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Martes, 19 de Noviembre del 2019
Sábado, 05 Octubre 2019

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Sobre el inevitable Apocalipsis…(I)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

(Nuevo y cordial coloquio con mi amigo del guasaps…).

Dice mi cervantino amigo del guasaps… Hace unos días hice un viaje exprés en mi coche a Bruselas (no me pregunte, por favor, si vi por casualidad al Puigdemont de marras). A los cuatro días, ya estaba de regreso a la tierra patria. La verdad es que me ocurre siempre lo mismo: cada vez que viajo al extranjero, siempre con la sana intención de descubrir nuevos horizontes, rubricada la mayor parte de las veces con la experta opinión de alguien que ha tenido a bien venderme la moto acerca de las bondades que se respiran allende nuestras fronteras, descubro con renovada alegría que más me gusta España. Y no quiero que piense que padezco fobia alguna al prójimo, es que esta afirmación la fundamento en aspectos que considero tan esenciales como la adecuada comida (para alguien como un humilde servidor de la clase media), el decente alojamiento (para la pasta que allí te cobran por cualquier tugurio) o la propia seguridad vial. Y no crea que este último asunto es baladí; si acaso piensa que sólo por aquí pastan los cafres que no respetan las normas de tráfico ni al paciente peatón, le invito a que pasee por las calles bruselenses y descubra cómo, a pesar de que dicen atesorar ese supuesto espíritu moral centroeuropeo, los conductores de aquellos lares van con sus coches endemoniados de un lado para otro, saltándose pasos y hasta paseos de peatones y haciendo uso del claxon, muchas veces por un quítame allá esas pajas, y casi siempre por su instintivo impulso animal, con el mismo fervor que lo ejercen los paisanos que circulan a todo trapo por las calles de una aldea vietnamita en vías de desarrollo. Pero la razón de fondo de esta breve disertación no es poner de relieve lo bien que se vive en España (que es verdad, y punto), sino una cuestión que es trending topic, como diría un moderno de nuestros días, en cualquier ámbito en el que usted se mueva: la amenaza del cambio climático antropogénico. Debo reconocer que cuando proyecté el viaje me devané los sesos acerca de la mejor manera con que evitar el daño a la Madre Naturaleza (la responsable, por cierto de los huracanes, tifones, DANAS y otros fenómenos varios turbulentos). Mi coche consume poco, y además traga el caro Alblue, para que pueda lucir una pegatina medioambiental, de las que por cierto no vi ninguna en el parabrisas de ningún utilitario de Bruselas. Íbamos mi esposa y yo para ver en qué condiciones se encontraba nuestro retoño, que está en edad estudiantil y le habían concedido una beca Erasmus, El avión lo descarté por dos razones: la fobia a las alturas de mi media costilla , y por la mía propia hacia aquellos simpáticos funcionarios aduaneros, que sólo por la pinta que lleves te pueden amargar el día, y por la tiranía con que las compañías aéreas someten a los viajeros, con caprichosos cambios de última hora y cuentos varios de seguridad que te ponen de los nervios y te hacen perder un tiempo precioso. Además, te suelen dejar en un descampado, con lo que te tienes que gastar otra pasta gansa en taxis para llegar al mundo “incivilizado” en un tiempo razonable. El tren tenía tan malas y costosas comunicaciones que ni me molesté en ver nada. Del barco, no lo quiero ni por forro, a Dios gracias. Así que nos embarcamos en nuestro utilitario, cargado hasta las trancas de cosas útiles para un adolescente. A pesar de todas estas prevenciones, pensé en el cambio climático, así que conjuré por unos segundos un molesto mea culpa por contribuir a la contaminación, en esta que ya es la maldición de nuestros días. Y es que ya nadie en su sano juicio puede dudar hoy de este problema medioambiental (salvo algunos zoquetes que, para peligro de la humanidad, gobiernan algunos Estados de la Tierra). No en vano, antaño hemos tenido muchos cambios climáticos, a algunos de los cuales les debemos estar nosotros aquí y que tengamos lo que tenemos. Por poner sólo dos ejemplos: los dinosaurios cedieron el ecosistema a los mamíferos hace 65 millones de años y, por esta razón, los seres humanos se vieron obligados a inventar la agricultura y la ganadería hace 12.000 años. Pero no, el cambio climático de nuestros días está provocado por la especie homo y en los dogmas que lo sustentan resulta cuando menos curioso el paralelismo que existe con los de las religiones al uso. Aquí tenemos también todos los ingredientes de una doctrina convencional: el ser humano pecador, una profecía de destrucción del mundo a 100 años vista, basada más en las creencias que en el método científico, y difundida por los profetas de esta corriente; y, al igual que las apariciones marianas, hasta una revelación cuasi divina, una infanta (Greta Thunberg, que, a tenor de la efervescencia con que defiende sus postulados, más se asemeja a la niña del Exorcista que a una santa criatura, todo hay que decirlo).

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