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Viernes, 24 de Noviembre del 2017
Domingo, 19 Marzo 2017

Nos quedamos sin caja

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Acaba de hacerse pública la fusión (más bien absorción) entre Bankia y Banco Mare Nostrum. Una noticia de importancia económica evidente, ya que el nuevo banco tendrá unos activos de unos 230.000 millones de euros, administrados por 17.500 empleados, y dispondrá de más de 2.500 oficinas de cara al cliente.

Una noticia importante, relevante, que no obstante olvidaremos dentro de unos días, hasta que los clientes de ambos bancos empiecen a recibir cartas con nuevos logos e información de la nueve entidad. Y sin embargo, la noticia tiene un trasfondo que muchas veces se escapa, que no es noticia, pero que para la gente común, para la mayoría de los clientes de este nuevo banco y para muchas otras personas que no lo son, supone el final de una época: la de las Cajas de Ahorros como entidades no sólo financieras, sino sociales.

 

Las Cajas de Ahorros en nuestro país nacieron en forma de Monte de Piedad, algo así como una casa de empeños pero con fin netamente social, en la que cualquier persona acuciada por dificultades financieras podía empeñar alguna pertenencia de valor y, si después mejoraba su situación, rescatarla sin pagar casi interés. Posteriormente las Cajas de Ahorro empezaron a captar imposiciones de clientes pagando por ellas un interés, al tiempo que realizaban préstamos no financieros, casi siempre a clientes particulares y pequeñas y medianas empresas. Todo ello en un ámbito territorial limitado, y con la obligación de destinar una parte importante de sus beneficios a fines sociales: lo que siempre hemos conocido como obra social. Además, en su dirección, la Asamblea General, debían estar representados sus trabajadores, los impositores, los fundadores y las Administraciones Públicas. En resumen: las Cajas de Ahorro eran, utilizando un símil publicitario, el auténtico Banco de la Gente.

 

Pero todo esto cambió a partir de 1977, año en el que se eliminaron las trabas legales a la actuación de las Cajas de Ahorro, que empezaron a actuar progresivamente más como bancos comerciales, buscando exclusivamente el beneficio económico, y menos como Cajas, reduciendo su actividad social. En 2013 una nueva ley obligaba a las Cajas a convertirse en bancos o a restringir su actividad a su comunidad autónoma de origen, no sobrepasando los 10.000 millones de activos. Mientras tanto los partidos políticos entraron en muchas de las Cajas como si fueran su feudo particular, arruinando buena parte de ellas con una gestión suicida e incluso saqueándolas en más de una ocasión, debiendo el país entero acudir a rescatarlas. Como resultado, hoy día sólo quedan en España dos cajas de ahorro, de las decenas que existieron: Caja Ontinyent y Caja Pollença. Las demás, aunque en algunos casos mantienen aún el nombre de Caja, son ya bancos con todas las de la ley, cundo no se integran en grandes grupos financieros de forzada creación por la Administración.

 

Las Cajas ya no son Cajas. Aquella entidad que lubrificaba el funcionamiento de la economía local, que conocía a sus clientes y sabía de sus posibilidades y necesidades, que apoyaba a los más necesitados de la comunidad, que era en muchas ocasiones el reducto de la cultura y el arte, es hoy en día una máquina con un fin exclusivo: la obtención de beneficio. La antigua finalidad social no ha desaparecido del todo, pero en la actualidad se dedica mucho más a actividades que pueden ser consideradas elitistas que al apoyo a quienes más necesitan de ese apoyo. Se desmantelan buena parte de las infraestructuras sociales de las Cajas, dejando así desatendidos a muchos ciudadanos desfavorecidos. Y al mismo tiempo la salvación de esas Cajas que ya no son lo que eran ha exigido del país un esfuerzo sobrehumano que se ha traducido en recortes a troche y a moche y empeoramiento generalizado de las condiciones de vida de los españoles. Esas Cajas que ya no ayudan se han llevado más de 50.000 millones de euros para tapar unos agujeros cuyos culpables siguen en libertad a pesar de estar en muchos casos condenados por sus desmanes. De ese dinero apenas se ha recuperado una mínima parte. Ahora, con la nueva fusión, los responsables del Ministerio de Economía dicen que se va a recuperar una parte importante del rescate. Que según ellos mismos, por cierto, nunca se produjo. Y como rara vez las palabras de estos responsables coinciden con la realidad, me va a permitir el lector que no me lo crea. Y le aconsejo que haga lo mismo. Lo que sí creo, porque lo veo, es que las Cajas ya no son el Banco de la Gente. Y nuestra CajaMurcia, reconvertida hoy en Banco Mare Nostrum con otras dos Cajas, será absorbida por Bankia y poco a poco dejará de ser la Caja de Murcia, de la Región, de los murcianos, para pasar a formar parte de un conglomerado gigante en forma de banco comercial y financiero.

 

Y es que los tiempos cambian que es una barbaridad. Aunque no siempre para bien. Y últimamente, casi nunca.

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