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Miércoles, 20 de Noviembre del 2019
Sábado, 02 Noviembre 2019

Móviles y aulas no mezclan bien

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Escena cotidiana en un aula española. La profesora explica el tema y escribe en la pizarra. No ve, de momento, cómo una alumna ha aprovechado que la enseñante está de espaldas a la clase para coger su móvil y sacarle una foto, que envía después por wasap a todos sus contactos.

De repente la profesora se da la vuelta y pilla in fraganti a la alumna. Inmediatamente le exige que le dé el móvil. La alumna se niega. La profesora se lo vuelve a pedir, informándole de que si persiste en la negativa se le abrirá un expediente por falta grave. La alumna sigue en sus trece, así que la profesora llama a un jefe de estudios para que se lleve a la alumna e inicie el expediente.

 

El resto de la historia depende de cuál sea el centro educativo en el que suceda. Pero la historia se repite en prácticamente todos ellos. Y es que los móviles en el aula constituyen en demasiadas ocasiones un problema.

 

Veamos los pros y los contras. En favor del uso de los móviles en la educación está el hecho de que el alumnado actual es nativo digital; es decir, desde que eran prácticamente bebés manejan dispositivos electrónicos, y lo hacen con absoluta soltura y sencillez. Por ello una buena estrategia didáctica puede aprovechar esta herramienta para mejorar el proceso de enseñanza aprendizaje. También abre el móvil una ventana a los inmensos recursos e informaciones que la red contiene.

 

Lamentablemente los pros acaban ahí. Porque como casi todo en esta vida, los móviles tienen sus ventajas, pero también sus inconvenientes. Unos inconvenientes que se relacionan con el mal uso que se haga de ellos. Y lo malo es que se hace un pésimo uso de estos dispositivos, en especial dentro de los centros educativos. Empezando por su uso en el aula cuando no está permitido hacerlo. Muchísimos alumnos intentan hacer fotografías, enviar mensajes o incluso jugar en medio de una clase. Pretenden hacerlo a escondidas, pensando que su profesor/a no puede verlos. Naturalmente mientras manipulan el móvil no atienden a las explicaciones del docente, perdiendo así el paso de su propio proceso educativo e hipotecando su futuro. Y si el profesor/a les ve y les pide el móvil, el conflicto está servido. Como mínimo los padres deberán pasar a retirar el aparato confiscado. Pero como conté al principio, las consecuencias pueden ser mucho más graves.

 

Otro caso: unos alumnos graban a otro con un móvil, manipulan el vídeo y lo comparten por las redes sociales para burlarse de él. O incluso hacen lo mismo con un profesor. Las consecuencias serán siempre muy negativas: para la persona objeto de la burla primero, pero también para los propios autores, que de ser identificados (lo cual es más que habitual) recibirán también sanciones importantes.

 

Un ejemplo también más que habitual: una chica está estudiando en su habitación para un examen. Tiene el móvil a su lado, y constantemente interrumpe su estudio para leer y responder los mensajes que le llegan. Al día siguiente suspende el examen, a pesar de que en teoría haya estudiado durante varias horas. Pero lo que en realidad ha hecho es manejar el móvil durante varias horas, intentando estudiar entre mensaje y mensaje.

 

Y otro más, aunque este a un nivel algo diferente: en el recreo, en el patio, en un banco, podemos ver a un grupo de chicas y chicos extrañamente silenciosos. En una mano sostienen el bocadillo, y en la otra el móvil. Están, increíblemente, conversando entre sí a través de una app. Estos chicos y chicas hablan cada vez menos de persona a persona, cara a cara, no desarrollan las habilidades sociales que necesitarán después para interactuar con los demás individuos que conforman la sociedad y ello les acarreará serios problemas en un futuro.

 

No voy a hacer un análisis profundo de las causas de estos aspectos negativos del empleo de móviles, en especial en el ámbito educativo. Pero sí creo que todo el mundo está de acuerdo en algunas cuestiones básicas. Por ejemplo, en que en su mayor parte el mal uso o abuso de los teléfonos móviles se debe a la deficiente educación que los niños y niñas reciben de sus familias, reforzada en sus aspectos negativos por el mal ejemplo que les dan sus propios padres. En primer lugar la permisividad familiar y la defensa a ultranza que muchos padres hacen de sus hijos hacen pensar a estos que pueden hacer lo que quieran, donde quieran y cuando quieran, ignorando las normas o menospreciando el daño que se le pueda causar a los demás; en caso de ser sancionados por sus infracciones demasiados padres defienden a sus hijos ante los docentes, dándoles en realidad una pésima educación y un peor ejemplo. Ejemplo negativo que ya ofrecen en sus casas, donde no sólo no ponen límites al uso que hacen sus hijos de los móviles, sino que ellos mismos están permanentemente conectados y mirando la pantalla, sin hacer caso a sus niños, por lo que estos no reciben más que un mensaje: mis padres pasan de mí y les interesa más lo que ven en su móvil que hablar conmigo. Y, naturalmente, acabarán haciendo lo mismo que sus progenitores, para los cuales este estado de cosas resulta además de lo más cómodo.

 

No se puede obviar tampoco el factor social. Y es que nuestra sociedad se digitaliza a pasos agigantados, y los intereses económicos y políticos empujan a los individuos, sean de la edad que sean, a vivir una existencia digital que para muchos es más grata que su vida real. Olvidando o amortiguando, de paso, los problemas reales que afectan a la sociedad y al individuo. Por ello el uso de los teléfonos móviles, auténticos y avanzados centros multimedia, está bien visto socialmente e incluso promovido desde los ámbitos de poder.

 

¿Cuál es el balance entre aspectos positivos y negativos del uso de móviles? Pues me temo que pesan más los negativos que los positivos. Al menos en lo que se refiere a su uso en los centros educativos. De hecho constituyen más un problema que un recurso, y ello se debe al mal uso que se hace de ellos. Si el alumnado (o una buena parte de él, que también hay muchos alumnos que cumplen las normas) recibiese en sus casas una educación adecuada, los casos de abuso y mal uso de los teléfonos móviles en colegios e institutos bajarían notablemente. Si algunos padres no defendiesen a sus hijos cuando se les sanciona por estos hechos, sus hijos recibirían un mensaje claro: he incumplido las normas y no tenía que haberlo hecho, me van a castigar por ello. Si la sociedad no fuese tampoco tan permisiva y no impulsase al uso compulsivo y continuado del móvil, el impulso de utilizarlo donde y cuando no se debe sería mucho menos intenso.

 

En algunos países lo tienen claro: el móvil no se puede llevar al centro educativo. Tal es el caso de Francia, con un sistema educativo muy superior al nuestro y donde los sectores implicados han llegado a la conclusión de que el móvil es un obstáculo para la buena marcha del proceso educativo. En otros, como en España, algunas comunidades autónomas han tomado medidas al respecto, pero en otras no hay ninguna normativa general, dejándose a cada centro la capacidad de desarrollar la suya propia. ¿Qué deberíamos hacer nosotros? En mi opinión, dejar el móvil fuera de los institutos y colegios en tanto en cuanto no haya un giro radical del uso (nocivo) que se hace de él en demasiadas ocasiones. Y para quienes dicen (con cierta razón) que el móvil puede constituir un valioso recurso didáctico, una sugerencia.: si los centros educativos tuviesen un equipamiento informático suficiente, ¿harían falta los móviles en ellos?

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