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Lunes, 23 de Setiembre del 2019
Sábado, 12 Enero 2019

Somos monógamos...... mayoritariamente

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

La prensa lo recoge: han sido identificados los genes que explican en buena medida la tendencia de algunos seres vivos, incluidos nosotros los humanos, a la monogamia. Es decir: a compartir nuestra vida y afectos con otra persona prácticamente en exclusiva. Parece ser que el funcionamiento de estos genes tiene mucho que ver con recursos tales como la memoria o el comportamiento social.

No voy a hacer un análisis exhaustivo de cómo funciona la monogamia. Pero sí quiero explicar algunas de las causas que inciden en ella al menos en nuestra especie. Vamos a compararnos con la mayoría de las especies donde existe reproducción sexual: en la mayoría de ellas los machos intentan por todos los medios fecundar al mayor número de hembras posible, con el objetivo de transmitir sus genes al máximo a la siguiente generación y, por último, salvaguardar la especie. Ello deriva en peleas, combates, danzas de apareamiento, competición en general y muchos y graves conflictos para que un macho consiga aparearse con una hembra. Hembra a la que, por cierto, abandona inmediatamente después a su suerte, así como a sus futuros cachorros.

 

Ahora imaginemos que lo mismo ocurriese en la especie humana. Imaginemos luchas constantes entre los machos por las hembras de la especie. Luchas que desintegrarían los grupos sociales organizados y significarían la hecatombe de la civilización. O que esta no se hubiera desarrollado nunca.

 

Más efectos de no ser monógamos: los machos abandonarían a las hembras una vez fecundadas. Es decir, las mujeres se encontrarían solas a la hora de criar a sus hijos, lo cual se vería agravado además por el hecho de que los humanos somos prácticamente los únicos seres vivos que crían varias camadas a la vez. ¿Qué significa esto? Pues que mientras que en el resto de las especies animales hasta que una camada no se independice la hembra no vuelve a ser fértil, en los seres humanos la hembra es fértil de forma constante y además nuestros cachorros (es decir, nuestros niños) tardan muchos años en hacerse independientes, lo que significa que una madre humana tendría que hacerse cargo de la cría de numerosos hijos de diferentes camadas sin ayuda ninguna, ni de los padres ni de otras hembras.

 

¿Más consecuencias? La mortalidad de nuestros hijos sería enorme y además nuestra principal herramienta para enfrentarnos a la naturaleza y a otros depredadores, la inteligencia, se desarrollaría mucho menos al faltar el factor social tan importante en su construcción.

 

¿Qué nos ofrece la monogamia? En primer lugar, asegurar una mayor supervivencia de nuestras generaciones. Por un lado las hembras contarán con la ayuda de un macho en particular, lo más probable el padre de los cachorros (niños) para criar a estos, para alimentarlos y defenderlos. Por otro la menor (mucho menor, en realidad) competencia entre los machos por las hembras permite el agrupamiento social más armonioso y eficiente: en plata, podemos vivir juntos y ayudarnos y defendernos unos a otros, mientras que nuestros hijos desarrollarán más la inteligencia al vivir en una sociedad de la que aprenderán muchas cosas y a la que acabarán aportando muchas otras.

 

Pero, ¿cómo se logra la monogamia? Pues la verdad es que no lo sabemos muy bien. Lo primero, no todas las personas ni todas las sociedades son o somos monógamas. Lo segundo: la monogamia, aún siendo predominante en la vida de una persona, no tiene por qué ser absoluta, pudiendo tanto hombres como mujeres monógamos y monógamas sentirse atraídos por personas diferentes a su pareja habitual aunque no lleguen a romper de forma definitiva con esta. Pero lo cierto es que hay algo en la persona a la que unimos nuestra vida que nos atrae por encima de todas las demás.

 

Y ese algo es el amor, el cariño. No sólo se trata de atracción física, hay algo más. Algo que no sabemos muy bien cómo funciona. No conocemos mucho sobre la fisiología del amor. Apenas sabemos qué es lo que provoca que me guste esta o aquella persona más que aquella otra. Puede ser que se trate de algún proceso químico, como por ejemplo la sensibilidad específica a ciertos tipos de feromonas, aunque resulte difícil de explicar por qué ese proceso funciona en las dos direcciones cuando dos personas se enamoran la una de la otra. Puede que sea más bien una cuestión de genética, de predisposición hacia un tipo concreto de persona, que también debería funcionar de forma bidireccional. Puede que nuestros gustos sean más bien resultado de nuestra educación, de nuestro ambiente social; de nuevo la cosa debería funcionar en las dos direcciones. Puede, y es lo más probable, que todos estos factores y otros que yo al menos no conozco se unan para desencadenar y mantener lo que llamamos amor, la base de la monogamia. El caso es que incluso cuando la pareja se rompe, cuando la monogamia parece sucumbir, tendemos a buscar de nuevo la vida en pareja y la estabilidad sentimental; es decir, tendemos a restablecer la monogamia, a reencontrar el amor.

 

La cuestión es que la naturaleza es sabia y nos ha dado una serie de destrezas, de fuerzas y estrategias para permitirnos ser al animal que domina este pequeño planeta: la inteligencia, la constancia y también, de forma genérica, la monogamia. Mira por donde el amor hace que seamos más humanos y más fuertes y si el roce hace el cariño, pues más tranquila y estable será nuestra existencia en pareja.

 

Que sea por muchos años.

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