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Lunes, 14 de Octubre del 2019
Sábado, 22 Noviembre 2014

España es el segundo país con más pobreza infantil de la Unión Europea

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Tino Mulas Tino Mulas CLR

CLR/Tino Mulas.

Cuando se estudia el grado de desarrollo de una sociedad se utilizan muchos ítems. Algunos de los más importantes están directamente relacionados con la infancia, con nuestros niños. Como conocedor de la materia, yo diría que incluso los más importantes tienen que ver con los más pequeños, y por tanto, desvalidos, ciudadanos de una sociedad.

Hace diez años nuestras estadísticas en este sentido eran impecables. Tasas de mortalidad infantil de las más bajas del planeta, índices de escolarización del 100%, becas para estudio y ayudas de comedor que garantizaban que todos los niños pudiesen estudiar y que ninguno pasase hambre… Éramos, en suma, uno de los mejores países del mundo para ser un niño, con todas las oportunidades para cimentar sólidamente una vida feliz.

 

Si hace diez años algún agorero anunciador de cataclismos nos hubiese turbado con algunas apocalípticas cifras, simplemente no le hubiéramos creído. Ésas eran cosas del Tercer Mundo, de países subdesarrollados y atrasados, de sociedades desigualitarias hasta el extremo. No de España. Si hace diez años alguien nos hubiera dicho que España es el segundo país con más pobreza infantil de la Unión Europea, no le hubiéramos creído.

 

Si hace diez años nos hubieran contado que el 33,8% de los españoles menores de 18 años está en riesgo de exclusión social, nos hubiéramos reído de él. Si alguien hace diez años nos hubiera asegurado que en la mayor parte de las regiones españolas no existen becas de comedor gratuitas para los más necesitados, le hubiéramos llamado catastrofista. Si alguien, hace diez años, nos hubiera dicho que el 27,2% de los niños españoles son pobres, le hubiéramos tildado de embustero y antipatriota. Si hace diez años alguien se hubiera atrevido a contarnos que entre los niños de seis años en España se nota una disminución del peso y la masa muscular debida a la malnutrición, le habríamos incluso insultado.

 

Noviembre de 2014: todas y cada una de estas cifras se han hecho reales, como lo son muchas otras que no transcribo para no alargar lo ya evidente: que en España muchos niños pasan hambre. No son datos inventados, ni escritos por enemigos del país o de su gobierno. Organizaciones tan poco sospechosas de partidismo como Unicef, Cáritas, Save the Children, asociaciones de médicos o de asistentes sociales… Todos coinciden en el mismo desolador diagnóstico. El agorero tenía razón, aunque debería de haber advertido que hablaba del futuro, no de aquel presente.

 

¿Qué respuesta cabría dar a este problema en un país no ya desarrollado, sino simplemente civilizado? El Estado, las instituciones, que existen para proteger al ciudadano en momentos de necesidad, que son sus servidores, no deberían parar hasta darle la vuelta a estas espantosas estadísticas. Los gobernantes de un país civilizado no pueden, no deben, por inacción o por desprecio, volver la vista hacia otro lado y negar la realidad. ¿Qué clase de políticos es capaz de dejar que los niños pasen hambre, que padezcan lo que ningún niño debe conocer, mientras lo niegan para evitar el daño político que la existencia de esta realidad les puede acarrear? ¿Qué estado, qué instituciones, desmienten a ONG’s que avisan de lo que ocurre, ONG’s que llevan ayudando décadas a los necesitados con absoluta independencia de quién ostente el gobierno?

 

Vergüenza. Es lo que debería sentir un país capaz de dar más de 50.000.000.000€ a los bancos sin visos de recuperarlos pero que se niega a gastar 500 millones en garantizar la alimentación básica a los desfavorecidos, y en especial a los niños. Que un solo niño pase hambre en España debería dar vergüenza al país, pero sobre todo a sus gobernantes. Y sin embargo discurren, idean y elucubran para sacar a la luz peregrinas explicaciones que niegan la realidad, no por dolorosa menos evidente, de que en España muchos niños, y sus familias, pasan hambre, mientras que se recortan o eliminan las ayudas a quienes realmente las necesitan. Muchas veces los españoles nos preguntamos cómo se puede ser tan cruel y tan insensible, cómo se puede despreciar de esa manera el sufrimiento de la gente, de los niños. Y mientras tanto las ONG’s que atienden a los necesitados hacen llamamientos desesperados ante la desaparición de las ayudas oficiales a la colaboración de la gente para reconstruir sus maltrechas reservas, de las que dependen tantos desamparados.

 

Algunos pueden decir que esto es demagogia. Otros, que los mercados mandan. Otros, que hablando de estas cuestiones se perjudica la “Marca España”.

 

Si esto es la “Marca España”, quizás deberíamos cambiar de marca.

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