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Domingo, 08 de Diciembre del 2019
Sábado, 21 Septiembre 2019

¿Nos merecemos a nuestra clase política?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Cada pueblo tiene lo que se merece. Esta vieja máxima podría ser o no verdad dependiendo de la época y el lugar. Pero creo de verdad que hoy, en la segunda mitad del decimonoveno año del vigésimo primer siglo D.C., en España, esto no es cierto. Creo y afirmo que el sufrido pueblo español no se merece a su clase política.

Entiéndase por clase política a la que nos manda o intenta mandarnos a nivel nacional. O incluso a nivel regional. Otra cosa es, al menos en mi opinión, nuestros representantes locales, en especial en localidades de pequeño o mediano tamaño, mucho más próximos a los ciudadanos, con los que conviven y pasan el día a día. La cuestión es que el vergonzoso espectáculo que hemos podido ver en los últimos meses nos da una idea bastante exacta de por dónde van los tiros.

 

Hoy, 18 de septiembre, se ha hecho oficial que el próximo 10 de noviembre tendremos nuevas elecciones generales. Hoy, 18 de septiembre, el parlamento español se ha convertido de nuevo en un patio de colegio en el que los niños (léase los diputados) se echan la culpa unos a otros de la tragicomedia en forma de repetición de las elecciones que vive el país. Incapaces de ponerse de acuerdo, de ceder; incapaces de mirar más allá de sus propias narices, de sus intereses de partido; incapaces de pensar en España, en el verdadero país, no en su concepto excluyente e irreal de nación; incapaces de ser políticos al servicio del pueblo, se culpan ahora entre ellos de provocar las enésimas elecciones en los últimos años.

 

Unos negocian sin tener intención de llegar a un acuerdo, o queriendo imponer a toda costa sus tesis e intereses. Otros olvidan que España necesita un gobierno, a sabiendas de que para ellos y por el momento es imposible desempeñarlo. Otros recurren a la prestidigitación en un intento desesperado de ganar protagonismo o recuperar votos. Nadie se acuerda de que son representantes del pueblo, de todo el pueblo, no sólo de una parte del mismo, y que su misión fundamental y única es representar a ese pueblo y buscar su bienestar y su felicidad. Olvidan todo esto y se enzarzan en discusiones bizantinas cuyo único objetivo es negar en teoría al oponente político el pan y la sal, cuando no salvaguardar su posición y privilegios. Hacen de todo, menos lo que deben.

 

No debe parecer extraña entonces la creciente desafección del pueblo español hacia sus políticos. No lo sé con exactitud absoluta, pero creo que España es el país de Europa en el que peor valoración recibe su clase política en general. Desde luego es el único en el que los políticos se han convertido en uno de los principales problemas para los ciudadanos de su país. Ello nos da idea del desprestigio al que ha llegado nuestra clase política. Y si alguien tacha mis afirmaciones de populistas o demagógicas, le remito a las páginas del CIS, en las que podrá corroborar algunas de ellas. Y algunas más que no plasmo en este artículo.

 

Y fíjense ustedes: aun así tenemos que estar agradecidos. Porque aquí, en España, al menos tenemos la posibilidad de elegir a quienes nos malmandan, nos malgobiernan y nos malrepresentan. Que en otros sitios no tienen tanta suerte y deben aguantar de por vida a sus mandamases sin posibilidad de moverles de la poltrona, al menos pacífica y legalmente. El problema es que tampoco tenemos mucho para elegir, porque parece incluso que la casta se va enquistando y engordando y la nueva política cada vez se parece más a la antigua. El caso es que en un par de meses nos veremos de nuevo en las urnas, tras una campaña política absolutamente agotadora e insoportable en la que los insultos, las mentiras y las descalificaciones, estoy seguro, predominarán sobre las propuestas, las ideas y el debate sereno. Todos jurarán que ellos tienen razón y los demás no, todos se llenarán la boca con palabras como patria, pueblo, democracia, libertad, palabras que resumen lo que deberían ser sus objetivos, sus auténticas declaraciones de intenciones, pero que, a fuer de sincero, en ellos suenan vacías, huecas, incluso falsas.

 

Yo votaré. Es mi obligación como ciudadano, es mi decisión como español. Como todo compatriota, tengo mis opiniones y mis preferencias, pero me temo que como casi todos mis conciudadanos lo haré con desgana, sin tener muy claro que vayamos a conseguir siquiera que la situación realmente cambie. Y tú, querida lectora, y tú, querido lector, deberías en mi opinión hacer lo mismo, porque para poder después exigir tenemos primero que depositar nuestro sufragio en una urna. Aunque lo hagamos con desgana y sin ilusión.

 

Que me temo que es lo que va a ocurrir.

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