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Domingo, 19 de Noviembre del 2017
Sábado, 21 Octubre 2017

Soy maestro

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Queridos lectores, queridas lectoras: soy maestro. Así es como nos llaman, sin distinguir si somos de infantil, de universidad, de secundaria o de FP: maestros. Y a mí no me disgusta. En absoluto.

Porque mi oficio es enseñar. Veintitantos años llevo en esto, muchos de mis compañeros mucho más, muchos también mucho menos. Son años de experiencias, algunas magníficas, otras de pesadilla, que no es éste un oficio muy gratificante a veces… aunque en otras ocasiones sí lo sea.

 

La maestra, el maestro, los profesores, son en su mayoría vocacionales. En su juventud decidieron estudiar algo que les gustaba y que querían transmitir a los demás. No era fácil; primero había que terminar una carrera más o menos larga, compaginar muchas veces el estudio con el imprescindible trabajo para poder pagarse esos estudios, mientras muchos de tus amigos tenían un empleo estable y una vida encarrilada. Después, las oposiciones. Competir con los compañeros por las escasas plazas disponibles. O intentarlo en la privada o la concertada, con la misma escasez de plazas. En cualquier caso, correr una competición de obstáculos cuyo final no siempre era el deseado.

 

Y después, si todo iba bien, al tajo. Hay quien nace para esto, y también quien se hace. Y quien nace y se hace. Porque esto de enseñar, por mucho que te lo enseñen, hay también que practicarlo. En mi opinión, sobre todo practicarlo. Y es que, como en casi todos los oficios, es así como se cogen tablas. Y si tenemos en cuenta que en ningún otro oficio vas a tener tanto y tan directo contacto con la gente, coger eso que llaman habilidades sociales es fundamental. Y creedme, queridos lectores, eso no se coge en un libro. Ni en una clase magistral. Se coge practicando, en contacto directo con los alumnos, con los padres, con los compañeros. En las aulas y en los despachos.

 

No siempre es agradable. Aunque tengas todas las tablas del mundo. Aunque seas una maestra de las habilidades sociales. Porque hay muchas ocasiones en las que nada de esto es suficiente. No hace falta que os explique cómo está el mundo hoy en día. Y entonces sientes que ese entusiasmo inicial se te escapa, que la ilusión se torna incluso en desesperación, en rabia e impotencia. Hasta que te das cuenta de que hay casos y casos, que de todo hay en esta viña. Y que son más los alumnos que aprenden, a los que ayudas a forjar su futuro, a convertirse en personas, que los que intentan por todos los medios rechazar tu ayuda y despreciar tus esfuerzos. Y te vuelves más pragmático: haces lo que es posible hacer, logras lo que es posible lograr, y pasas de ser un idealista a convertirte en un profesional, en alguien que tiene un oficio y lo desempeña lo mejor que sabe y puede, intentando día a día mejorar, pero sin esa luz interior que brillaba incandescente cuando la juventud y la inexperiencia eran tus únicos bagajes profesionales.

 

O quizás no sea así. Tal vez la luz siga brillando, a lo mejor con menos fuerza. Pero ahí está, en tu interior, escondida para cuando resulte necesaria. Y te encuentras a ti misma/o entusiasmado con un nuevo proyecto de innovación que puede mejorar el proceso educativo. O con un grupo que parece el sueño de todo docente, de lo buenos y listos que son. O con un alumno que, a pesar de todos los pesares, y siendo pasto de todas las desgracias y desventajas, consigue salir adelante porque tú, y otros como tú, habéis hecho todo lo posible para ayudarle.

 

Y luego están las críticas. Generalmente, de quien menos puede criticar. Que si tenemos demasiadas vacaciones (por eso cobramos menos que un funcionario de nuestro mismo nivel en otros cuerpos), que si cobramos mucho (para eso tenemos una titulación, que es la que nos da ese sueldo), que si no trabajamos nada (alguno hay que no trabaja, pero la inmensa mayoría trabajamos más de lo estipulado)… No somos perfectos, ni dioses. Pero nuestro oficio, aunque no se base en la fuerza, tiene también sus riesgos. En especial los mentales. No en vano uno de cada tres internos en psiquiátricos ha sido o es enseñante. Que, oiga usted, el desgaste no sólo se ve en los músculos; también en el cerebro.

 

Pues eso. Que este oficio tiene cosas buenas, algunas, y cosas malas; no diré que muchas. Alegrías y sinsabores se alternan sin solución de continuidad. Pero cuando, veinte años después de haberles dado clase, una chica o un chico, casi cuarentones ya, se paran a hablar contigo en la calle, te presentan a sus hijos y te cuentan cómo les ha ido, y que recuerdan tus clases, a veces incluso con cariño, algo dentro de ti se enciende y aviva aquella luz que creías apagada. O cuando, también años después, una antigua alumna o alumno se presentan en tu centro y te dicen: ya soy compañero tuyo, piensas que tal vez valió la pena.

 

Y entonces las cosas cobran sentido. Y los malos momentos se olvidan, y los buenos afloran en la memoria. Y te das cuenta de que has hecho algo que ha dejado huella, que ha marcado, en algunos casos para bien, a aquellas personitas, después personas y hoy mujeres y hombres hechos y derechos y de provecho. Y así seguirá siendo, de generación en generación, mientras haya maestras y maestros que tengan algo que enseñar, y niños y niñas a los que les quede algo por aprender.

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