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Lunes, 14 de Octubre del 2019
Sábado, 10 Enero 2015

Reviviendo Palomas y Mariposas con algún que otro halcón infiltrado. Crónica social endogámica (III, de tres)

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CLR/Bartolomé Marcos.

Porque no hay dos sin tres y porque planteado el enigma se requiere una solución, aunque bien podría haber varias, diversas, divergentes y multiplicadas. O ninguna. Pues sí, en realidad no puede decirse aquí sólo aquello de que no hay dos sin tres, sino que no hay dos sin treinta y tres...por lo menos.

Me refiero a esas comidas navideñas sin las que no podría entenderse la Navidad, al menos tal y como venimos entendiendo su vivencia en las últimas décadas en este que (aunque venido a menos por mor, virtud e incidencia de la puta crisis) sigue siendo el imperio del banquete y no hay fiesta que se precie (porque de lo contrario se menosprecia) sin comienda y sin bebienda.

 

Ha habido algunas esta Navidad en las que he tenido ocasión feliz y gozosa, y hasta suculenta ocasión feliz y gozosa, de participar activamente, es decir, dándole de lo bueno a la comienda y a la bebienda, pero, lejos de endilgarle al personal en esta tercera y última crónica social endogámica, indigerible y estomagante relación de cuantas ocasiones para la ingesta aperitivil ha tenido este veterano enhebrador de palabras en las postrimerías de 2014 y primeros balbuceos de 2015, creo que bueno será desentrañar , o al menos intentarlo, como en las peores novelas policíacas (sabido es que la vida, aparte de un cuento contado por un idiota, es una realidad abierta a la que no siempre puede echársele cerrojazo), desentrañar, decía, alguno de los pequeños misterios personales (de otras personas, claro, no de mí, que cada vez importo menos) que quedaron planteados y en la incógnita en las dos primeras entregas de esta miniserie navideña en la que me dio por traer de invitados a estas páginas a quienes me invitaron a mi a compartir mesa y mantel con ellos en estos días, cual momio de Tutankamon. Quizá se lo piensen mejor para próximas ocasiones.

 

Básicamente, quedó una historia por cerrar. Y esa historia tenía que ver con uno de los personajes recurrentes que han ido apareciendo en las dos primeras entregas, por presencia, o por referencia in absentia. Uno de esos personajes era Pascual Gómez, uno de los responsables del portal municipal Cieza. es, y el otro Daniel Josué Rodríguez, estudiante de periodismo de galopante proyección (Ya sabes, Daniel, a galopar...a galopar, hasta enterrarlos en el mar). Ambos, además de personajes, personas de buen carácter y contrastada bonhomía. Ambos, jóvenes (peor para ellos, se sufre mucho), aunque en diferente grado, ya que Daniel, bastante más joven aún, es golémico y cambiante, mientras que Pascual ha alcanzado una edad y una situación sociolaboral de precariedad relativa en un tiempo en el que se impone, descaradamente y a la fuerza, la precariedad absoluta y hasta la esclavitud más indecente.

 

Pascual está esperanzado y feliz. Daniel es un turbulento y apasionante mar de incertidumbres. Y esa nueva actitud ante la vida de Pascual es la que suponía un reto explicativo para amigos y conocidos; lo de Daniel es otra historia y quizá habrá ocasión, al filo de las noticias, de volver sobre ella. Pues bien, la explicación es muy sencilla y empezamos a vislumbrarla en la tercera cita gastronómica de la Navidad, una cita gastronómica celebrada el último día del año y en la que Pascual Gómez, periodista digital y miembro del grupo de Literatura de la Sierpe y el Laúd, estuvo también, en calidad de anfitrión, en su ático de la Plaza de España, en una comida crowdfunding en la que cada uno aportó lo que pudo y quiso, que eso es el crowdfunding, la democratización de la financiación. Ni símbolos en la fachada, ni misterios de esa índole.

 

Pascual vive en un emplazamiento privilegiado y único y su nueva mirada ante la vida deriva del poderoso influjo de una pequeña pero maravillosa casa en las alturas a la que se accede tras un corto viaje en silencioso y modernísimo ascensor. El piso, acogedor, coquetón, juvenil, se ve en dos minutos, pero en la gran terraza-solarium podría quedarse uno media vida contemplando la mejor fotografía de Cieza y alrededores que he visto nunca: a la izquierda, la línea, descendente hasta tocar llano, del cerro del Castillo, después el Castillo, el santuario de la Virgen en el Collado de la Atalaya, el monte mismo de la Atalaya con su falda alfombrada de pinos y completando el encuadre por la derecha, la mágica montaña del Almorchón. Se vislumbra también la línea sinuosa del río. Pie del extraordinario decorado, la huerta, apalancada en la Plaza de España con su airoso, vigoroso y fálico obelisco central y en el mejor monumento de la arquitectura civil de Cieza, el mercado de Abastos, Bien de Interés cultural protegido, lo que le garantiza a Pascual que nadie le va a romper una panorámica que reaparecerá ante sus ojos, fiel a su cita, cada mañana.

 

Si saqué una cosa clara en esa comida del último día del año es que una casa te puede cambiar la vida (aunque alguien me ha apuntado en estos últimos días, que no sólo es una casa, sino que pudiera haber alguna personita. Aún quedan incógnitas, ¿verdad?). También ha quedado claro para mí que no hace falta proclamar en rimbombantes campañas publicitarias que “Cieza es bonica”. Desde el ático de Pascual Gómez en la Plaza de España, en el que él tiene su “lugar al sol” (no necesariamente el que más calienta), “Cieza es bonica” sin discusión. Claro que el ático de Pascual está a muchos metros sobre el suelo y desde allí las cosas se ven de otra manera. Casa (en alquiler, pero casa), trabajo (precario y mal pagado, pero trabajo) y –quizás- amor. No hay más enigmas, esa es la explicación.

 

En cuanto al halcón infiltrado, pues está claro que querría haber sido yo, que sin embargo he acabado siendo inofensiva y candorosa paloma de la paz y quizá hasta mariposa de la cursilería. Me ha podido el ñoño espíritu navideño cuando lo que piden los infaustos tiempos que vivimos es afilar garras y pico contra las otras aves rapaces y los buitres carroñeros de todo tipo que siguen queriendo negarles el futuro, el pan y la sal, a Daniel o a Pascual y a tantos miles como ellos. Por cierto que yo también saco una conclusión de estos artículos, y es que si la Navidad ha tenido la capacidad de trocarme de halcón en paloma habría que prohibir la Navidad.

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