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Martes, 18 de Diciembre del 2018
Sábado, 17 Noviembre 2018

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Otro de los nuestros

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

El grupo de literatura de la Sierpe y el Laúd organizaba esta semana, el viernes, 16 de Noviembre, un acto en recuerdo y homenaje, justo y merecido, a un ciezano singular, de aquilatada sencillez y bonhomía, enamorado de la palabra y amante de las causas justas, Jesús Alejandro Salmerón Giménez.

Una persona que, siempre sin alardes, florituras o fastuosidades vanas (salvo las de su propio nombre compuesto, que imponía un poco, y su altura que le daba una apariencia algo desgarbada y como a remolque de sí mismo…) supo estar a la altura de su tiempo, implicándose en su cotidianeidad y pringándose hasta el tuétano, con su peculiar mirada y manera de ser y de sentir, en un compromiso social evidente con las capas más desfavorecidas y más intelectualmente inquietas de la sociedad, en una asunción de compromisos e implicaciones incluso profesionales con la educación (otra marca de fábrica de la familia) y con los niños.

 

Allá por los años 76, 77 y 78 del siglo pasado yo estaba acostumbrado a ver por los patios del Instituto de Bachillerato Mixto de Cieza (actual “Diego Tortosa”) la inconfundible estampa de tres auténticos “mosqueteros”, jóvenes, vivos, revolucionarios, rompedores, siempre amigos: Félix Abellán, Lorenzo Guirao y Jesús Alejandro Salmerón Giménez. Para completar el cuadro perfilado por Dumas en su inmortal novela, sólo habría faltado su D´Artagnan, que bien podría haber sido José Carlos Martínez Cano, otro joven agitador de conciencias, algo más joven que Jesús Alejandro, y también, desgraciadamente, desaparecido. Temprano levantó la muerte el vuelo, para llevarse, como siempre, a los mejores. Por cierto que conmigo también lo ha intentado en los últimos tiempos. A estas alturas, de los tres sólo queda vivo Lorenzo, con el que me cruzo algunas veces en mis andanzas senderistas por el Paseo Ribereño, yo andando, él frecuentemente en bicicleta. Toca madera y larga vida a Lorenzo.

 

Los cuatro eran alumnos atípicos, inclasificables, o clasificables en el cajón de los complicados y difíciles, vamos, de los que no decían amén sin condiciones. Sólo José Carlos fue alumno mío y guardo un buen recuerdo de él, como lo guardo también de Jesús Alejandro, al que nunca conocí demasiado bien, y que siempre tuvo conmigo una relación tímida y escrupulosamente respetuosa. Ya saben…como era él. Daban un poco de miedo, la verdad…con su aire revolucionario, de militantes de Podemos (por lo menos) cuando la franquicia aún no se había inventado…

 

Jesús Alejandro, desaparecido hace ahora poco más de un año (esta viene a ser su misa, laica…del año) fue ciezano modesto y sencillo, sin ínfulas ni grandilocuencias, paleto de su pueblo ciezano al que quería, lúcido y cabal (fíjense que últimamente leía los Essais de Montaigne), pero también con la llama ardiente del compromiso político y la locura literaria impresos de manera irrenunciable en su ADN.

 

Miembro fundador de la Revista Literaria EL CAIMÁN, escrito con “c” pero pronunciado vigorosamente con “k”, entre 1976 y 1978 y del Grupo de Literatura LA (insidiosa) SIERPE Y EL (dulce) LAÚD en 1980, publicando poemas y relatos en sus diversas ediciones hasta 2003. Autor seleccionado en la antología Narradores Murcianos (Volumen II), de la Editora Regional de Murcia (1986), con el cuento Demonios de esparto. Con El origen del Universo obtuvo el primer premio en el IV Certamen de Microrrelatos Libres - Memorial Isabel Muñoz, en 2014. Fue además autor de artículos sobre temas literarios en portales digitales y así mismo fue autor, en calidad de coordinador, de diversos manuales de prevención del maltrato infantil, dirigidos a profesionales de distintos ámbitos relacionados con la Infancia.

 

Le gustaba definirse a sí mismo irónicamente, con un sentido del humor ácido y corrosivo, pero siempre contenido y respetuoso con las personas (algo que es marca de fábrica de la familia también, junto a otras cualidades como la humildad, la sencillez, la integridad y la coherencia), definirse-les decía- como un lector con más de cincuenta años de experiencia, aunque siempre fue la poesía su género favorito, afirmando, de nuevo con su particular sentido del humor, aquello de que “Pues sépase que yo nací poeta, pero los versos se espantaron y toda mi vida ha sido un largo peregrinar hacia ellos, siempre esquivos y en alerta ante mi presencia.” Últimamente leía-fíjense que arrebatadora pasión lectora- los “Essais” de Montaigne. Jesús Alejandro siempre llevó, o yo al menos lo percibía así, una veladura de melancolía y tristeza en la mirada, igualmente marca de familia. Jesús Alejandro fue además uno de nuestros padres fundadores, como yo mismo, como Ángel Almela…ya vamos quedando menos…yo mismo sigo aquí de puro milagro …y no creo en los milagros.

 

Como él decía, así estuve yo muchas veces –alerta- ante aquellos tres mosqueteros y su D´Artagnan. Pero, quiá, no había nada que temer de ellos. También la bondad estaba entre sus atributos. En 1992 contrajo matrimonio con María Jesús y pronto nacerían sus dos hijos, María y José Antonio, en los que aún – como en tantas otras cosas y personas- sigue vivo.

 

Y en él, siempre, el amor por la literatura, su auténtica “pasión interminable”. Desgraciadamente, vivimos en un mundo cuantitativo en el que el algoritmo ha desplazado a las ideas. Nietzsche pregonaba la muerte de Dios, que no puede morir porque en realidad siempre ha estado sordo, ciego, mudo y muerto. Pero lo más triste es que lo que sí que ha muerto es el hombre renacentista con la dolorosa individualidad que produce la conciencia de ser distinto.

 

Jesús Alejandro vive en el recuerdo de esa misma tenue, apenas insinuada sonrisa, de irónica pero suave condescendencia, con la que nos mira desde la fotografía de este cartel anunciador de un acto en su memoria. Vive en las palabras que dejó escritas, en su excelente y divertida novela (sólo los serios como Jesús Alejandro saben pulsar las fibras del íntimo regocijo), titulada El hijo del hombre que una vez fue propietario de una tienda de muebles…todavía injustamente inédita, que tiene a Cieza como protagonista principal, y vive en el recuerdo y la memoria de quienes supimos de su acierto (probablemente no buscado) para estar en el sitio justo en el momento adecuado, vive en los suyos (esposa e hijos) y vive también en los ajenos. En la ocurrencia puntual, genial y trascendente del Kaimán, así, pronunciado con “k” y el duradero devenir y trayectoria irrenunciable de “La Sierpe y el Laúd”.

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