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Lunes, 21 de Agosto del 2017
Sábado, 24 Junio 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Sabroso y fructífero encuentro (pues con fruta, y de la buena, tiene que ver)

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Diego Díaz Montesinos Diego Díaz Montesinos

CLR/Bartolomé Marcos.

En este pre-verano agobiante e inmisericorde que estamos sufriendo, quienes acostumbramos a salir a andar por los alrededores de Cieza, hemos debido adelantar la hora de salida, para aprovechar mejor “la fresca”, es decir, salir antes de las 8 de la mañana, para recogerse como máximo a las 10. Si es posible, más temprano aún.

Fuera de ese margen de dos horas escasas, el caminante afronta los rigores y penalidades de un sol de justicia, y hasta, en el peor de los casos, el riesgo nada desdeñable, y grave, del golpe de calor. Afortunadamente, la parte “noble” del paseo ribereño, entre el puente de Hierro y el puente de Alambre, con algo más de dos kilómetros de recorrido y con la Casa-Museo Molino de Teodoro, el albergue rural, la casa rural la Atalaya, o los varios embarcaderos de lanchas neumáticas y piraguas para el descenso del río, es un recorrido ameno, agradable y fresco, con arbolado de buen porte que acompaña en todo momento al caminante, proporcionándole sombra que se agradece. De verdad.

 

Pues allí, uno de estos días pasados, se produjo el encuentro al que hace referencia este artículo. Sentados en uno de los poyos del murete que separa el paseo del cada mañana sorprendente y maravillosamente renovado milagro del río, conversaban dos ciezanos de pro, uno, como siempre cámara en ristre, Fernando Galindo Tormo, con quien es materialmente imposible no coincidir si usted se acerca a la zona entre esas horas; otro, nuestro hombre de hoy, al que yo no conocía personalmente, el veterano sabio ciezano de la fruticultura, Diego Díaz Montesinos, un agricultor moderno, abierto desde hace décadas al futuro, que siempre se me ha representado con la aureola ambigua de aquellos belicosos jóvenes agricultores franceses que hace unos años quemaban camiones con mercancía agrícola española cuando España todavía no era miembro del Mercado Común Europeo. No tanto por su belicosidad cuanto por su inquietud y capacidad de compromiso para defender y modernizar lo propio.

 

Diego Díaz Montesinos lleva muchos años dedicado a la fruticultura, experimentando sobre nuevas selecciones de frutas de hueso (¡toca madera que a mí se me acaba de romper uno!) y yo siempre he sido un auténtico bruto devorando fruta, de cuyos beneficios para la salud soy un convencido, y más que nada por puro placer, porque me gusta, soy un verdadero vicioso de la fruta. Es que noto la oleada de bienestar que me invade cuando abro con las manos por la mitad un buen albaricoque, lo pongo bajo el grifo, y, sin pelar, muerdo después su deliciosa pulpa, sintiendo cómo irradia en la boca un mosaico único de sensaciones gustativo - olfativas, o un melocotón de los antiguos agosteños, los “pipas”, ya en la práctica desgraciadamente casi inencontrables. Diego, de inicial formación autodidacta, fue gerente de la empresa Agromillora durante 23 años, después de 10 años trabajando en Francia (ya les digo que el aire francés yo se lo veo…), convirtiendo su empresa en referente y modelo del proceso de adaptación de las nuevas variedades de frutales de hueso y ha colaborado con diversas empresas de varios países en el desarrollo de nuevas variedades de frutales. Es socio fundador de la empresa Selecplant en Cieza, que distribuye árboles frutales en diferentes países europeos y en España. Diego es un veterano de la huerta de Europa y su actividad no ha pasado inadvertida para organizaciones como el sindicato agrario COAG-IR de Cieza que lo distinguió con un reconocimiento “por la labor de toda una vida de dedicación y entrega en el sector agrario”, entrega y dedicación de la que deja constancia la propia apariencia física de Diego, fruto granado entre los frutos, absolutamente telurizado y enraízado entre hojas y ramas de frutales (fíjense en sus brazos) en la fotografía que ha cedido para la ocasión nuestro común amigo Fernando Galindo.

 

Pues bien, de eso hablábamos en ameno lugar y mejor compañía, mientras sonaban las campanadas de las 9 de la mañana en la Iglesia Basílica de la Asunción de Cieza (¿cómo va a ser igual que ver la hora en un móvil?), y se escuchaba de fondo el incesante rumor de la corriente del río – insisto…ese milagro sorprendentemente renovado cada mañana- al tiempo que empezaba a oírse la música de inicio de la jornada escolar en el cercano colegio de la Era-San Bartolomé, preludio de la pacífica invasión de jóvenes madres e incluso jóvenes abuelas, de las entretenidas rutas del paseo ribereño de Cieza tras dejar a sus hijos o nietos en el colegio. El verano les dará ahora también descanso en sus obligaciones.

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