de la Biblioteca pública Municipal en la Esquina del Convento, rótulo que abraza el edificio y que me hace reflexionar a mí sobre la llamativa y curiosa circunstancia de que un pueblo con tan escaso y tan deprimido tejido empresarial como es Cieza, tenga sin embargo más asesorías por metro cuadrado que casi cualquier otro pueblo de la región, aunque he de reconocer que no dispongo de datos contrastados al efecto. Es una pura impresión.

 

Después la señorial casona de los Lucas, industriales carroceros, con sus balcones de noble enrejado y sus grandes portalones de madera y hierro forjado, la Confitería de “El Caña”, que anda que entre “Caña” y “La Cañeta” apañaos estamos en este pueblo con los motecicos, que lo mismo valen para un roto que para un rótulo, el edificio del antiguo sanatorio-residencia “Capri” con su resucitado DIA en la planta baja, y, frente a él Bonapetit, un establecimiento comercial para mí fantasma, cuya naturaleza y fin desconozco. En la acera por la que camino nos topamos a continuación con lo que tiene toda la apariencia de ser un abrevadero para las antiguas caballerías, en el que por fin el otro día pude observar que por el caño (menos mal que no es otra vez “caña”) manaba generosamente un buen caudal de agua. Con lo que sí tropecé, aunque por fortuna no llegué a caerme, pero seguro que más de treinta, como yo, habrán estado a punto, fue con el hueco, que lleva ya meses allí, como trampa para los incautos y torpes arrastrapiés como yo, de una loseta de la baldosa, junto a la parada de la ambulancia del servicio de urgencias que existe en esta vía, servicio que por cierto presenta una apariencia lamentable, con sus cristaleras exteriores zarrapastrosas, llenas de polvo y churretones. Pónganle remedio ya, por favor, que es un centro sanitario…Fue esta una de las zonas de expansión urbanística de Cieza, a pesar de que allá por los primeros noventa del siglo pasado, el derrumbe de una chimenea de las antiguas fábricas de conservas de los hermanos Guirao (yo aún parece que huelo a fruta cuando paso por allí, donde trabajaba como traductor uno de los primeros ciezanos licenciados en Filología inglesa, Chema Guirao, a quién mató su Gordini) determinó que hubiera que desalojar y derruir un edificio entero. Después la cafetería Infinito, que, estando en ubicación privilegiada, no parece levantar cabeza, y allí que se quedó, parece que cerrada para siempre. Se vende. Cerca, en dirección a la Gran Vía, dos calles, más bien cutres y miserables, para dos poetas que habrían merecido más: Antonio Machado y Vicente Aleixandre, ya muy cerca de una Gran Vía de Cieza, calle principal, dedicada al Gran Bobón, forrado y corrupto…

 

Termino ya, o eso espero, la semana que viene. Si es que, amigos, cada vez ando más despacico. Achaques de la edad, que -y es lo prudente-, enlentece nuestros pasos.

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