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Martes, 13 de Noviembre del 2018
Sábado, 10 Marzo 2018

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Sólo palabras que mejoren el silencio

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Aunque no la padezcan o no la hayan padecido nunca (mejor…), ustedes saben lo que es la incontinencia urinaria, o sea, el no poder aguantarse las ganas de mear y tener que ir al servicio cada dos por tres, o cada tres por cuatro, que en todo hay grados…y más si la próstata se empieza a poner tonta.

Pues bien, hay otros muchos tipos de incontinencia. Entre otros, la incontinencia verbal (eso que padecen, verbigracia, los del Sálvame y tanto político “populista”… y de los otrosí también), es decir, el problema de quienes tienen que estar hablando todo el tiempo o quienes tienen que hablar necesariamente (según ellos), aunque no fuera necesario lo que iban a decir y hubiera sido aconsejable que se quedaran callados un rato. Frente a ellos, los tímidos a los que no hay manera de sacarles las palabras del cuerpo y que se expresen. Seguro que todos conocemos a bastantes personas que están aquejadas de lo primero, de incontinencia verbal: compañeros de trabajo, líderes políticos locales, regionales, nacionales, nacionalistas, internacionales, vendedores ambulantes (que estos, pobres, lo tienen por oficio), vecinos cotillas, cotorronas vecinas y algún primo, además de - ¡¡¡off course!!!- opinadores y opinatrices de las ubicuas y omnipresentes redes antisociales…(sic). Y también conoceremos a bastantes que tienen un problema en lo segundo, en la timidez: compañeros de trabajo, amigos, vecinos, alumnos, hijos…y, sí, algún primo también. Quienes están aquejados de incontinencia verbal ni saben ni pueden estarse callados, y no han conocido nunca, o por lo menos no lo han asumido, que sólo merece la pena hablar cuando las palabras mejoren el silencio. Ellos no, ellos, resulte pertinente o impertinente (las más de las veces) lo que creen que tienen que decir, siempre tienen que decirlo, siempre tienen que hablar, no se lo pueden aguantar dentro de su almario. Les gusta que los oigan y les gusta oírse, hablan alto y fuerte y gesticulan mucho, y en cualquier reunión de amigos, o en cualquier asamblea de trabajadores de la empresa, por poner algunos ejemplos, que los habría innumerables, no hay que esperar mucho para que pidan su turno de palabra (el tímido ya lo sabe, lo estaba esperando y se ríe por dentro…ya estabas tardando, tío…), y se reiteran después en cuatro, cinco, seis o más intervenciones en las que torturan a los demás, los aburren y les hacen perder el tiempo con su retórica sólo brillante porque es desinhibida y se produce sin vacilaciones ni complejos de ninguna clase, formulándose con la suficiencia y seguridad del tonto que está convencido de que no puede haber resquicio de duda en lo que dice, y que piensa que los demás callan porque otorgan o porque no tienen argumentos, aunque no siempre es así, sino que son tímidos, o prudentes, y creen que ya hay demasiado ruido y que sus palabras sólo incrementarían el eco de la estrepitosa verbosidad de los incontinentes, para no mejorar tampoco el silencio que ellos, los incontinentes verbales, se han encargado de romper. Mientras, el tímido calla porque piensa siempre que pueden ponerse muchas objeciones a lo que dice…o que lo va a traicionar su propia inseguridad, lo que ya le ha ocurrido en varias ocasiones, quedándose corrido y avergonzado por dentro y lamentando haberse atrevido a intervenir. El tímido prefiere quedarse en un segundo plano, y pensar…y callar. Después, en silencio, en secreto, y con absoluta libertad, ya expresará su opinión, si se lo permiten, es decir, si le dejan que manifieste su opinión mediante un procedimiento, o un voto, por ejemplo, secreto. Porque ésa es otra, los estentóreos y hasta ostentóreos verborreicos –si hay que dilucidar algún asunto por votación- querrán siempre que sea a mano alzada, porque su propia mirada funciona muchas veces como mecanismo de coerción que condiciona al tímido, al que –diana y centro de todas las miradas, cree él- deja desnudo y a la intemperie su mano levantada. La democracia como sistema y el parlamentarismo como fórmula para hacerla viable y aparente, no constituyen el mejor hábitat para los tímidos, que suelen ser muy capaces para el hacer, para el actuar; que son también muy capaces de expresar sus ideas en la intimidad o en círculos muy pequeños y restringidos, pero que se sienten nerviosos y cortados cuando se trata de manifestar públicamente su pensamiento o expresar sus opiniones y puntos de vista, y no porque no los tengan, sino porque puede con ellos el “pánico escénico”, o el afán de no significarse, de no molestar. Tampoco los nuevos clichés didácticos imperantes en el sistema educativo, que se han extrapolado en unos casos a la sociedad en general, o que han derivado de ella en otros, ayudan al joven tímido (que, ¡oigan!, siguen existiendo), al que se fuerza constantemente a que se exprese, a que participe y se implique, e incluso a veces se le penalizan sus calificaciones por no hacerlo (este chico no participa…pero sabe y responde cuando se le pregunta por escrito, ¡ojo!), forzando su propia personalidad, cuando él esta a gusto en su mundo que en modo alguno es solipsista, antisocial, cerrado o mudo, pero que no encaja bien con la aparatosidad espectacular del verborreico cuentachistes, o del charlatán parlanchín lenguaraz y vacío que tiene que estar siempre opinando sobre todo, mientras que el tímido sabe que puede opinar pero que no tiene por qué estar obligado a hacerlo, que tiene lengua para hablar, pero que no la tiene para estar siempre hablando. No todos los jóvenes (y jóvenas)…son amantes del ruido.

 

Como corolario y resumen les diré que hay más tímidos que de lo otro, lo que permite que la vida no siempre parezca un circo, y que, generalmente, el tímido –puro fuego latente- habla menos y hace más, mientras que el incontinente verbal, el descontrolado, aparatoso y ridículo verborreico, sólo habla, y –puro fuego fatuo- no hace nada. Bastante tiene –cree él- con hablar y mirarse el ombligo.

 

Para decir tonterías, mejor estar callado. Frente al ruido, el estrépito, la pirotecnia verbal y la furia, sólo palabras que mejoren el silencio… Qué paz.

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