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Lunes, 15 de Octubre del 2018
Viernes, 31 Agosto 2018

Subir el IRPF, un acción de justicia

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Sé que, cuando leáis este título, muchos vais a pensar que el calor me ha reblandecido el cerebro. Algunos incluso se van a acordar de mi familia y muchos me dedicarán toda una sarta de los floridos insultos de los tan rica es la lengua castellana.

Pero dejadme que me explique, que os explique, el intríngulis del asunto. Porque la cuestión de los impuestos tiene mucha chicha.

 

Primero, un anuncio: el que crea que las sucesivas bajadas de impuestos que tanto el actual partido en el gobierno como el anterior han venido haciendo en los últimos veinte años han sido positivas para la mayoría de los españoles es o demasiado crédulo o muy rico. Porque estas bajadas sólo han beneficiado realmente a éstos, a los muy ricos. Las bajadas de impuestos se han circunscrito a los que más hacen pagar a los más pudientes, como son el IRPF o el Impuesto de Sucesiones y Transmisiones Patrimoniales. Se trata de impuestos progresivos, que hacen pagar más en proporción a quienes más ganan. Así, cuando el gobierno de turno cacarea y saca pecho aplicando la bajada del IRPF o el impuesto de sucesiones, afirmando que los españoles vamos a pagar muchos menos impuestos, no dice que mientras que un trabajador del montón ahorrará 50€ o 60€ anuales uno con sueldo alto dejará de pagar 2000€ o 3000€, por no decir mucho más. Vamos, una bajada de impuestos muy justa y equitativa.

 

Pero claro, al mismo tiempo se produce un descenso de los ingresos del Estado que hace mucho más difícil sostener los servicios públicos. ¿Cómo se soluciona esto? De dos formas. La primera, mediante el incremento de los impuestos indirectos y las tasas. Lo malo es que estos impuestos los pagamos por consumir un producto o servicio o por utilizar un servicio público, y da igual que seamos la persona más pobre del mundo o la más rica: todos pagamos lo mismo. Y eso significa que si yo compro un artículo de 100€ tengo que pagar 21€ más, por ejemplo, de IVA, lo mismo exactamente que paga una persona que gana cien veces más que yo. Pero a mí me costará un esfuerzo mucho mayor pagar esos 21€ de impuestos que a esa otra persona más pudiente, lo que hace a estos impuestos mucho más injustos que los otros, los directos y progresivos, como el IRPF. Y cuando aumentan los impuestos indirectos para tapar el agujero de recaudaciónj, pues todos tan contentos, porque ahora pagamos entre todos lo que antes pagaban en parte los más pudientes.

 

La segunda forma de solucionar el problema es bajar el gasto. En cristiano viejo, hacer recortes. Pero claro, no se puede atender a la misma población con la misma calidad si baja el número de médicos, de profesores, de becas o de bomberos. Y entonces los tontos, o sea nosotros, que se tragaron lo bueno que era que nos bajaran los impuestos directos, nos quejamos de lo mal que funcionan los servicios públicos, lo que aprovechan los de siempre para criticar todo lo público y privatizarlo, consiguiendo que funcione aún peor pero llenándose ellos los bolsillos. Y, queridos lectores, debéis saber que es éste un objetivo primordial de la política de recorte de impuestos directos y de gastos: desprestigiar lo público para poder privatizarlo, pero no por un convencimiento real de que lo privado funcione mejor (está archidemostrado que en los servicios públicos ocurre exactamente lo contrario), sino por la oportunidad de ganar dinero y hacer negocio a costa de los servicios al ciudadano.

 

En este momento se está planteando la subida del IRPF a los sueldos más altos en nuestro país. Algunos claman al cielo diciendo que es un error, que lo que hay que hacer es bajarlos. Ya os podéis imaginar que quienes esto dicen no defienden precisamente el interés general, sino el de aquéllos que más tienen y ganan. Otros no van mucho más allá en el cambio del modelo impositivo, y ni se plantean (al menos de momento) hacer por ejemplo que las grandes empresas paguen los impuestos que por ley deben pagar y que jamás pagan, hasta el punto de que la recaudación del impuesto sobre los beneficios empresariales ha bajado a la mitad mientras que estos beneficios se han multiplicado en los últimos años. Tampoco osan gravar con impuestos las grandes transacciones financieras o perseguir de verdad el fraude fiscal, enorme en España.

 

Pues así está la cosa. Los servicios públicos empeoran o se privatizan, las ayudas sociales disminuyen o se eliminan, los ricos pagan ya incluso menos impuestos que los pobres, pero queremos pagar cada día menos y nos quejamos si nos suben los impuestos, aunque la subida se aplique sobre todo a quienes pueden enfrentarla con mayor comodidad. Sin ánimo de que se me vea el hábito de profesor de Historia y de resultar tremendista, esto me recuerda cada día más a lo que ocurrió en el Imperio Romano: cuando los ricos y poderosos dejaron de pagar impuestos y se impusieron al estado, éste asfixio con impuestos a los pobres, pero fue insuficiente. El resultado es conocido: el derrumbe del Imperio y la sustitución del orden, la civilización y la ley por la barbarie y el salvajismo. Aunque curiosamente los poderosos fueron los menos perjudicados por todo esto. Más bien al contrario, fueron los grandes beneficiados.

 

¿Estaremos en ese mismo camino? Podría ser, pero también se puede evitar.

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