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Sabado, 15 de Diciembre del 2018
Sábado, 06 Octubre 2018

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. “Un falangista con el poeta Miguel Hernández”

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Siempre he admirado en Eduardo López Pascual su tesón, su constancia, su perseverancia, su coherencia personal, su fidelidad a los ideales en los que firmemente creía.

Aguantando, si hacía falta, carros y carretas, concretados en determinadas formas de incomprensión e incluso, ocasionalmente, cierta displicente chanza y hasta menosprecio en derredor (la dictadura ominosa de lo políticamente correcto), que lo liquidaron muchas veces a él y a sus querencias políticas (algo consustancial e irrenunciable en su persona) como un vetusto anacronismo, a pesar de su irreductible voluntad de seguir estando vivo, presente y siendo. Baste referirse a su voluntariosa implicación y participación en las diferentes convocatorias electorales, tras la recuperación de la democracia en España (recuperación que bastantes aún discuten, por cierto), inasequible al desaliento, como tenaz e incansable “quijote”, enarbolando la bandera del falangismo joseantoniano bajo las siglas de Falange Española de las JONS y finalmente de Falange Auténtica, dando siempre la cara él mismo, o poniéndola por él, entusiásticamente, alguno de sus incondicionales escuderos como Antonio Ortega Martínez, el último y digno candidato falangista a la alcaldía de Cieza, en las elecciones municipales de 2015.

 

Se atreve ahora Eduardo a conversar con uno de sus queridos “phantasmas”, con el que ha sido durante casi 80 años icono poético de algunos de sus principales antagonistas, frente-populistas, y socialistas y comunistas en particular, el poeta oriolano Miguel Hernández Gilabert, vibrante arengador de las tropas leales a la República en medio del fragor de las trincheras, tempranamente desaparecido, a los 31 años, por una tuberculosis agravada por las penosas condiciones existentes en la cárcel-reformatorio de Alicante, donde fue recluido tras conmutársele una sentencia de muerte por la de cadena perpetua, circunstancias bien explicitadas y documentadas en la novela.

 

En este libro, novela-documento, Gonzalo Mira, un joven falangista, trasunto o alter ego del propio Eduardo, periodista en “La Voz del Segura”, conversa con el poeta en diferentes momentos de su calvario tras la finalización de la guerra civil española, guerra incivil y fratricida como la califica en su novela Eduardo López Pascual.

 

Novela ésta de Eduardo, la mejor entre las muchas que ha publicado (comparto en esto la opinión del prologuista del libro, el historiador José María García de Tuñón Aza), en la que el autor, a través de su alter ego Gonzalo Mira, desde la admiración, e incluso desde la emoción, conversa con el poeta Miguel Hernández, en momentos particularmente dramáticos e intensos de su vida, hasta entrar en su pellejo y en los más íntimos recovecos de su alma, como cuando, preso en el Reformatorio-cárcel de Alicante, recibe noticias de su mujer Josefina y de su hijo, a través de cartas en las que aquélla le pone de manifiesto lo duro de la situación por la que están atravesando ella misma y el hijo del poeta, al que se ve obligada a amamantar con cebollas, y cómo de aquella estremecedora y dramática situación habrían brotado las inspiradísimas, sentidas y emocionantes “Nanas de la cebolla”.

 

“Conversaciones con Miguel Hernández” bien podría decirse (ahora que eso está muy de moda) que es “novela de tesis”, aunque aquí no hacen falta citas a pie de página, en la que la tesis propiamente dicha sería que, paradójicamente, los falangistas fueron el baluarte fundamental del poeta “comunista” para aliviar su desastrada situación final, mientras que la antítesis vendría a ser que los falangistas nunca fueron franquistas y menos en asuntos como éste. Y, por último, la síntesis: la poesía, la palabra esencial en el tiempo, maravillosa fuente de disfrute en el genial poeta de Orihuela. que todo lo engloba y todo lo supera. Al tratarse de una novela de tesis, ésta –la tesis- podrá compartirse o no – nunca tanto como la tesis “mostrenca” (vid. Diccionario de la RAE) del doctor “cum fraude”, pero resulta siempre interesante y amena, surgida además del impulso irrefrenable, de la pasión interminable de Eduardo por la poesía.

 

Decía el gran novelista francés Gustave Flaubert que, mientras intentaba expresar de la manera más cruda y realista posible los efectos del veneno con el que había decidido poner fin a su vida la desgraciada Emma Bovary, había llegado él mismo a sentir el sabor del arsénico en la boca…Yo creo que Eduardo López Pascual ha llegado a sentir la desesperación y la angustia de Miguel Hernández Gilabert, cuando, tras una condena desproporcionada e injusta, sufría, impotente, enfermo, en la prisión de Alicante, que su vida se le escapaba mientras su mujer amamantaba a su hijo sólo con cebollas.

 

El amor a la poesía y la valoración de los poetas como privilegiadísimos beneficiarios del don otorgado graciosamente por las musas de crear belleza con las palabras, guía estas emocionadas “Conversaciones con Miguel Hernández” de otro poeta, falangista, que aquí le rinde merecido tributo y homenaje a quien ciertamente fue cabrero, por imposición paterna, durante una breve parte de su corta vida, pero que nunca fue un cabrito ni, mucho menos, un cabrón, en un tiempo por cierto de muchos cabrones (como el de ahora), sino un ser humano desgraciado al que le tocó vivir un momento marcado por derecho propio en los anales de la historia universal de la infamia y al que el cielo otorgó la gracia de la palabra, el trémulo y cálido temblor de la poesía.

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