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Sabado, 19 de Enero del 2019
Sábado, 22 Diciembre 2018

¿Qué mundo es este en el que una mujer no puede estar segura sola?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

No soy mujer. Por lo tanto me resulta muy complicado ponerme en el lugar de las mujeres en muchos aspectos, pero lo intento.

Intento comprender lo que es el miedo. El miedo casi constante a ser atacada, vejada, avergonzada por un hombre que no se merece tal calificativo. El no ir a ciertos sitios ni hacer ciertas cosas sola porque alguien puede estar vigilándome y aprovechar mi soledad. El tener que soportar día tras día el goteo, cuando no avalancha, de mujeres violadas, acosadas, asesinadas, maltratadas, mujeres que podrían haber sido ella misma.

 

Me cuesta creer que en 2018, en un país que se autocalifica como democrático y moderno, más de la mitad de la población viva con miedo y con la desazón de jugarse el tipo por ser, simplemente, mujeres. No creas, lectora o lector, que esto sólo ocurre en España. Ni mucho menos. Pero España es donde vivimos, y hay que empezar por limpiar la propia casa, por hacerla segura para nuestras (y aquí no quiero ni por asomo indicar posesión sino vecindad, familiaridad y compañerismo) mujeres.

 

¿Cómo podemos hacerlo? Pues empezando desde la escuela, desde el hogar, desde pequeños y pequeñas. Niños y niñas tienen que ser educados y criados en igualdad. Y en respeto. Desde la infancia un niño tiene que saber que una niña, que todas las niñas, son sus iguales. Que de ninguna manera se las debe ver como seres inferiores sujetos a la autoridad y a los deseos de un hombre. Debemos corregir de forma severa cualquier comportamiento machista no ya por injusto, sino por peligroso, ya que el acoso, el abuso, la violencia, el maltrato, son hijos muchas veces de un exceso de permisividad que hacen que las actitudes machistas se disculpen o se minimice su importancia.

 

Y tras la educación, la represión. Así, como lo digo, aunque suene fuerte y parezca traer ecos de otras épocas. Pero en mi opinión no se puede permitir que nuestra legislación intente hacer distingos y graduar la violencia contra las mujeres en función de unos elementos que en muchas ocasiones parece que han sido instaurados con el único fin de hacer más leves las penas de violadores y asesinos. La víctima va a sufrir igual independientemente de que se haya defendido encarnizadamente (en cuyo caso recibirá con seguridad una paliza, cuando no la muerte) o de que, aterrorizada y en absoluta indefensión e inferioridad física, no haya presentado resistencia. Muchos miles de mujeres pueden dar fe de ello, lamentablemente. Penas más severas harían que muchos hombres se lo pensaran dos veces a la hora de cometer estos crímenes, mientras que otros muchos permanecerían más tiempo encerrados y, por tanto, imposibilitados de ejercer violencia alguna contra las mujeres.

 

¿Y qué pasa con los hombres? La gran mayoría somos incapaces de hacer nada contra las mujeres, a pesar de que se nos haya educado en una sociedad abiertamente machista y patriarcal. Pero hay un número nada desdeñable que consideran a la mujer como un ser inferior, como un objeto, como una persona de segunda categoría cuya misión en este mundo es servirles y obedecer sus deseos. Y una cantidad más pequeña la conforma el núcleo de hombres, por no llamarles bestias, que maltrata y llega a asesinar a sus esposas, hijas, madres o amigas. Y quiero que tengáis muy claro una cosa: por muy hombres que estas personas se crean, no lo son. Son todo lo contrario. Porque un hombre, un hombre de verdad, es incapaz de menospreciar a una mujer, de considerarla inferior y una propiedad suya. Porque un hombre, un auténtico hombre, jamás se aprovecharía de su mayor fuerza y envergadura para golpear a una mujer, para reducirla, para asesinarla. Porque un verdadero hombre nunca forzaría, nunca obligaría a una mujer a mantener relaciones sexuales sin su consentimiento. Porque un hombre que sea digno de tal nombre respetaría a una mujer, la consideraría su igual, la protegería, la cuidaría, trabajaría codo a codo con ella. Y los que no sólo no hacen esto sino todo lo contrario no son hombres: son bestias, alimañas, que no merecen siquiera estar entre los demás, en la sociedad, porque no los respetan, en especial a las mujeres. No olvidemos que fue una mujer quien nos trajo al mundo, quien nos crio, nos educó, nos hizo vivir.

 

No olvidemos que es una mujer la madre de nuestros hijos, nuestra compañera, amante y amiga. No olvidemos que mujeres son nuestras hijas, nuestras nietas. No olvidemos que cuando necesitemos ser cuidados serán casi siempre mujeres quienes se ocupen de nosotros. Y pongámonos en su lugar, en el miedo a caminar sola, al desconocido que se acerca por la misma acera, a las calles oscuras, a los grupos de chicos, a los hombres borrachos, a tantos momentos de la vida que deberían ser tranquilos, seguros… pero no lo son para las mujeres.

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