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Domingo, 07 de Marzo del 2021
Viernes, 25 Diciembre 2020

Nuestros mejores deseos (con fecha de caducidad)

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Estoy escribiendo este artículo en la mañana de Nochebuena. Mientras recibo y envío felicitaciones con nuestros mejores deseos no puedo sino emocionarme ante este tsunami de buenas intenciones y de cariño que a casi todos los que celebramos la Navidad en este mundo nos inunda y sumerge (placenteramente) por estas fechas.

Me gustaría, me encantaría, y creo que es algo común a todos los seres humanos, que estos deseos de paz, amor y prosperidad se convirtieran en una realidad permanente. Que no hiciera falta sino renovar los votos cada año para que la felicidad se enseñorease de nuestro pequeño mundo. Que incluso llegase a ser innecesario desear ventura y dicha a los demás, porque estuviésemos permanentemente instalados en ella. Lamentablemente, lo que tanto nos encantaría difiere mucho de la realidad.

 

Porque nuestra realidad, la del dos mil veinte, la de la Navidad de la pandemia, es muy triste. Por el momento estamos semiconfinados, sin poder ver en muchas ocasiones a nuestros seres queridos y a meses, tal vez años, de poder ver superada la pandemia. Mucha gente, demasiada gente, ha perdido su empleo, su empresa, su medio de vida… Hay ayudas, es verdad, pero en una sociedad como la nuestra nunca, repito, nunca, se dan las ayudas suficientes. Otros están enfermos, y no solo de Covid-19. Otros, desgraciadamente demasiados, han muerto por la pandemia o padecen sus consecuencias. Algunos inconscientes siguen viviendo su vida como si no pasara nada y agravan y alargan las consecuencias de la enfermedad, sacrificando a los demás en su egoísmo hedonista.

 

Hoy nos deseamos lo mejor. Además, con sinceridad. Hoy muchas rencillas se olvidan, muchos agravios se pasan por alto, muchas ofensas se sepultan en el fondo del cajón. Y casi todo el mundo parece más contento, incluso más feliz. Pero dentro de unos días, si no antes, este buen ambiente habrá desparecido, como desaparecen en otoño las hojas de los árboles, poco a poco y con un leve susurro. Y volveremos a lo de siempre, al enfrentamiento, a la desigualdad, a la miseria moral, a la adoración del dios dinero. Y nuestro mundo se parecerá más a un valle de lágrimas que a ese edén de buenos deseos y felicidad que queremos para estas fechas.

 

Así que propongo una cosa: alargar la Navidad. Y no me refiero a las comilonas, a las fiestas (que ojalá este año sean pocas o ninguna), a las reuniones con la familia y los amigos (que aunque nos duela, deberíamos evitar), sino a la concordia, a la solidaridad, al pensar en los demás tanto como en uno mismo. Sin regalos ni turrones, porque todas esas cosas buenas pierden su valor si se repiten con frecuencia, pero con paz y amor para todos. Y si además acabáramos con la pandemia, muchísimo mejor. Entonces podríamos decir que la Navidad dura 365 días, y no por ser Navidad, sino por ser la única época del año en la que la gente se abre a mostrar los que deberían ser sus sentimientos habituales, pero que para muchos solo afloran en esta época.

 

En fin, creo que me entendéis cuando digo que quiero que lo que sentimos ahora lo sintamos durante el resto del año, que nos comportemos como buenas personas preocupadas por los demás y no como egoístas que solo nos ocupamos de nosotros mismos. Que no tengamos que desearnos lo mejor porque siempre lo tengamos. Que la tregua para todo lo malo que siempre trae la Navidad dure, sin ir más lejos, hasta la siguiente.

 

Por todo lo cual os deseo una muy, muy feliz, y eterna, Navidad.

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