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Sabado, 16 de Diciembre del 2017
Domingo, 08 Octubre 2017

Hace calor

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Hase calo, hase mucha calor, ¡la Virgen, qué calo!...

Así, de esta guisa, da comienzo una canción de esos perfectos caballeros y clásicos músicos que son los Mojinos Escozíos. Nada extraño en la frase, aparte de ese lenguaje tan suyo que utilizan.

 

Lo malo es que esta frase, que está redactada como queja por el calor de julio o de agosto, la podríamos cantar a grito pelado hoy, cuando tiramos ya más a mediados de octubre que a principios de mes.

 

Y es que el calor no nos abandona. Vale, puede que se trate del veranillo de San Miguel. Pero es que en septiembre teníamos casi las mismas temperaturas que en agosto, y en octubre estamos casi igual. La única diferencia está en las temperaturas nocturnas, que han bajado lo suficiente para que se pueda dormir más o menos bien, pero lo justito.

 

¿Qué ocurre? ¿Por qué el verano se alarga tanto como para hablar de una nueva estación, el “veroño”? ¿Por qué hay cambios tan bruscos de temperaturas en muchas regiones de España? ¿Por qué seguimos llevando a estas alturas la ropa de verano y nos dan todos los sudores del infierno si pensamos en jerseys y abrigos?

 

Pues lo que ocurre, lisa y llanamente, es que el clima está cambiando. Porque ya no se trata de episodios anormales y aislados, sino que año tras año nos encontramos con el mismo fenómeno, que además se alarga en el tiempo: las estaciones intermedias desaparecen devoradas por el invierno y, sobre todo, por el verano, mientras que las olas de calor se multiplican no sólo en verano, sino también en primavera. Las lluvias se hacen más escasas y torrenciales, y regiones en las que la palabra sequía era algo desconocido ven cómo sus pantanos se vacían alarmantemente.

 

Y eso, en nuestro país. Que en otros lugares del planeta suceden cosas mucho peores, como oleadas de huracanes de enorme fuerza destructiva que arrasan todo lo que encuentran a su paso y llegan a hacer confundir tierra y mar. O sequías de varios años que no remiten.

 

No nos engañemos: todos estos son síntomas del cambio climático que no es que esté cercano, sino que ya nos afecta directamente. Y la cosa va a ir a peor, poniendo en peligro la actual civilización humana tal y como la conocemos. No es, hay que admitirlo, la primera vez en la existencia de nuestra especie que tenemos que enfrentarnos a un cambio climático. Pero mientras que en las anteriores ocasiones estos cambios se debían a causas naturales y se desarrollaban a lo largo de milenios, el actual tiene como responsable principal al hombre y va a ser muy rápido. En unas pocas décadas pasaremos de nuestro antiguo modelo climático al nuevo, sin tiempo prácticamente para adaptarnos, con muchos espacios terrestres convertidos en inhabitables por la falta de agua, el calor, las epidemias derivadas de los nuevos climas o los desastres naturales de tipo meteorológico. Y con 7500 millones de personas que alimentar y vestir con unos recursos que, con toda seguridad, serán más escasos que los actuales.

 

Mirémoslo por el lado positivo: gastaremos mucho menos en calefacción, lo que al mismo tiempo redundará en una menor contaminación. Pero también gastaremos más en refrigeración, aunque el impacto de esta subida será menor si producimos la electricidad necesaria de forma sostenible. Y poco más de positivo podemos decir.

 

No quiero ser alarmista, pero la ocasión lo demanda. La situación va a ser mala, muy mala. Quizás los países ricos podamos sortear mejor la crisis climática que ya ha empezado, pero las naciones pobres lo tendrán casi imposible, y más si tenemos en cuenta que sus territorios serán los más afectados por estos cambios. De hecho, ya se están produciendo grandes movimientos de población debido a las sequías que se eternizan o a los huracanes y tifones que lo destruyen todo. Y me temo que al final varios cientos de millones de personas no tendrán otra solución que convertirse en refugiados climáticos y esperar la solidaridad de quienes tienen más medios para enfrentarse al desastre. Aunque ya estamos viendo que esa solidaridad, por decirlo claro, poco menos que no existe.

 

En su canción los Mojinos Escozíos dan una solución propia para combatir las olas de calor: los tsunamis de cerveza. Me temo que ni así saldremos bien parados de la que se nos viene encima. Pero algo debemos hacer al respecto, ya sea desde el punto de vista institucional, ya sea desde nuestra actuación personal día a día. No podemos para el cambio climático, pero sí hacer menor su impacto. Que los Mojinos no tengan que sacar un nuevo disco con un título como “Estos es un infierno” o “Se está mejor dentro del horno”.

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