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Domingo, 07 de Marzo del 2021
Viernes, 18 Diciembre 2020

Por fin, la muerte digna

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Sobre este tema he escrito unas cuantas (bastantes) líneas. Pero no me duelen prendas en escribir unas cuantas más. Porque es una cuestión que tarde o temprano nos afectará a todos. Sin excepción.

La buena muerte tiene hasta un Cristo propio. Por algo será, digo yo. Quizá, tal vez, porque al igual que la buena vida, la buena muerte no suele ser muy habitual. Y más en estos tiempos que corren, en los que la medicina obra milagros y alarga la vida más allá de lo imaginable, incluso en ocasiones de lo recomendable. Porque no siempre una larga vida trae consigo unan buena muerte. A veces sucede lo contrario. Demasiadas veces. Y entonces llega el dolor. El sufrimiento.

 

La vida no es el valle de lágrimas en el que hay que sufrir para ganarse el paraíso. Ni tampoco ese mismo paraíso situado en la tierra. Hay de todo y de todos los colores. Pero también hay algo seguro: la vida es de quien la vive, única y exclusivamente. Nadie, absolutamente nadie, debe erigirse en propietario y en árbitro de la vida de los demás. Ni de la muerte tampoco.

 

En primer lugar la muerte debe ser considerada como lo que es: el final de un proceso del que es parte consustancial. No hay vida sin muerte, ni muerte sin vida. Por ello quienes pretenden controlar cómo mueren los demás intentan también decidir cómo viven. Lo cual es algo profundamente injusto y deleznable, porque nadie es más que otro, y mucho menos dueño de las vidas (y de las muertes) ajenas. Dado que vida y muerte son partes de un mismo proceso, ambas deben ser de responsabilidad y, digámoslo claro, única y exclusiva propiedad, de su detentador. Por lo que el derecho a disponer de la propia vida y de la propia muerte debe ser y es uno de los derechos fundamentales de cualquier ser humano.

 

Y no hay que elucubrar demasiado para darse cuenta de que quien pretende prohibirte que hagas lo que a ti te parezca bien con tu vida y con tu muerte es alguien que no respeta tu libertad, que quiere imponerse sobre ti y controlar lo más sagrado que tienes: tu vida y, por extensión, tu muerte. Y si ese alguien pretende negarte esa libertad es que, en general, te negará todas las demás y no respetará en absoluto ni tu libre albedrío ni ninguno de tus derechos.

 

Y eso es lo que hemos visto hace poco en las discusiones sobre la ley que regula la eutanasia en España, que acaba de ser aprobada por prácticamente todos los grupos políticos del parlamento salvo dos, pertenecientes a la derecha y a la extrema derecha. Grupos incluso de centro y centro-derecha han votado a favor y han visto aceptadas sus enmiendas, dirigidas casi todas ellas a hacer más garantista aún una ley que ordena una cuestión tan delicada. Vamos, que la inmensa mayoría de los representantes de los españoles, y por tanto de estos mismos, han escuchado por fin el discreto clamor que el pueblo elevaba, encuesta tras encuesta, hacia quienes nos gobiernan. Aunque algunos, en el colmo de la hipocresía y el embuste proclamasen todo lo contrario. O incluso vaticinasen matanzas sin cuento y limpiezas no ya étnicas, sino eugenésicas, que acabasen con los más débiles para ahorrar así dinero al estado.

 

Quien así piensa demuestra al mundo la pasta de la que está hecho. Y lo poco (o nada) que le importa no ya solo la libertad de los demás, sino el sufrimiento ajeno. Porque si en nombre de sus propios principios exige y condena a los demás a sufrir como animales y a no tener en su horizonte vital otra cosa que no sea sufrimiento atroz y desesperanza, ninguna humanidad se puede esperar de él. Y hay que ver en sus palabras y en su actitud ante cuestiones como estas lo que ni siquiera pretenden ya esconder. Sobran las palabras. Respetando todas las opiniones, la mía es muy simple: casi todos, por no decir todos, podemos vivir mucho más tranquilos. Incluso quienes niegan a los demás el derecho a una muerte digna. Porque por fin tenemos ante nosotros la posibilidad de poder elegir dejar de sufrir, si alguna vez nos encontramos en esta agónica disyuntiva. Una decisión terrible, que nadie puede prohibirnos ni imponernos, que deben respetarnos y garantizarnos mediante una ley que proteja a quien la toma, a quienes le ayuden, a las familias… Una ley que garantice que nadie que no quiera morir anticipadamente tenga que hacerlo, pero que quien tome la decisión pueda hacerla realidad de la forma más digna e indolora. Que respete, en resumen, lo que el individuo quiera hacer con su vida. Y con su muerte.

 

Y para quienes estén en contra, la cuestión es muy simple: aplíquense ustedes sus propias normas y dejen a los demás seguir las suyas. Como a nadie se le obliga a practicar la eutanasia, todos saldremos ganando.

 

Incluso ellos mismos, que también tendrán la oportunidad de elegir.

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