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Lunes, 15 de Octubre del 2018
Jueves, 23 Agosto 2018

El Viaje (final) a Ninguna Parte. Querencias

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Quiero ser rico. Ya está. Ya lo he dicho. Rico de verdad, o sea, tan rico como para figurar en la lista Forbes de los más ricos, como Amancio Ortega, de Zara y otras franquicias, que no para de escalar puestos en esa lista (que se llama así porque no es precisamente de tontos, que sí que somos por el contrario bastantes de los que no estamos en esas listas, usados como peldaños por aquellos que sí que están para, pisoteándonos, auparse hasta la cima).

Sí, lo digo sin ambages, cortapisas, matices ni restricciones mentales o reparos de ninguna clase, ni siquiera esas ñoñeces de los pobres de espíritu y demás monsergas al uso. Quiero ser muy rico para poder hacer lo que me dé la gana, para ser libre y poder elegir siempre lo que se me antoje, para no depender del salario del miedo y tener que vivir la vida, si es que eso es vivirla, al borde del abismo del cada vez más largo, terrorífico, incierto e inalcanzable fin de mes. Y el caso es que llevo mucho tiempo queriendo esto pero -¡joder!, aunque dicen que querer es poder- yo no acabo de conseguirlo nunca.

 

Quiero ser sueco, noruego, alemán, inglés, finlandés, o suizo, porque los suyos son países estables y serios, confiables, donde se valora el trabajo, tanto manual como intelectual (no suelen hacer particulares distingos en esto, como debe ser) frente a la picaresca y la chapuza que dominan en países de la periferia Sur de Europa como Grecia, Italia, Portugal o España, cuyos nacionales – es lo que creo- no tienen demasiados motivos –aparte muchas banderas, verborreas, fanfarrias, chistes y parafernalias hueras- para sentirse orgullosos de serlo.

 

En caso de ser español, quiero ser catalán o vasco, porque siempre han sido más ricos…o menos pobres…o riojano, leonés, valenciano, madrileño…que los siguen en el ranking, y no quiero ser manchego, de ninguna de las maneras, ni, menos aún, murciano, que es lo que soy; no, porque están hundidos en la porca miseria, en la cola de la prosperidad, en la infame fila del paro… donde nos dejó para siempre el listillo del virrey Valcárcel, que no acaba de irse (a la cárcel, digo), aun habiendo acumulado sobrados méritos para ello. Además, no seamos ridículos: verdaderamente, ¿qué significa ser murciano?

 

Quiero ser menor de edad, pero que muy menor de edad, chiquitín y hasta bebé; quiero cobijarme de nuevo en el refugio seguro y confortable de la ausencia de responsabilidad y hasta de la más ingenua e inocente inconsciencia, en esa etapa de la vida en la que no se tiene capacidad de decisión ni tampoco atribución de responsabilidades. Quiero que me mimen. No entiendo por qué muchos jóvenes ansían que llegue el momento de cumplir los 18 años para acceder a la mayoría de edad. No es el comienzo de la libertad, sino el inicio de una azarosa andadura cargados con el pesado fardo de la responsabilidad, que sólo terminará después de muchos esfuerzos, penalidades y trabajos, con la debilidad senil y con la muerte. Sí, quiero ser menor de edad, aunque eso en parte pueda confundirse con querer ser avestruz. Pues sí, lo han adivinado: sí, quiero ser avestruz. También.

 

Quiero ser Brad Pitt…y hasta querría ser Angelina Jolie, porque, puestos a desear, tan imposible es lo uno como lo otro, y lo quiero para tener de todo lo humanamente deseable y lucir al tiempo vitolas de generosidad y desprendimiento, poniendo una vela a Dios y otra al Diablo, como tantos y tantas desde las ONGS, o desde el etéreo, celestial y bienintencionado (enésima reedición del buenismo institucionalizado y bien retribuido) Instituto de Empresa, para África, de Lady Begoña Gómez-Macbeth, aportando a buenas causas algunas migajas de lo que me sobra, que tampoco es mucho.

 

Querría ser todo eso, y muchas cosas más, pero, si no puede ser, que coincidirá usted conmigo en que no puede ser, por lo menos todo junto y a la vez, me conformaré con seguir siendo quien soy y lo que soy, y hasta menos de lo que soy ( alguna vez –y no hace mucho tiempo de ello- ya dejé escrito que habría que resignarse a decrecer, o, de lo contrario, cuando crecemos y nos suben ridículamente el salario, el sueldo o la pensión, comprobamos cómo, de inmediato, nos suben también los precios de todo hasta sobrepasar ampliamente la mejora económica aplicada en nuestras nóminas, que se queda en ridículo espejismo de visto y no visto, y nosotros nos quedamos pasmados con cara de tontos cuando en realidad ya lo sabíamos, ¿o es que nacimos ayer?); decrecer es la receta, porque la clave del problema está en lo que muy bien percibió aquel misionero al que llevaron al Corte Inglés de Murcia para que conociera uno de los centros neurálgicos del paroxismo consumista de Occidente. El hombre subió y bajó escaleras mecánicas, recorrió las amplias estancias del lujo, la desmesura y la ostentación, y contempló tranquilo el descomunal escaparate que contrastaba estrepitosamente con el mundo en el que él desarrollaba su trabajo como misionero, lleno de carencias materiales de todo tipo, incluso esenciales. Cuando terminó la visita y su guía le preguntó por sus impresiones, se limitó a responder: “Ya sé todo lo que no me hace falta”.

 

Y es que, si no podemos ser ricos (que no podemos, aunque queramos) sería bueno irse acostumbrando a vivir como lo que somos: pobres.

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