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Miércoles, 20 de Noviembre del 2019
Sábado, 12 Octubre 2019

La economía se enfría (otra vez)

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Y mira que lo avisaron. Pero los que mandan y acaparan la riqueza no aprenden. La economía, esa que rige nuestros destinos, las guerras y las paces, las felicidades y las tristezas del orbe, no sólo se enfría sino que su pronóstico tiene mala pinta.

Casi desde el mismo momento en que quienes más interesados estaban en ello anunciaron el final de la crisis otros muchos, curiosamente los que más sabían del asunto, advirtieron de que se trataba de una salida en falso. Lo dijeron sin tapujos, sin ambages: aquí no se ha solucionado nada, se han puesto algunos paños calientes que se enfriarán enseguida y después volveremos a bailar, y no precisamente un vals. Recuerdo a los líderes mundiales, allá por 2010, 2011 y 2012, hablar de que el capitalismo había fallado, de que la falta de controles había desencadenado la codicia de quienes más tenían y de que había que instaurar unas reglas a nivel internacional, un capitalismo moderno para evitar una futura catástrofe económica a escala mundial. Hoy, en 2019, no se ha hecho absolutamente nada y el espejismo de bonanza económica (que poco ha durado, por cierto) deja paso a la cruda realidad.

 

Y la cruda realidad es que la situación va a peor. Por varios factores, es cierto, aunque algunos (muchos) de ellos son los mismos que a finales de la pasada década y principios de la actual nos llevaron a una de las peores crisis económicas de la historia reciente. Por ejemplo, las burbujas crediticias e inmobiliarias en muchos países y la especulación incontrolada en las finanzas mundiales. Por ejemplo, la reducción continuada de la imposición a las grandes fortunas y multinacionales que desangra las haciendas de los estados y dispara el déficit y el endeudamiento. Por ejemplo, el empobrecimiento de la inmensa mayoría de las poblaciones a cambio del enriquecimiento sin precedentes de una mínima minoría. Por ejemplo, la existencia de paraísos fiscales donde se refugian de cumplir sus deberes impositivos los grandes capitales mundiales. Por ejemplo, las guerras comerciales desatadas por payasos (perdónenme los verdaderos payasos) de feria que no tienen la más mínima idea de por dónde van los tiros en la economía mundial. Como dice mi madre, entre todos la mataron y ella sola se murió.

 

Para explicarlo con claridad: la riqueza no es infinita. ¡Qué más quisiéramos que así fuese! Pero no. Y como la riqueza no es infinita, si alguien se queda con una mayor porción de la que le correspondería en un reparto igualitario, algún otro perderá una parte de la suya. Y si es una parte muy grande, pues muchos otros perderán un trozo de lo que les correspondería. Para decirlo de forma entendible: si tenemos una mandarina de ocho gajos para repartir entre ocho personas, si alguno se queda con tres otros se quedarán sin ninguno, o habrá que repartir los cinco gajos que quedan entre las siete personas menos afortunadas. ¿Cómo hacer que los perjudicados no protesten? Pues añadiendo más gajos, una parte de los cuales irá a manos del acaparador y otra parte mantendrá tranquilos a quienes menos tienen. La mandarina simbolizaría la riqueza existente y los gajos extra el crecimiento económico, el cual serviría sobre todo para mantener razonablemente controlado el desequilibrio y la desigualdad.

 

¿Y qué ocurre cuando ya no hay gajos extra, cuando el crecimiento económico cesa? Pues que el acaparador presta gajos a quienes menos tienen, manteniendo así la apariencia de crecimiento y de que hay gajos para todos. Pero claro, esos gajos hay que devolverlos con intereses, y dado que su número es limitado llegará un momento en que no se puedan devolver y el reparto de gajos se revele como lo que es: injusto y desigual. Y entonces puede haber problemas. Y problemas serios.

 

¿Que es una explicación simplista? ¡Pues claro! Pero en esencia la economía mundial funciona así. La desigualdad en el reparto de la riqueza, el acaparamiento de recursos, el avance de la pobreza incluso en los países desarrollados, la inmunidad fiscal, legal o ilegal, de los más poderosos, todos son hechos incontrovertibles que nadie en absoluto puede negar. Y lo malo es que ocurre en casi todo el mundo, por no decir en todo. Y lo peor es que nadie hace nada por evitar lo que se avecina, que desde luego puede ser muy desagradable. Y así no es de extrañar que los pueblos de día en día más empobrecidos desconfíen de sus gobernantes y se echen en brazos de charlatanes indignos de retórica encendida que prometen lo que saben que no pueden cumplir y apoyan aún más a quienes más tienen.

 

¿Qué puede ocurrir? No lo sé a ciencia cierta. Algunos economistas creen que la crisis que nos persigue de cerca será menos virulenta que la anterior, ya que se están tomando algunas medidas de tipo monetario para suavizarla. Otros afirman que será aún peor, dado que los estados están sobreendeudados y no han conseguido reducir sus deudas públicas ante la bajada de impuestos a los ricos, todo ello aderezado con la disminución de los intercambios internacionales por la guerra comercial desatada por Trump y con los crecientes efectos del cambio climático. Personalmente no soy un experto en la materia, pero visto lo visto soy pesimista y me inclino a pensar que como siempre los dirigentes mundiales hablarán mucho pero no harán nada para solucionar el problema; más bien y como es su costumbre intentarán por todos los medios salvaguardar los intereses de los privilegiados, aunque ello cueste a los demás miseria y hambre.

 

Y ello traerá consecuencias, serias y graves.

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