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Miércoles, 15 de Agosto del 2018
Sábado, 07 Julio 2018

La Andelma, salvada

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Vamos a ver si nos enteramos. Han de saber los habitantes de la villa de Cieza que poseen un patrimonio (en su mayor parte casi desconocido y sin poner en valor) que ya quisieran para sí la mayor parte de los pueblos y ciudades de España. Eso sí, en pocos de ellos se pone tanto empeño en destrozarlos e ignorarlos como aquí.

Se acaba de conocer la declaración de La Andelma como Bien de Interés Cultural con categoría de lugar de interés etnográfico. Esto significa que una nueva joya se suma a otras pocas ya protegidas en nuestra ciudad, y esperemos que las muchas que están en lista de espera alcancen en el menor plazo posible este puerto seguro para nuestra herencia patrimonial.

 

No ha sido fácil. Fíjense ustedes, mis queridas lectoras y lectores, que unos señores que hablaban latín construyeron hace dos mil años esta pequeña y grande a la vez infraestructura, un canal que permitía regar las tierras por encima del nivel del río Thader (nuestro Segura) y que traían a nuestra vega (la suya entonces) la riqueza y el bienestar. Y mil años después ésta y otras acequias crecían bajo la batuta de los maestros del regadío musulmanes y convertían de nuevo en un rico vergel las tierras que bordean el Segura más arriba de su nivel de base y que de no mediar su intervención serían un vulgar e improductivo secarral. Y he aquí que de estas acequias surge la pujante agricultura de regadío que da vida a la Cieza actual. Cuatro acequias tradicionales, tres de ellas de origen romano y una cuarta musulmana, extienden sus arterias de agua para regar la vida y el presente de Cieza y su comarca.

 

Pero no sé muy bien por qué (aunque alguna pista tengo, no vayan ustedes a creer) las fuerzas del mal o los oscuros intereses comerciales, que vienen a ser lo mismo, deciden que hay que entubar las acequias para obtener mayores rendimientos y desperdiciar menos agua, para así plantar más árboles cuya explotación conseguirá al final estirar hasta el punto de ruptura los recursos hídricos y hacer caer los precios de nuestros productos precisamente por exceso de producción. Y dicho y hecho, tres de las cuatro acequias tradicionales son completamente entubadas y la cuarta, la Andelma, está al borde de acabar de la misma manera. Y es entonces cuando, en una reacción que honra a muchos de los habitantes de Cieza, la gente se organiza y se planta ante la decisión de acabar también con la Andelma de esos modernos Atilas que sólo parecen entender una cosa en esta vida: su propio beneficio. Y la movilización logra finalmente lo que casi todo el mundo en Cieza deseaba: que al menos una parte de la Andelma se salve de ser entubada.

 

Y es que la Andelma es Cieza, y Cieza no se entiende sin la Andelma. El ecosistema que crean las filtraciones del agua transportada hace que buena parte de la Atalaya y zonas adyacentes sorprendan al recién llegado (como me sucedió a mí cuando pude contemplarlo por primera vez y siempre que lo veo) con un entorno vivo, verde, frondoso, más propio de latitudes más septentrionales que de la idea que todos los foráneos tenemos de lo que es Murcia: casi un desierto. El rumor del agua corriendo por la acequia, el frescor que los árboles que crecen a su vera ofrecen al caminante, las huertas que con su agua hacen crecer los primores de sus verduras y frutales, todos ellos constituyen un oasis para la vida y una seña de identidad que son el origen de la ciudad de Cieza. Perder la Andelma es perder la esencia de Cieza, su origen, su alma. Y por una vez el grito de la ciudadanía, de las personas, ha sido escuchado. La Andelma, al menos en parte, se ha salvado.

 

Quizás algunos piensen que salvar la Andelma es un error. Que malgastar una parte (pequeña por cierto) del agua que transporta en mantener un ecosistema original y único es un despilfarro sin sentido. Son libres de hacerlo. Pero me van a permitir que no comulgue con ellos. En primer lugar, porque la Andelma es nuestra, y también suya, es de todos. Y la mayoría de nosotros queremos que se quede como está, como la hicieron hace dos mil años los romanos y la mejoraron hace mil los musulmanes de Siyâsa. Como la conocieron los abuelos de quienes hoy viven aquí, que nunca llegaron a imaginar que alguien, y menos de Cieza, pudiera poner en peligro algo tan nuestro. Y digo más: a los que creen que no entubar la Andelma supone una pérdida de beneficios, pregunten a quienes se encuentren por los caminos de la Atalaya por qué pasean por ellos, y si son de fuera de Cieza, qué han venido a ver aquí y cuánto han gastado en nuestro pueblo. Que si no es por simple tradición y respeto a nuestro patrimonio, al menos que se den cuenta de que la Andelma en su estado natural es también un reclamo para que las gentes de fuera nos visiten y dejen en Cieza unas ganancias sustanciosas en el sector de la hostelería. Es decir, que beneficien a casi toda Cieza.

 

La Andelma parece salvada. Al menos de momento. Que así sea y continúe por mucho, mucho tiempo.

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