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Lunes, 15 de Octubre del 2018
Jueves, 23 Agosto 2018

¡Heil, Torra!

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

El nacionalismo, todos los nacionalismos, son peligrosos. No me canso de repetirlo, siempre que puedo lo digo: el nacionalismo es excluyente, pone lo suyo, su idiosincrasia, sus objetivos, sobre todo lo demás. Y va siempre de menos a más: de reivindicar la propia cultura, la propia identidad, pasa a la confrontación con otro nacionalismo, la búsqueda al precio que sea de un estado propio y para finalizar, el expansionismo y el imperialismo.

En España somos muy duchos en ello. España es un estado en el que, al menos en el sentido histórico del término, conviven varias naciones, teniendo en cuenta que el término nación se refiere a gentes con una historia, una cultura, un idioma y a veces una religión común. Pero España, al menos en mi opinión, dejó de ser un estado en el que un nacionalismo, el español, se imponía sobre los demás para convertirse en una comunidad en la que todos aportábamos nuestras particularidades para construir nuestro país común y diverso, parte integrante de una Europa cada día más unida que busca la paz y la justicia para toda la Humanidad.

 

Pero quedan todavía, en mi opinión, demasiados rescoldos en España de ese viejo sistema de imposición que tanto daño hizo al país y a sus ciudadanos. Durante los cuarenta y tres años transcurridos desde la muerte del dictador Francisco Franco un nacionalismo, el español, ha ido perdiendo poder mientras que los denominados nacionalismos periféricos lo han ganado. Algunos desembocaron en atroces movimientos que recordaban al fascismo más puro y duro, como es el caso del nacionalismo vasco radical. Otros, que parecían más moderados y posibilistas, están en camino de ello.

 

El nacionalismo catalán fue durante décadas pieza fundamental de la gobernabilidad de la España democrática, pidiendo poco a cambio: por mucho que algunos se empeñen, el Estatuto de Autonomía de Cataluña tiene mucho que envidiar a los de Navarra y el País Vasco, y se parece demasiado a los del resto de comunidades autónomas españolas. Cuando se planteó una mejora del Estatuto para resolver las tensiones independentistas en el nacionalismo catalán, algún partido político nacional utilizó el tema para atacar al gobierno de entonces, cometiendo una grave irresponsabilidad que llegaron después a reconocer destacados miembros de dicha formación. En el nacionalismo se verificó entonces un proceso de deriva radical hacia el independentismo, que utilizó la legalidad y el poder político que detentaba para intentar separar a Cataluña de España. Una idea perfectamente legítima, como casi cualquier otra, pero cuya imposición a una mayoría de catalanes mediante unos métodos cada día más próximos a la amenaza y la violencia es simplemente inaceptable.

 

El independentismo catalán es una constelación de movimientos políticos y sociales absolutamente transversal, una especie de olla en la que conviven numerosos ingredientes que sólo tienen en común eso: la independencia. Esta amalgama tuvo una magnífica idea para conseguir sus intereses: diseñar una estrategia paulatina, el procès, perfectamente elaborada, con los tiempos y los hechos muy medidos y que puso en aprietos al Estado Español, cuya reacción fue poco estructurada y no estuvo a la altura de las circunstancias.

 

Pero el procès no tuvo en cuanta algunas cuestiones fundamentales que pronto se hicieron palpables: lo primero, que no todos los catalanes quieren la independencia, ni siquiera la mitad de ellos. Es decir, que aunque haya aumentado su influencia, el independentismo es minoritario. Lo segundo, la carencia de un mandato popular legal y legítimo para culminar el proceso independentista, por mucho que se agarren como a un clavo ardiendo al pseudoreferéndum del 1 de octubre de 2017 y su pretendido “mandato democrático” más propio de un bantustán sudafricano que de la moderna y democrática Cataluña. Y tras la declaración de independencia de 15 segundos por el entonces President de la Generalitat Puigdemont, su huida poco honrosa dejando ante los caballos a casi todos sus socios y la aplicación del artículo 155, el procès parecía condenado a desparecer, máxime ante la división de sus principales protagonistas.

 

Pero no. El independentismo consideró que había que cambiar hacia la acción directa, hacia la conquista de la calle, hacia la propaganda y hacia la amenaza al contrario o al que simplemente no piensa como ellos. Aparecieron los CDR (Comités de defensa de la república), cuyos métodos de acción inmediatamente derivaron hacia la intimidación y el ataque al contrario mediante el acoso, el boicot o la agresión a negocios o sedes políticas. Llenaron las calles de Cataluña con simbología independentista e iniciaron un periodo de confrontación total con el estado, al que acusaban de cosas tan increíbles como genocidio. Puigdemont, quien no podía regresar a España, tuvo a bien buscar una marioneta que gobernase en su nombre la recién reconquistada Generalitat para iniciar un periodo de enfrentamiento total con el Estado que escondiese su minoría social y su creciente división. Y encontró a la persona perfecta en Joaquim Torra, una de las más destacadas “cabezas pensantes” del independentismo más radical, propagandista de la raza y del ADN catalanes que no quiere ver contaminados con la idiotizada “raza española”, causante de todos los males del mundo y perdición de Cataluña, a la que corroe como un cáncer. Tantas y tan bárbaras habían sido las afirmaciones de Torra en este sentido que tuvo que realizar un exhaustivo borrado de las mismas en las redes sociales para parecer un poco más presentable.

 

Pero poco se ha cortado Torra en esconder sus ideas ultrarradicales. Porque Torra no busca sólo la independencia de Cataluña: el President odia profundamente a España, a sus gentes, a su cultura, a su historia. Odia también la democracia, como demuestra el hecho de que mienta con tanto descaro sobre el apoyo que tiene del pueblo catalán; para él el pueblo catalán, al igual que para los grandes dictadores y autócratas de la historia, es única y exclusivamente el que piensa como él y le obedece. Odia profundamente la igualdad de los ciudadanos, enviando a la policía a perseguir a quienes quitan símbolos independentistas de las calles pero no a quienes los colocan; no soporta la ley que no sea la impuesta por él, no acatándola si no lo interesa. Le dan igual las víctimas del terrorismo, diferenciando entre catalanas y españolas, y no respeta ni su dolor cuando en el aniversario del atentado de Barcelona rinde homenaje con mayor énfasis a los políticos independentistas encarcelados o procesados que a las propias víctimas.

 

No es que Torra sea el líder infalible e indiscutible, sino que en realidad actúa de cabeza visible del movimiento independentista más radical, menos democrático y pragmático, y de cara visible del Puigdemont. Pero Torra se está ganando a pulso el título de Guía, de Jefe, de Conductor del movimiento. Y la cosa no tiene visos de mejorar, porque entre banderas al viento e incondicionales entregados Torra sigue largando por esa boquita lindezas que llaman al ataque contra los que no son como ellos, aunque luego intente disimularlo. Y viendo que le falta fuerza, intenta suplirla mediante el enfrentamiento, la provocación y el altercado permanente. Y la cosa se pone fea en Cataluña, y Torra se congratula de ello. Porque, cuanto peor, mejor.

 

¿Sabe, señor Torra? En mi opinión usted y los suyos son un residuo del franquismo, su consecuencia. Y creo que ni siquiera se dan cuenta. Por eso no me queda otra que decir ¡Heil, Torra!

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