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Domingo, 28 de Noviembre del 2021
Viernes, 17 Septiembre 2021

El Viaje (más final aún)a Ninguna Parte. Cuando algunas cosas brillan y son más valiosas que el oro (y II)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Querido Cipión: pienso que, en realidad, no creo que haya un único camino en la vida; de lo contrario, la tendríamos escrita desde siempre.

Y en eso yo no soy determinista, sino más bien existencialista y hasta muy existencialista. Sartriano a carta cabal y pie juntillas. Es la experiencia, generalmente sufriente, la que nos lleva a encontrar nuestra esencia como individuos, a reconocer quiénes somos y cómo somos. Es el dolor el que nos revela y nos identifica, el dolor es el que nos dice quiénes somos realmente. Y valga este circunstancial excurso para introducir, sin que tampoco venga mucho a cuento, la reflexión de mi perruno contertulio habitual, Cipión, sobre su experiencia, gastronómica y placentera por encima de todo, amén de patriótica, con su amigo holandés y su familia.

 

La primera vez que estuve en su casa, allá por un mes de noviembre, (…) me llevé la desagradable sorpresa de no ver aparecer en el cielo el astro rey ninguno de los siete días que allí estuvimos. Y es que con los años descubrí que eso allí es lo normal (…) La comida que se lleva en casa de mi amigo y, por ende, en la de cualquier ciudadano de a pie de allí es, comparada con la española, muy monótona. Suelen basar su dieta en una sopa variada de verduras que hacen en un generoso puchero y que consumen durante varios días. La acompañan con los típicos derivados del cerdo que les aportan las calorías necesarias para sobrevivir en semejante clima, salteados, eso sí, con abundante mantequilla que usan con profusión en todo tipo de guisos (…) Ni que decir tiene que el aceite de oliva brilla por su ausencia en sus despensas. Pronto hallé la razón de tal ausencia cuando fuimos de compras al súper: cada litro del oro líquido español les costaba un riñón. Así que cada vez que los visito les llevo como presente dos garrafas de 5 litros de aceite de oliva virgen extra «Manzano», que es uno de los buenos que tenemos en Murcia.

 

En una ocasión estuvimos en una casa antigua que compró en Alemania, y en aquel pequeño pueblo, que contaba con una estación invernal, fuimos a comprar a un Lidl. Me fui derecho a su vinoteca, solo por saciar mi curiosidad acerca de los caldos que consumen las gentes de aquellos lares. Entre una amplia selección vi uno que me sorprendió sobremanera: «Jumilla Gran Reserva» rezaba en la etiqueta. (…) Valía poco más de dos euros la botella, así que me agencié dos para ver de qué iba aquello. Decir que estaba bueno es poco. Sublime sería un mejor epíteto, y más aún teniendo en cuenta lo barato que era; estaba tan rico que mi amigo se aficionó a él, así que cayeron unas cuantas botellas los días que estuvimos allí (…) Para las tapas, les preparo platos tan tradicionales aquí como la ensaladilla rusa, la ensalada murciana, unos taquitos de queso fresco frito marinados con mermelada de fresa o el inigualable salmorejo acompañado de huevo duro y trocitos de jamón serrano curado. Como los arroces de España les encantan, pues este plato lo solemos hacer día sí y día no, alternándolo con un potaje, un estofado de cordero, una gachamiga blanda, unos gazpachos manchegos o una salsa de pollo. La primera vez que íbamos a hacer un sabroso arroz y conejo descubrí que estas gentes tienen a este roedor por mascota y no fue posible conseguir esa materia prima tan fundamental, un plato tan típicamente ciezano que de haberlo hecho aquí (pongamos por caso en un paraje tan singular como el Paseo Ribereño) hubiera contado, además, con ingredientes tan oriundos como los caracoles serranos y el romero de la sierra del Picarcho. La paella de mariscos era otra posibilidad, pero a decir verdad estos muchachos (rarillos que son ellos) no le tienen demasiada afición a los animales marinos, especialmente a las gambas. Así que salimos al quite con un arroz con pollo y verduras. Cuando les hice esta primera comida arrocera, aunque dimos sobrada cuenta de ella, quedó bastante en la paellera. Entonces mi amigo la guardó en el «refrigerator» para comerla a la mañana siguiente. «Noooo», le dije, «mañana hacemos otra, Albert». En fin, así son de ahorrativos estos frugales ciudadanos del Norte, nuestros banqueros, por cierto.

 

Pero toda esta disquisición es para mostrarte, una vez más, querido Berganza, la mina de oro que tenemos ante nuestras narices sin que nos demos cuenta. Para muestra de ello mira lo que me aconteció hace tan solo unos días. Decidimos darnos un capricho una noche, así que nos fuimos de cena a un restaurante de pro, el Señorío de Albarracín, sito en el lugar que le da nombre, que ya visitamos el año anterior y del que quedamos entonces muy satisfechos. Mi nietecita, que frisa las tres primaveras, supo apreciar como ninguno de nosotros el buen sabor que tiene el jamón de Teruel recién cortado; de hecho tuvimos que pedir dos platos para que los adultos pudiéramos degustar también tan exquisito manjar. A esta delicia le siguió una ensalada de tomate de «penjar», con espuma de tomate, piparra y sardina ahumada. Casi ná... Luego hicieron su aparición en la mesa tres montaditos de escalibada con alioli gratinado, un bocado que, si acaso todavía no lo has probado, es primoroso, te lo aseguro. Por si esto fuera poco, nos trajeron tres generosas croquetas de cecina, otra variante del jamón, pero en versión vacuno. Este picoteo estuvo regado y ambientado con el buqué de un llorón «Onorio Vera», del que dimos buena cuenta de una botella entera entre tres. Y de postre saboreamos una sabrosa tarta de queso, del que hacen en Albarracín; un helado artesanal de fresa para la pequeña; y una torrija de croissant helado de leche merengada y canela acompañada de una palma de caramelo que quitaba el sentido.

 

Pero lo más grande aconteció antes, cuando degustábamos el jamón de Teruel. Cuando pedimos un poco de pan nos lo pusieron de ese casero, tostado y calentito como solo antaño se veía por Cieza, a lo que uno de los camareros se prestó a dejarnos una pequeña botella de medio litro de aceite de oliva virgen extra para untar las tostadas, como es costumbre nuestra. El aceite de esa botella, que tenía por nombre BelOleum, tenía un sabor tan rico y especial que lo degustamos sin mesura. Mi hija se fue derecha a su smartphone a investigar más sobre ese oro líquido desconocido para nosotros y, tras visitar la página oficial de la almazara que lo produce, resultó que valía lo mismo que lo que después pagaríamos por todo lo que habíamos cenado: 84 euros. De aquí se puede deducir hasta qué punto en España se vive y se come como en ningún lugar del mundo, y además en ningún sitio se ve la generosidad que los restauradores tienen para con el cliente, que te dejan en la mesa un manjar, del que no te cobran, para que lo degustes a tu antojo. Por eso, no todo lo que brilla en España es piedra, sol, playa e Historia, es también gastronomía, hospitalidad y generosidad sin límites. No es de extrañar que gentes, como mi amigo, amen a España tanto, o incluso diría que más, que muchos de los propios hispanos, que no saben de la mina de oro que alberga este grandioso país.

 

Sí, Cipión. Grandioso país que otros, renegados de aquí al lado mismo, desprecian llamándolo “la puta España”.

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