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Martes, 13 de Noviembre del 2018
Domingo, 24 Junio 2018

¿Es justa la justicia?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

No lo sé. Lo que sí sé es que debería serlo.

El grupo de, según la sentencia judicial, abusadores sexuales conocido como “La Manada” ha sido puesto en libertad. Condicional, pero en libertad. Curiosamente el mismo tribunal que hasta en tres ocasiones negó esta solicitud a los integrantes del susodicho grupo la concede ahora basándose en que “es impensable que reincidan tras perder su anonimato”. Peregrina afirmación a mi juicio, ya que no sería ni el primero ni el segundo ni el tercer caso en el que un violador convicto y confeso vuelve a las andadas tras cumplir su condena. O incluso durante un permiso penitenciario.

 

¿Qué ha pasado en este caso, el de La Manada, que tanta expectación e ira ha levantado en la mayor parte de la sociedad española? Pues que, al menos en mi opinión, ha sido la gota que ha colmado el vaso de una situación de sujeción e indefensión de las mujeres en España con la que no se puede convivir por más tiempo. En España (y en otros países también, no vayan ustedes a creer que somos los peores en esto) el machismo no sólo se traduce en el techo de cristal, la desigualdad de salarios o de oportunidades o la asunción por la mujer de las tareas domésticas como rol preestablecido y casi obligatorio. El machismo se traduce en que en demasiadas ocasiones da miedo ser mujer. En que una mujer, por el hecho de serlo, sufre continuas agresiones e intromisiones en su libertad y en su integridad, a veces sutiles, a veces descaradas, pero siempre indeseables. El hecho es que las mujeres, por haber nacido mujeres, deben estar constantemente vigilantes, agruparse para defenderse, contener sus ademanes y sus expresiones, porque muchos hombres se creen con derecho a acosarlas e incluso a abusar de ellas. Se trata de un estado de alerta casi constante que dificulta el comportarse tal cual se es y sin miedo, porque acosadores y abusadores están por todas partes: en la escuela, en el trabajo, en la fiesta, en el grupo de amigos y amigas, en la calle o el portal en el que vives. Y un minuto o un simple segundo de distracción pueden bastar para que la tragedia se haga realidad, para que el horror te atrape y te marque de por vida.

 

Y después vienen cosas peores. Lo primero, la vergüenza que para muchas mujeres supone denunciar que han sido víctimas de abuso o violación, porque por increíble que parezca todavía resuena en la mente de muchos españoles e incluso españolas ese soniquete espantoso: seguro que les provocó ella, o que no se defendió lo suficiente. Después, las dudas que las defensas de los presuntos (démosles el beneficio de la presunción de inocencia, aunque los que fueron culpables no tuvieron en su momento ninguna misericordia con sus víctimas) abusadores o violadores vierten sin piedad sobre las víctimas, a las que pretenden sin pudor convertir en culpables aunque no haya ni un solo indicio que avale esta hipótesis. Después, la levedad de las penas con las que en demasiadas ocasiones se castigan estos delitos que dejan casi siempre una huella eterna en la mujer que los ha sufrido.

 

Es difícil vivir así, en un estado de alerta y de miedo perpetuos. Es peor tener el convencimiento de que, si algo te pasa, el castigo puede ser doble: la agresión padecida y el señalamiento social que acompaña a menudo a la primera. Es complicado ser mujer. Si los hombres tuviéramos que vivir de esta manera, no sé cómo reaccionaríamos. La propia sociedad se encarga, desde que nacemos, de poner a cada uno en el lugar que esta injusta estructura nos asigna, y a la mujer se le asigna el de subordinada, el de víctima, el de sufridora de tantas y tantas injusticias y agresiones.

 

Y luego está la ley. La ley suele plasmar la realidad de la sociedad de la que surge, y en nuestro caso nuestra sociedad, se diga lo que se diga, es machista. Pero está además la interpretación de esta ley, hecha por personas educadas en dicha sociedad y que pueden dar una nueva vuelta de tuerca al carácter machista de la ley. La ley es la ley y está para cumplirla, pero ley y justicia no son en demasiadas ocasiones la misma cosa. Tenemos el ejemplo en el caso del que hablamos. La agresión sexual ha sido clara, lo han afirmado todos los expertos consultados. No se ha tratado además de la primera actuación de este tipo de este pintoresco (por no decir otra cosa) grupo de amigos. Ya sé que no se juzga más que el caso de Pamplona, es cierto a nivel legal, pero también es cierto que la reiteración es un elemento a tener en cuenta, y aquí no se ha considerado. Puede que la sentencia sea legal, aunque es muy discutible. Pero desde luego no es justa. Y no es de extrañar que haya provocado tal rechazo social, porque ahonda en la indefensión y en la subordinación de la mujer en un país que se precia de ser una democracia y en la que la igualdad ante la ley se proclama a bombo y platillo y después se incumple sin ningún pudor. Porque en España si un hombre es objeto de un delito no se tiene nunca en cuenta su condición de hombre. Pero si es una mujer quien lo sufre, y en especial algunos delitos contra su propia integridad y libertad sexual, en demasiadas ocasiones se duda de su palabra e incluso se la convierte en delincuente en vez de víctima. Y no se trata de dar la razón de forma automática a todas las mujeres que denuncien un acoso, abuso o agresión sexual. Se trata de no tratarlas de forma diferente por el hecho de ser mujeres, de no perseguirlas y dudar de ellas por su condición.

 

Se trata, por una vez, de que ley y justicia sean justas.

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