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Sabado, 27 de Mayo del 2017
Sábado, 21 Enero 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Sólo palabras que mejoren el silencio

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Aunque no la padezcan o no la hayan padecido nunca (mejor), ustedes saben lo que es la incontinencia urinaria, o sea, el no poder aguantarse las ganas de mear y tener que ir al retrete cada dos por tres, o cada tres por cuatro, que en todo hay grados.

Pues bien, hay otros muchos tipos de incontinencia. Entre otros, la incontinencia verbal, es decir, el problema de quienes necesitan estar hablando todo el tiempo o quienes tienen que hablar necesariamente aunque nadie perciba como necesario lo que iban a decir y hubiera sido más aconsejable o prudente quedarse callados. Frente a ellos, los tímidos a los que no hay manera de sacarles las palabras del cuerpo. Seguro que todos conocemos a bastantes personas que están aquejadas de lo primero, de la incontinencia verbal: compañeros de trabajo, líderes políticos locales, regionales, nacionales, internacionales, vendedores ambulantes, que estos, los pobres, lo tienen por oficio, vendedores a domicilio, vendedores telefónicos, diarreicos e incansables guasapeadores y ansiosos frecuentadores de los infumables patios de vecinos irónica e inapropiadamente denominados “redes sociales”, vecinos cotillas, cotorronas vecinas y algún que otro familiar…como también conoceremos, seguro, a bastantes que tienen un problema, a veces grave o muy grave,en lo contrario, en la timidez: compañeros de trabajo, amigos, vecinos, alumnos, o hijos…Quienes están aquejados de la mareante incontinencia verbal no saben estarse callados y no han conocido nunca, o por lo menos no lo han asumido, que sólo merece la pena hablar cuando las palabras mejoren el silencio. Ellos, resulte pertinente o impertinente (las más de las veces) lo que tengan que decir, siempre tienen que hablar, jamás renuncian a decirlo. Les gusta que les oigan y les gusta oírse. Hablan alto y fuerte, gesticulan mucho, y en cualquier reunión de amigos, o en cualquier asamblea de trabajadores de la empresa, o en sus círculos políticos, por poner algunos ejemplos, que los habría innumerables, no hay que esperar mucho para que cojan su turno de palabra (el tímido ya lo sabe, lo estaba esperando y se ríe por dentro) y se reiteren después en cuatro, cinco, seis o más intervenciones en las que torturan a los demás, los aburren (aburren hasta a las piedras) y les hacen perder el tiempo, con su retórica sólo brillante porque es lenguaraz y desinhibida y se produce sin vacilaciones, titubeos ni complejos de ninguna clase, formulándose con la seguridad del tonto que está convencido de que no puede haber resquicio de duda en lo que dice, y que piensa que los demás callan porque otorgan o porque no tienen argumentos que oponer a sus aparentemente bien fundamentadas simplezas. Pero no siempre es así, sino que lo que ocurre es que son tímidos (caracterológica especie que aún tiene presencia entre los humanos) o son prudentes, y creen que ya hay demasiado ruido y que sus palabras sólo incrementarían la estrepitosa verbosidad de los incontinentes y tampoco mejorarían el silencio que ellos, los incontinentes, se han encargado de romper. Mientras, el tímido calla porque piensa siempre que pueden ponerse muchas objeciones a lo que había pensado decir, o que lo va a acabar traicionando su propia inseguridad, lo que ya le ha ocurrido en otras ocasiones, quedándose corrido y avergonzado por dentro y lamentando haberse atrevido a intervenir. El tímido prefiere quedarse en un segundo plano, y oír, y pensar…y callar. Después, en silencio, en secreto, y con absoluta libertad, ya dirá su opinión, si se lo permiten, es decir, si le dejan que manifieste su opinión mediante un procedimiento, o un voto, por ejemplo, secreto. Porque esa es otra, los estentóreos verborreicos, si hay que dilucidar algún asunto por votación, preferirán siempre que sea a mano alzada, porque su propia mirada tantas veces intimidatoria funciona como mecanismo coactivo que condiciona y apabulla al tímido, al que deja desnudo y a la intemperie su mano levantada. La democracia como sistema y el parlamentarismo como fórmula para hacerla aparente, no constituyen el mejor hábitat para los tímidos, que suelen ser muy capaces para el hacer, para el actuar, que son también muy capaces de expresar sus ideas en la intimidad o en círculos muy restringidos pero que no pueden evitar sentirse nerviosos y cortados cuando se trata de manifestar públicamente su pensamiento o expresar sus opiniones o puntos de vista, y no porque no los tengan, sino porque puede con ellos el quizá irracional pero muy humano “pánico escénico”. Tampoco los nuevos clichés, estándares y estereotipos didácticos imperantes en el sistema educativo, y que se han extrapolado en unos casos a la sociedad en general y en otros han derivado de ella, ayudan al joven tímido, al que se fuerza permanentemente a que se exprese, a que participe y se implique, e incluso se le penalizan sus calificaciones por no hacerlo (es que ese chico no participa…pero responde cuando se le pregunta por escrito, ¡ojo, pedazo cafre!), forzando y violentando su propia y natural personalidad, cuando él está a gusto en su mundo, que no es en modo alguno solipsista, cerrado o mudo, pero que no encaja bien con la espectacular aparatosidad del verborreico cuentachistes o del parlanchín lenguaraz y vacío que tiene que estar siempre opinando sobre todo, mientras que el tímido sabe que puede opinar pero que no está obligado a hacerlo, que tiene lengua para hablar pero que no la tiene para estar siempre hablando. No todos los jóvenes son iguales y desde luego no todos son amantes del ruido.

 

Para hacer balance les diré que en nuestro mundo, por fortuna, aún sigue habiendo más tímidos que de lo otro, lo que permite que la vida no siempre parezca un circo, y que, generalmente, el tímido-puro fuego-habla menos de lo que hace, mientras que el incontinente verbal, el descontrolado, aparatoso y ridículo verborreico, sólo habla y-puro fuego fatuo-no hace nada.

 

Para decir tonterías, mejor estar callado. Frente al ruido y la pirotecnia verbal, sólo palabras –pocas- que mejoren el silencio.

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